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Reseñas

Si tienes paisaje, tienes una lengua, reseña a Puna y pena, plaquette de Gabriel Ocaranza

Puna y pena, Gabriel Ocaranza Rojas. Ediciones Inubicalistas: Valparaíso, 2020, 16 páginas.

Por Silvana González

A contraluz la figura del poeta, de un foco hechizo, sus rulos desprendiendo pequeñas gotas de polvo y sacando de su bolsillo un manojo de papeles —es difuso el recuerdo de ese cumpleaños— con las piedritas; indicios y una voz tan enérgica que se entrecortaba a momentos. Es el recuerdo oral de algunos de los poemas que constituirían Puna y pena, plaquette perteneciente a la colección de la Sociedad de Escritores de Copiapó, y que se presentaría más tarde en Valparaíso, de viaje; como ese hacia el norte que se revela entre ellos.

Puna como el territorio altiplánico, pedregoso; la afección del mal de altura, cuando como pena; castigo por residir en una latitud que densifica no solo su oxígeno si no también su visualidad, en tanto cordillera y extensión desértica demarcan los topes ineludibles de la mirada. El origen que rodea a un pueblo se vuelve textura presencial, vegetación y aire, al igual que la presencia de sus desviaciones dan forma al espacio. La materia de las cosas no puede darse sin forma y la forma no puede darse sin materia, así el terreno del desierto en su hilomorfismo encuentra una ilimitada forma y su materia, la de la acumulación: el depósito de ésta y posterior fracción. Dice Montalbetti en Fin desierto y otros poemas:lo que adquiere forma / está condenado / a perderla” y sobre el desierto se refiere como el lugar en donde no hay nada, desierto es “lo que ves cuando no quieres ver”. Cuando se perfila una silueta en el horizonte, ésta ya se ha trizado. Es este movimiento de cambio el sustento del paisaje en que se desenvuelve el compilado; pautea no solo lo que se observa si no que construye letra por letra un lenguaje necesariamente intangible para explicarlo, uno que imbrique las palabras en esa convulsión de la tierra.

Por la aridez del terreno se desplazan las letras; la sal, que humectada se acumula en relieves por ejemplo de la cordillera o del suelo, una vez seca, se fracciona, moldeando en sus grietas el silencio. Entre esas molduras pareciera residir una voz, que procura proyectarse en medio de aperturas y cierres, y deforma su dirección entre las llamadas piedritas, sedimentos, arena.

“La tronadura se siente en el habla/ tiritas erres/ balbuceas la impronta del tiempo que hace afuera:/ por ejemplo: la/ depresión intermedia/ crece a diario”

En “Puna y Pena” como poema individual mantiene la fonética de una seguidilla, sin la rima formal, pero con verso de quebrado sonar y su partidura. Es interesante la irreductibilidad del terreno y de la piedra, que puede partirse, pero no encoger, aparentemente inmóvil. Acarreable si, por la acción externa; dentro de este poema introductorio y también en “Ver millón”, hay un calor invisible, a microscópica escala. Es el motor que mueve los objetos y empuja hacia el socavón la piedra, para partirla, acumularla y así tomarla el autor en manojos, directamente desde el espacio para coleccionarlas.

La piedra no se reduce entonces si no a través de la caída; el eco de esos golpes es visible porque modifica algo, que más que alterarse, retorna a su cimiento: las casas que emergen del barro, por ejemplo, vuelven a unirse a él. Los escenarios se establecen en un tiempo inestable ya que se vuelca sobre sí mismo continuamente: “aún no termino de escribir este poema/ y ya tirita mi ausencia”; el desprendimiento de la carcasa que contiene las cosas, diluye también el interior. Escenas previas a una catástrofe intentan contrastar con ella a un mismo tiempo, para encontrar dentro de “Mendoza” el verso: “aquí, tinta de la borradura del nombre/ donde he sido inmensamente otro:/ escombros de casa vieja, de barro”, funcionando como un palimpsesto en donde dos momentos se sobrescriben abrazados. Así se vuelve indisoluble la relación entre lo destruido y lo gestado en el momento. El quedarse y el irse son parte de un mismo tiempo.

Tras el derrumbe, tres cantos entonan un mismo sonido, el eco de un par de cumbias argentinas y la triada primaveral del chincol mediador entre la arcilla y el cielo, juegan con sus enunciados y murmuran una ternura que se encuentra solapada en el centro de un viaje. En general, los poemas y prosas mantienen un vínculo con un sentir que remedia las distancias, une las rupturas. En este viaje, el acople del papel con las pinceladas de una acuarela busca redescubrir con palabra y tono, un color nuevo en el paisaje. Uno auténtico, poluto del relave; la contaminación de una zona. Cualquier desplazamiento eso sí, destruye la ilusión. Así de frágil es éste, se deconstruye en el color rojizo de una acuarela, proveniente del mismo mercurio que tiñe la tierra.  La tierra que tiñe el papel, empolva a quien escribe y arruga cartas desde la ventana del bus.

Es lo que se tiene al final de esa emoción, lo que guarda la distancia entre el ancestral hueco donde reposa el pueblo y que puede llegar a disolverse: El lenguaje gestado; elegido, amarillea entre un ardor invisible y las ganas de reducirse al tamaño de una piedra más en el paisaje, uno del que se habla para así salvarlo. “Y si tienes ese paisaje tienes donde guardar tu lengua”. Puede ser esta premisa, el intento superior de los versos. Soluciona el lugar desde donde se escribe, desde donde se afilan las piedras para ser lanzadas a la ventana de ese mismo bus que se aleja de su origen.

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