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Crónicas

Reescribir, pero tampoco tanto

Uno de los más destacados integrantes del último Laboratorio de Escritura Territorial nos narra su experiencia. Hoy presentamos el libro compilatorio a las 18 horas en nuestra sede con ejemplares de regalo a lxs asistentes y ya con la convocatoria de la quinta versión abierta, que contará con destacadas escritoras invitadas.

Por Camilo Gaona

«Es que puede que no haya futuro», me dijo Cristóbal Gaete en una feria del libro en la exCárcel. Levantó los hombros y se fue. Faltaba un mes para cumplir un año en pandemia y creo recordar que era la primera feria desde entonces, la gente se remojaba las manos o guantes quirúrgicos en alcohol gel y, con la mascarilla en la pera o empañados escudos faciales, tomaba los libros.

Cuando se abrieron las postulaciones a la cuarta versión del Laboratorio de Escritura Territorial (LET) postulé, pensando que, muy probablemente, no hubiese futuro.

Conocía, más o menos, en qué consistía el LET. Varios amigos habían participado de su primera versión y me habían hablado de las extensas discusiones sobre los textos, escritos a contrarreloj en las mismas sesiones y visualizados sobre la pared a través de un viejo proyector que un día dejó de funcionar. «Menos mal», creo que le escuché a alguien.

Tiempo después por las redes sociales de Balmaceda Arte Joven fueron anunciados los seleccionados. Éramos veinte; hacia el final seríamos once.

La primera sesión fue introductoria. Había que empezar a familiarizarse con quienes nos acompañaríamos cada miércoles durante tres meses por un par de horas. Se nos preguntó por libros y autores favoritos y en la ronda de respuestas sonaba como un eco Bolaño-Pizarnik-Lemebel-Bolaño-Pizarnik-Lemebel.

Éramos una mezcla de actores, poetxs, periodistxs, profesorxs, fotógrafas, nutricionistas y teólogos. Todos esos elementos terminaban germinando en los espacios sobre los que cada uno se interesaba por escribir, o reescribir. Y es que la cuarta versión del LET se establecía con una misión: reapropiarse de aquellos espacios perdidos durante un año de encierro.

El laboratorio fue un recorrido histórico y literario por las calles de Valparaíso, que pedían ser escuchadas y escritas. Cada dos semanas se subían los textos que debíamos leer, diseccionar y comentar en la sesión sobre una temática o género en específico, escabulléndonos entre Graham y Lastarria, Darío y Hamel, hasta Berbelagua y Aichele. La idea era generar un texto que se subiera los domingos, semana por medio, a partir del estudio de diarios, crónicas, cuentos o perfiles, según correspondiese.

Las semanas transcurrían y cada vez aparecían menos casillas en la sesión de Zoom y menos textos en el Drive. Algunos no habían aparecido nunca, otros llegaban tarde, hubo quienes dejaron de asistir sin explicación, otros con exceso de explicación. Había que esquivar las dificultades típicas de la virtualidad, las caras congeladas en pixeles, los bocinazos saturados desde la calle, el ruido del viento que golpeaba el micrófono de quienes entraban desde el celular camino del trabajo a la casa. Esos pequeños rectángulos en la pantalla dejaban entrever esos espacios de la cotidianidad que nos acercaban un poquito. Los gatos que se nos asomaban trepando, los puchos, las copas de vino, la iluminación penumbrosa, los posters de bandas de post punk, la música de un cumpleaños que reverbera desde el resto de la casa y que espera impaciente que el taller finalice. O los familiares que pasaban por detrás. Por ese tiempo vivía con Diego Armijo y, cuando no llegaba arrastrando una maleta llena de libros, se hallaba al otro extremo de la pieza, en sus propios talleres, refunfuñándoles a los santiaguinos.

El Laboratorio de Escritura Territorial requería, ante todo, de compromiso. Leer durante una semana y luego dedicarse a escribir antes del deadline de los domingos, luego revisar a los compañeros y llegar con algo que decir. No siempre pasaba. El silencio a ratos se volvía incómodo, igual a una sala de clases donde nadie llegaba con la tarea hecha. En algunas ocasiones las entregas acarreaban reclamos de algunos talleristas contra otros, reclamos de si hizo caso con el encargo, si de verdad lo que se escribió era una crónica, si se logró realmente retratar un mito o se tomaron muchas libertades. La discusión se zanjaba con un «Qué importa. Si el texto funciona, funciona».

Recuerdo, más o menos, una indicación parecida: «Si quieres inventar, hazlo mientras me la compre» o algo así se nos dijo en una sesión. Igual a veces era difícil comprársela y los textos no siempre funcionaban.

Antes del LET la literatura era lo que llevaba en la mochila para los viajes en metro, en las esperas burocráticas o parte de mi –medio– trabajo como vendedor de libros. Lector y vendedor. El Laboratorio me abrió posibilidades de escritura y lectura en formas que no había pensado adentrarme, ni mucho menos había barajado la posibilidad de dejar que me leyeran.

Hay que dejarse leer y destrozar. Desprenderse de los textos y atacarlos. «La literatura es una guerra», me dijo un amigo que escribe aquí también.

Igual, asumo, es difícil. Por no querer herir sensibilidades de los lazos que uno va formando al verse y leerse cada semana, abundan las palmaditas en la espalda y los comentarios más honestos y duros terminaban hacia los textos que eran para estudiar y no hacia los de los compañeros.

Un encargo en particular que tomaba los clichés propios de la ciudad, el sexo desde un ojo arjonesco y repulsivo donde ni la ironía ni el humor entraba por ningún lado, pasó casi sin pena ni gloria entre los comentarios de los talleristas. Pero gran revuelo fue la lectura del cuento Mar cerrado, de Franklin Quevedo (Linares, 1919). Adjetivos como asqueroso, misógino e innecesario se repitieron en cada pedida de palabra. A pesar que desde la guía y moderación de quien impartía el taller se alababan otros aspectos más fundamentales del texto, como la construcción de un territorio precario y la representación de un proletariado pesquero alcoholizado de décadas atrás como testimonio popular, estos eran obviados en la interpretación de los asistentes.

El territorio, su reescritura y la apropiación de esos espacios que incomodan y que están fuera del lente del turista, a ratos no eran más que frases para panfletos entre los talleristas. Los imaginarios de escritura han cambiado, indudablemente, pero sigue mirándose de reojo a aquellos que en nuestra propia ciudad no encajan en la brújula moral, como los personajes de Quevedo, que deambulan tristes por los bares. Parecía que las intenciones de algunos por apropiarse de ciertos espacios estaban más ligados al carrete interminable pero buena onda, al pornomiseria y, a ratos, al morbo por lo que les era extraño.

(*) Ilustración de Vladimir Morgado.

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