Imagino, entraba, con gran confianza, este renovador de la canción chilena, a las oficinas editoriales de Quimantú, ubicadas en el número 076 de la calle Santa María, en búsqueda del próximo encargo que Alfonso Alcalde, director de la colección “Nosotros los chilenos”, le pediría escribir.
Por Diego Armijo
Su vocación “se hallaba bien encarrilada”, dijo, al iniciar el trabajo para la editorial de la UP. Venía, su actividad como sujeto que escribe, siendo reconocida desde que publicó su primer libro, la novela De noche sobre el rastro (Editorial Universitaria, 1967). Entonces, las responsabilidades con los temas enormes y dolorosos, aquellos encargos, contaban con que sus dedos sobre la máquina de escribir, al igual que al posarse sobre las cuerdas de su guitarra, sabrían levantar el polvo de la historia.
Allí, Patricio Manns publicó, durante 1972, los textos de divulgación histórica Los terremotos chilenos (dos tomos), Grandes deportistas, Breve síntesis del movimiento obrero y Las grandes masacres.
Leyendo las amarillentas páginas roneo del pdf de este último, en el capítulo “Valparaíso, 1903”, sobre las protestas de estibadores, escribe:
Unos siete mil trabajadores promueven manifestaciones en la calle. La policía intenta disolverlos empleando sus caballos y sus sables, a lo que los huelguistas respondieron desprendiendo adoquines en las calles y arrojándolos contra las fuerzas represivas. Los acontecimientos se precipitan cuando una piedra golpea al comisario Washington Salvo, quien responde asesinando de un balazo al obrero Manuel Carvajal”.
Aquel trabajo de investigación lo acompañaría, como una cantera de abiertas heridas nacionales, al suceder el golpe militar y sus horrores, en sus libros hasta el filo de la fecha en que vivimos.
…
—¿Hay algún personaje sórdido de la historia reciente que merezca un libro?
—Sí, claro: Augusto Pinochet. Pero no creo que esa novela pueda escribirla yo, porque me meto demasiado en la piel de mis personajes y la verdad es que no sé si soportaría convivir con ese sujeto.
(A Revista Nos, 2005)
…
Las sillas miraban al escenario de espectáculos literarios que se sucedían en aquella fría feria del libro, en Concón. A una silla de distancia intenté hilar una conversación con él, en aquella, única vez en que lo he visto, allí, usando lentes oscuros, pues padece fotofobia. Le hablé de mi interés por Quimantú y sus procesos laborales, sobre sus publicaciones en específico, preguntando cómo las trabajó. Mi ímpetu era investigativo, con la intención de ayudar a la tesis que me mordía los zapatos. Con la distancia de los años y a la carrera de entendernos, me aclaró, con su pausada voz, al responderme, simple, un ejercicio, el laboral, tan parecido a cualquiera, donde su faena era ser dirigido por un editor a un tema, investigar y escribir. Me despedí achicado, quizá le admiré diciendo líneas gruesas de fanático aguachento y volví a mi puesto, vendiendo libros.
Sobre el tablado, tras un mesón vestido con mantel negro, un rato después, mostraba un parpadeante vigor, mientras hablaba de aquella novela que lanzaba. No quedaba muy claro si era la primera, esa ocasión, que aquel libro, ese mismo, era presentado en aquella feria.
Daba tumbos en el argumento —por tema parecía ser un folletín apolillado—, su inspiración, motivos, siendo una tromba marina de discursos, memorias humedecidas; encausada, corregida por Alejandra Lastra, su esposa, quien, a su lado, era la enciclopedia de sí mismo.
Ingresó, terminada la presentación, aplausos y música de ambiente, a un cubículo de editores de la comuna. Conversó, risas compañeras, con sujetos similares a vecinos, vendió y firmó algún ejemplar. Había, sí, un deterioro evidente en él.
…
Comenzado el siglo se instaló, junto a Alejandra, en Concón, dice, con la intención de estar junto al mar.
Es ese vasto paisaje, tras el ventanal, siempre en movimiento, pero fijo allí, similar a su firme convicción política. “Yo no he cambiado”, dirá, con firmeza, muchas veces en entrevistas después de volver del exilio.
El problema es que el país tampoco se diferenció. Persiste, repetirá, la crueldad con los artistas. Tal es el caso, cercana experiencia, del Gitano Rodríguez. Muy decepcionado estaba Rodríguez, dirá Manns, al volver del exilio. La UPLA lo recibió en sus aulas solo seis meses, terminados, nunca fue renovado su contrato. Buscó otras instituciones, pero le fue imposible. Se reproduce así, un vampirismo institucional, pues pasada ya mucha agua de guanaco por las calles cercanas a la UPLA, se erigió un monumentito en homenaje, perdido en los pastos de siestas, en honor al “Gitano”. Una guitarra metálica apoyada en un bloque de concreto, que, de tan insignificante memoria, es utilizada como material volátil durante protestas.
De allí que no le guste ser considerado un mito, ni nada.
—Para ser un mito hay que tener un milenio o estar muerto: Violeta Parra o Víctor Jara son mitos.
—Pero a vos te dicen el mito viviente —interviene Alejandra.
—El exceso de amor humilla, tanto de tu mujer como de los que te gritan en la calle “¡Grande Manns!”. A mí me gustaría pasar siempre inadvertido, que nadie me conozca y ser siempre creador.
(A La Cuarta, 1999)
…
Su ética literaria se basa en escribir en contra del “Soliloquio del individuo” de Nicanor Parra. No le interesa el monólogo de los solitarios hombres, con problemitas sentimentales, drama pequeño burgués, que pueblan ciertas comunas de la literatura nacional. Su bandera es la historia de los pueblos, personajes, que a pesar de ser descritos en líneas gruesas, logran representar lo colectivo. Es importante para Manns las esperanzas, ambiciones, fracasos y derrotas del pueblo que lo contiene. En eso se asemeja a Francisco Coloane —gracias al cual pudo publicar sus libros en Europa—, y su “lenguaje hirsuto y violento”, encaminado a expresar la experiencia feroz en la naturaleza.
Se afirma, en tema, a su vez, del firme gesto agrio de Carlos Droguett, escritor con el que convivió en el exilio, del que se lamentará que “en vida no le dieron ni bola”. Droguett escribiría Todas esas muertes (Alfaguara, 1971), donde Emile Dubois camina. Nace de estos cruces, investigaciones y pulsiones, una novela como La vida privada de Emile Dubois (Alfaguara, 2004). Novela negra, dirá, sobre aquel asesino en serie de comienzos del siglo pasado en Valparaíso. Aquel libro, siempre un Manns investigador, le tomó horas de lectura, diarios, revistas, documento judiciales, para internarse en el adoquinado del pisar de aquel tiempo.
Recorre la idea de volver película aquel libro, y en algún momento se pensó que John Malkovich la protagonizara, pero faltaron muchas velas para este rezo.
…
En 2005 obtiene el Premio Municipal de Literatura de Valparaíso, por su trabajo con las palabras, que al igual que Chico Buarque y Víctor Heredia, no lo separan del cantar.
Reciente, sí, a una corriente de malhechores, escritores estos, dirá, que separan sus mundos artísticos de interés, cacareando, que mejor solo se dedique a cantar.
—Me han pegado tanto que ya no le doy importancia.
Este año, en tanto laureles, no le tocó ni por música ni por letras.
…
Ya dado de alta, días que fue acompañado por sus amigos, luego de su operación y la muerte de su compañera Alejandra Lastra, que desde que se conocieran en París, el año 1979, muy juntos se quedaron.
—Estaba en un café mirando hacia la calle y pasó él. Estaba con unos amigos chilenos que lo conocían y lo salieron persiguiendo. Fue amor a primera vista —dijo Alejandra.
(A La estrella de Valparaíso, 2012)
(*) Ilustración de Vladimir Morgado

Sin comentarios