Luminiscente y La ciudad inexistente, Los libros de Matilde, Viña del Mar, 2020.
Publicados en formato digital y unitario, estos dos cuentos de Felipe Montalva Peroni continúan con el estilo y tono que ya vimos en su libro Escombros, publicado por Ediciones Inubicalistas el año 2017, y que hace poco tiempo atrás liberaron para su descarga gratuita.
En Luminiscente, dos jóvenes están tirados sobre la cama después de tener sexo. Hablan, en el típico acto poscoital, de las cosas más peregrinas. En este caso, de los juegos artificiales, de una bengala solitaria que inunda la noche y que solo ella cree ver, de un cohete que piensa que es lo más bacán, a pesar de que su explosión pasa desapercibida, nadie es testigo del momento máximo en la vida de ese extraño cohete.
La ciudad inexistente relata la historia de un hombre, un fotógrafo, que ha sido contratado para una actividad cultural en una ciudad fría. En el seminario conoce a una mujer, una funcionaria. Cuando termina el evento, después de tres días, salen a tomar algo. Hablan. Allí sabemos que ninguno de los dos es de la ciudad fría, y que ambos tienen un pasado en Valparaíso. Toman en un bar, y ella le cuenta la primera vez que estuvo en el puerto. Él, por su parte, le cuenta una teoría respecto de las chicas que atienden las panaderías a lo largo del plan. Después terminan en la cama.
Los dos cuentos presentan un abanico escaso de personajes. En Luminiscente, una pareja de adolescentes, un chico y una chica. En La ciudad inexistente, el hombre que conoce a la mujer. En ambos relatos, la narración gira, al menos de forma superficial, en la relación sentimental que se establece entre los personajes, en el vínculo afectivo. Pero hay vacíos que nunca son llenados. Preguntas que quedan flotando en el aire. Es como si de pronto hubiéramos encendido la tele, y está sintonizada una serie o una película que ya ha empezado. El tiempo esta recortado en un encuadre, y alcanzamos a atisbar un fragmento de sus vidas, unas vidas simples, sin sobresaltos, más allá de la cotidianidad que lo inunda todo. Hay algo cinematográfico en los relatos. Ninguno de los personajes tiene nombres, o si es que lo tienen, no lo sabemos, ajenos a eso que los individualiza.
Valparaíso aparece como telón de fondo de las historias, aunque es más bien un esbozo de la ciudad, una serie de referencias tangenciales, que actúa como pantalla para que los diálogos se reflejen, que adquieran cierta corporalidad que vemos truncada por el anonimato antes señalado. Escribe el autor en uno de los cuentos:
“La mujer habla de la noche en que llegó a la ciudad. El amigo que no contestaba el teléfono y la calle y su aliento tibio. La luz de las farolas, que allá es amarillenta. Todo era pegajoso. El papel picado en el suelo, las latas de cerveza exprimidas, el olor a pichí y la gente que caminaba como empujándose”.
No hay bohemia ni excesos, ni bares rancios o escaleras repletas de gente tomando. Son destellos de un puerto silencioso, como nunca, como ahora. Si miramos otros libros recientes que transcurren o deambulan por la ciudad puerto, es fácil percatarse de que existe una visión o imagen un tanto reventada de la misma, con una bohemia que, si uno quiere, no se detiene. Pero aquí vemos un Valparaíso desdibujado por la quietud. En ese sentido, el autor continúa con esa línea que ya desarrolló en Escombros. Como apunta Patricia Espinosa en su reseña a aquel libro: “Montalva se ubica saludablemente lejos de la tendencia narrativa de la Quinta Región —la suya—, receta que implica prosa recargada, machos duros, ciudad maloliente, bares y violencia”.

Felipe Montalva Peroni escribe sus cuentos con una prosa seca, escasa de adjetivos, con pequeñas pinceladas que moldean un cuadro siempre difuso, o más bien, impreciso, como fuera del tiempo. Las frases cortas y escuetas transmiten una cadencia, un tono un tanto abatido. Algo así como los versos de Millán en La ciudad. Cobran relevancia entonces los diálogos, que vienen a completar la escena. Ese desdibujamiento lo que hace es resaltar el valor de las palabras que emiten sus personajes. Es ahí donde radica la fuerza de los relatos que nos presenta. La escasez de acciones pone de relieve la interioridad de estos seres anónimos. Dice la adolescente:
“Tampoco estoy segura de que haya estado despierta… No podía dormir; estaba en piyama; me asomé a la ventana, miré un rato y vi esa bengala subiendo y luego bajando por el cielo. Parecía una lágrima”.
Se vislumbra una poética de lo precario, en un sentido del despojo. No es necesario saturar una imagen, recargarla, sino que emergen estos breves momentos reveladores, de algo que no sabemos hacia donde apunta, pero da en el blanco. Escribe en otra parte el autor: “La tristeza es el síntoma de su dislocación”.
Ambas historias miran hacia el pasado, como si allí encontraran aquello que no cabe en el presente, o que no existe, sujeto a un aburrimiento, a un letargo que no es posible doblegar. Frente a la falta de futuro, el pasado emerge como una puerta que da sentido a la cotidianidad circundante. En uno de los relatos el autor escribe: “(…) intentan hablar del presente pero algo los obstaculiza. Vuelven al pasado, a la noche, a la ciudad que parpadea inmune en el espacio”. Y no es difícil conectar con ese futuro clausurado, en el que de pronto nos vemos sumergidos. Esa mirada hacia atrás, en retrospectiva, no aparece con melancolía. Se nos presenta de forma escueta, sencilla y sin adornos. Como si la memoria trabajara con materiales en bruto. Y es ahí donde cobra sentido el presente, carente de profundidad.

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