Lleva diez años y un día haciendo clases de Lenguaje y Literatura a estudiantes internos de la Cárcel de Valparaíso. Durante la noche, sigue en el aula, pero del colegio Juan Luis Vives, donde espera su curso de migrantes haitianos. Trabaja para hacer de los versos algo menos sagrado y más colectivo, que les permita escuchar (se). Con esta experiencia entra al debate: la poesía cumple también un rol social.
Por Tabata Yáñez
Nos recibe en su departamento al lado del Cine Hoyts, ex “zona cero”, ahora que apaciguaron un poco las protestas. Hace calor en el plan y dentro de la sala decorada por libros de poesía, narrativa, un cuadro medio azulado de un centro penitenciario tras el sillón recibe los rayos del sol. Necesita tomar vitamina D, aunque no le guste. Por eso nos instalamos en la mesa del comedor.
Alejandra nació en Valparaíso, es profesora de Castellano, licenciada en Educación, gestora cultural, magíster en Literatura Chilena e Hispanoamericana. Y escribe poesía pero no ha publicado. Sí ha sido incluida en diversas antologías poéticas. Es compiladora del libro Palabras Migrantes. Escrituras de la experiencia haitiana de la diáspora en Valparaíso, Volumen I y II (Ediciones Libro del Cardo, 2019).
Lo que nos convoca: siempre se ha inclinado hacia lo social y a las letras, desde chica. Recuerda que hizo un cuento en su adolescencia de unas niñitas sin zapatos que pasaban por la casa de su abuela. En la historia se suponía que ella era la protagonista, la niña y la superheroína. Terminaba regalándoles los zapatos, la retaban en la casa. De ahí empezó todo.
¿Qué significa para ti ser poeta?
Es difícil responder esta pregunta porque nunca me interesó la poesía como oficio, más bien como lectora, hasta que conocí a Ximena Rivera. Nos hicimos amigas. Siempre me decía que no me tomaba la poesía en serio, por qué no publicaba ni dejaba tiempo para escribir. Y creo que de cierta manera tuvo razón porque mi forma de ver la poesía cambió cuando ella falleció. El paso del tiempo hace que una perciba el mundo de una manera singular. Esta visión con los años se va diversificando. Creo que las personas que escriben y a quienes nos gusta escribir intentamos interpretar la realidad a partir de símbolos que construimos a través de palabras. A mí me encanta, por algo estudié Castellano. Y más allá de lo que signifique ser poeta, lo importante es la poesía.
¿De qué modo la ves entonces?
La poesía la veo en lo cotidiano, en la belleza de la sencillez de las cosas. Cuando mi gato me despierta. La observo en el momento en que veo una flor dentro de la cárcel. La siento en los abrazos de mis alumnos haitianos, a pesar que ahora es distinto por la pandemia. Además, la poesía que habita en mí tiene una parte que se hace presente como un acto de resistencia y de lucha por los derechos humanos. De hecho, lo social y lo político son temas que atraviesan la mayoría de mis poemas. No tengo de amor romántico, por ejemplo. En cambio, Ximena veía todo lo sagrado. Yo todo lo contrario.
ECOS DE CEMENTO
Es decir, ¿cumple un rol no solo estético, sino también social? Lo pregunto porque haces este taller literario en la Cárcel de Valparaíso para estimular la creación y la reinserción social de los internos.
Bueno, sí, por supuesto que cumple un rol social. Si fuera exclusivamente destinada al goce estético jamás me hubiese acercado. A partir de ese rol he desarrollado proyectos literarios en la cárcel y con comunidades catalogadas como minorías, migrantes. En cuanto a la reinserción social de los internos es una manera de estimular la creación y la rehabilitación. Ni siquiera creo que está bien puesto el nombre reinserción porque la mayoría nunca ha estado inserta. Por eso intento trabajar la parte más valórica. Afirmar la autoestima. Cuando leen en público dicen “profesora, todos me aplaudieron”. Aprender a escuchar al otro, porque son muy impetuosos, no escuchan. Aprenden a adoptar la capacidad de empatía. Algunos sostienen que el arte es sanador y creo que no se equivocan para nada.
¿Qué plumas has podido ver allí, en la cárcel?
Existe una cantidad considerable de publicaciones de libros, no solamente que he hecho individual o colectivamente dentro del complejo penitenciario. Por ejemplo, dentro de lo que hemos trabajado está Ecos de Cemento (Alquimia Ediciones, 2010), La Última Chirona (Alquimia Ediciones, 2016), lo trabajamos con el colectivo de Arte a la Sombra. En estos talleres de artes y literatura había muchos internos e internas con mucho talento. Todavía hay algunos que siguen escribiendo poesía.
¿Alguno se ha dedicado?
La otra vez subí a matricular a algunos y por ahí apareció Rigo, uno de los mejores que ha escrito.
Dijiste que si hubiese sido solo estético no te hubieras acercado a la poesía, ¿cómo fue ese acercamiento?
Por la belleza en sí no, no me interesa. Transmitir emociones, sobre todo las que causan dolor, es relevante manifestarlo y hacerlo público para tomar consciencia social, es lo que más se ha perdido. Cuando era quinceañera leía escritores rusos y me encantaba la narrativa. Todo terrible, eran fan del rollo psicológico. Después me fui yendo más a la poesía.

INTERCULTURALIDAD SOCIAL
También haces el taller Palabras Migrantes. De hecho, en una columna de opinión de El Desconcierto titulada “Abortemos el racismo y la xenofobia” se expresa “Es maravilloso el trabajo que realizan con los y las migrantes poetas como Alejandra Montoya”. ¿En qué consiste ese trabajo?
Fue tan lindo eso. Vino Elvira también y anduvimos en lancha con mis alumnos haitianos. Hicieron lectura poética. Palabras Migrantes es un proyecto de fomento lecto-escritor, un FONDART que me gané hace dos años atrás. Está dirigido a migrantes haitianos que regularizan su educación media en el colegio Juan Luis Vives. Además es interdisciplinario y multicultural. Intercambian experiencias en conversatorios con escritores. Hubo uno muy bonito hecho por Bernando Colipán llamado “Corazonar” porque ahí ellos corazonaron, intercambiaron rituales, algo muy propio del haitiano y el mapuche, que fueron quienes participaron. Tenían algunas palabras parecidas, estaban muy emocionados. Me acuerdo y se me paran los pelos. Algunos poemas tenían mezcla de creolé, español, mapudungún.
Lo vi en un programa radial en La Matriz.
Ese era Voces Migrantes. Fomentábamos la interculturalidad pero también lo social. Pasábamos avisos de trabajos para migrantes o informábamos dónde había que recurrir para hacer tal trámite, arreglar la visa, etc. Fueron académicos destacados en el ámbito migratorio y mucho poeta, narrador. Música de todo el mundo, Francia, África. Todas las semanas nos visitaba una persona. Por ejemplo alguien de Colombia y el tema era ese, poníamos música de esa cultura, después Haití y así. Bueno, teníamos una página en Facebook también, a veces nos comentaban insultos.
¿En serio? Una cree que hay más respeto.
De hecho en el colegio escribieron un grafiti racista que borraron inmediatamente, por supuesto.
¿Cuándo y cómo tomas ese rumbo?
La criminalidad y marginalidad social -que se ha abordado en la literatura chilena desde el siglo XIX hasta ahora- me ha llamado la atención desde pequeña. Leyendo “El Delincuente” o “El Vaso de Leche” de Manuel Rojas, o viendo a los niños en la calle drogándose con neoprén. Desde que trabajo con personas marginadas socialmente he podido observar de manera más cercana las inquietudes y las necesidades. Intentar apoyarlos de cierto modo, con este programa radial, servicio comunitario e intercambio cultural, es una forma de ayudar. El hecho de hacer clases para que saquen su cuarto medio y tengan mejor expectativas laborales. Algunos han entrado al instituto, la mayoría tiene que seguir trabajando, criar a sus niños. Muchos lo han postergado.
A eso mismo iba a llegar, en cómo ha cambiado tu perspectiva al trabajar desde ese lado.
Tiene que ver con eso. Apoyarlos de esa manera. He viajado a otros países, en Francia por ejemplo conocí un centro comunitario LGTBI de migrantes africanos. Fue una experiencia fuerte porque escuché historias con mucha violencia. Imagínense esa experiencia, lo que es ser pobre, migrante, afrodescendiente y homosexual. Cuatro veces discriminado. Eso de los viajes me ha permitido comprobar que el ser humano puede ser indiferente, intolerante y violento en cualquier parte del mundo. Una piensa que el chileno es el único. Mi trabajo pretende humildemente romper con estas barreras de clases y de colores de piel, aunque sea un poquito.

ETERNA “REINCIDENTE”
¿Pretendes continuar trabajando con la poesía desde lo social?
Sí, de hecho estoy en eso y en algunas cosillas.
¿Pero hay alguna otra área en particular que no has explorado y que te gustaría desarrollar?
Precisamente ahora me dedico a digitar números y sacar promedios… hasta el lunes. Ha sido bien difícil porque debo hacer por Whatsapp una retroalimentación, algunos hablan muy poquitos en español. Retomé mi tesis del magíster en Literatura después de siglos, justamente tiene que ver con literatura carcelaria. Además viendo la posibilidad de ampliar mi trabajo en otras partes sobre todo con este contexto que me van sacando horas. En el ámbito poético pretendía publicar mi libro ya que tanto me criticaba mi amiga. Pretendo hacer un programa radial relacionado con mi trabajo en el ámbito carcelario, “Desde el Margen”. Habrá escritores e internos, música y entrevistas. Si no resulta lo vamos hacer igual. Hay dos proyectos más carcelarios: huerto y escritura, que lo esperamos hacer con la Ema Ugarte. En el otro, “Cuentos para mi hijo”, iría como tallerista, consiste en que las internas mamás escriban cuentos infantiles. Esa será su herencia. Se va a publicar también una cantidad de libros.
O sea que te quedas en la cárcel.
Estoy condenada a cadena perpetua, eterna reincidente (risas).
¿Por qué trabajar en lo interdisciplinario?
No me veo todo el tiempo como una profesora que está en el asiento, de la silla al pizarrón, que los alumnos escuchen y toda la vida hacer eso. Salimos al patio, elevamos volantines, vamos a poner poemas, los tiramos. Para mí la educación es movimiento. El 80% me atrevo a decir que va por obligación, la manera es tratar de activarlos con cosas creativas. Una colega me dejó la idea del telar. Ahí partió “Tejiendo nuestra historia”. Era increíble, tenía un alumno que se movía por todos lados, hiperactivo. Le pasé un cuadrado de telar y me dijo “¿pa’ qué con esa?” Al final le quedó gustando, después me pedía toda la semana hacerlo. Estaba tranquilo, el resto me decía “profe, gracias”. Y ahí mientras tejían algunos calladitos, él escuchaba, otros cahuineaban. Entonces cuando haga estos talleres, se me ocurrirán otros y así.
¿Nunca paras?
Me cuesta. Una vez dije que no iba hacer más porque una colapsa. Una vez me dio algo al sistema nervioso. Estoy feliz de que me hayan quitado horas en el día, me quedan solo en la noche. Más relajadito. Antes no, eran como tres pegas además de los proyectos. Necesito solo unas poquitas horas para el otro año ser feliz.
Y tomar sol, vitamina D.
Ay no, me carga tomar sol. Es que hace mucho calor aquí.
Para concluir: tu poesía no es personal, es colectiva.
Sí, totalmente. De qué me sirve escribir algo y hablar de mí. En el estallido era ver y repetir la experiencia de lo que me tocó vivir. Mi papá es detenido desaparecido. Ver cómo le disparaban a los cabros era como volver a revivir el trauma. Eso quería reflejar a los más jóvenes. No es algo que solo ahora pasó. La historia se repite en episodios violentos. Creo que el hacer colectividad es lo que nos puede salvar. Y hay un circuito de personas trabajando desde aquí, todo eso hace que sea colectivo.
*Fotos de Kika Francisca González

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