Comité de Allegados es un relato poético con imágenes sublimes en su crueldad, que no hace otra cosa que hablar de un sistema profundamente violento y destinado a la fatalidad.
Comité de Allegados, de Melisa Hernández. Provincianos Editores: Limache 2020, 60 páginas.
Esperar: Querer que algo ocurra, tener esperanza de conseguir alguna cosa.
Mediante un volumen híbrido de legajos y poemas austeros, Melisa Hernández nos sumerge en el encrespado trámite subsidiario que atraviesa un grupo de pobladores de La Pintana que demanda un lugar donde vivir.
Prevaleciendo el discurso colectivo por sobre el individual, la autora le da verbo a los que no aparecen en los libros, apostando por la provocación como herramienta para hacer crítica de aspectos sensibles de la realidad social y política de Chile.
«ceacheí ¡CHI!/ ele-e ¡LE!/ ¡CHI-CHI-CHI!/ ¡LE-LE-LE!/ ¡A-LLE-GA-DOS DE CHI-LE!»
La situación no tiene principio ni fin. Por medio de cuadros y secuencias inconexas, pero con un eje temático muy bien definido, la pieza poética explora la condición de losallegadosmás allá del rótulo que les otorga el sistema en función de frías estadísticas, sino más bien retratando de manera sensible su existencia y su anhelo por encontrar un lugar donde hacer historia, dormir o simplemente dejarse caer.
«las viejas están asustadas/ saben/ que si no espabilan/ no hay casa»
El leit motiv de la obra es esperar. No hay progresión en cuanto al conflicto respecta, sólo diversas miradas de una misma situación que se mantiene estática. Por consiguiente, son los cambios de escenario y la rotación de voces de este coro lo que da flujo y movimiento al relato. La no-acción, por su parte, simboliza el tedio y la carencia de significado de la vida de estos desamparados personajes, reducidos a su mínima expresión por la burocracia estatal.
«la María/ se reunió con el alcalde/ dijo/…/ que entre todos/ podemos presionar/ que quizás nos dan/ unos departamentos/ no quiso decir blocks»
Expectativa, ilusión y aterrizaje forzoso están contenidos en fugaces versos que nos conducen de arriba abajo en un flujo intermitente entre sueño y realidad, entre acción y expectación, en un tedioso viaje que no avanza. De esta forma, Melisa teje un testimonio de desahucio colectivo cargado de obstáculos, falta de dignidad, impotencia de clase y promesas rotas.
«soñamos/ que teníamos/ las llaves/
las casas se veían/ igual que en la maqueta/
pero los arbolitos/ de mondadientes/ acá estaban/ mejor enterrados»
A pesar de ello, la cartografia social que se delinea es generosa, ágil y logra trasladarnos por diversos escenarios –reales y ficticios– en que deambulan estas almas sin techo: las reuniones en la sede del Comité, las completadas en los partidos de fútbol, los bautismos, el desayuno con la presidenta, las visitas a la Oficina de Intermediación Laboral y hasta los cacerolazos afuera del SERVIU, con guanaco incluido.
Niños y hombres, en general, están relatados a través de las voces femeninas, que predominan y se instalan como protagonistas de esta tragedia. Mujeres en ningún caso pasivas, sino más bien curtidas: la María, por ejemplo, prácticamente beatificada como madre salvadora por ser la presidenta del Comité, o así también las solteronas, chorizas, las que han perdido hijos y las que aún defienden con garras y dientes el borroso límite entre el espacio común y la vida íntima.
«hablemos de que si es necesario/ …/hacemos clases pa mentirle a la asistente social/…/ que la que quiera hociconear lo haga altiro/ que no ande cahuineando por la espalda»
Es fundamental mencionar que Hernández no se queda en lo meramente superficial, también registra la fragilidad del colectivo al surgir los conflictos propios de permanecer a la deriva. Luego, el mismo grupo que se apoyaba incondicionalmente en la lucha habitacional, ahora sólo se apaña a medias, y no sólo eso: se traiciona, holgazanea y se vuelve pesimista, producto de la realidad que enfrenta. Finalmente, el azote del poder logra su efecto haciendo reflotar actitudes maleteras, como egoísmo, racismo y competencia entre pares.
«estamos bravos con esos negros/ llevamos años luchando por una casa/ y ahora resulta que llegan ellos/ y los quieren meter al comité/ nos roban los trabajos y además quieren casa/ yo no quiero ser vecina/ de esos negros de mierda»
El tono de resignación que impregna estos textos provoca un sinsabor que cruza a todos quienes vivimos en este país y advertimos cómo golpea el papeleo gubernamental. Vemos en estos poemas cuerpos que –según el sistema– no alcanzan, no cuajan, cuerpos obligados a posponer sus prioridades y deseos, que no pueden ver la luz, ni menos escapar de su tormentosa condición.
«el alcalde dijo que había que esperar otro año/ que no había plata/ que había que tener paciencia/ salimos otra vez a la calle:/ ¡MORIR LUCHANDO!/ ¡SIN CASA NICAGANDO!»
Parece surreal pero es sólo real, y sucede en Chile. El lector puede experimentar en sí mismo la impotencia. Al final de la obra no se vislumbran muchas opciones: echarse abajo entre vecinos o «dejarlo todo así/ resignarme».
El debut literario de Melisa Hernández explicita la capacidad del arte de reivindicar necesidades sociales, poniendo de relieve sucesos que el poder desea invisibilizar. La joven escritora no sólo cuestiona las bases morales del Chile subsidiario, sino que comprueba, en los hechos, la necesidad de poner por encima de la burocracia la protección social y los derechos humanos de los ciudadanos.

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