Chile [golpeado]. María Moreno y Yuri Herrera. Banda Propia Editoras: Concón, 2019. 97 Páginas.
Chile [golpeado] se articula como un montaje textual escrito a dos manos, por María Moreno y Yuri Herrera. En ambas crónicas se realiza un bosquejo de Chile, en un momento sociohistórico particular. Este podría ser el principal enlace entre los dos momentos textuales del libro, ya que en términos estilísticos difieren bastante.
La primera crónica, escrita por la argentina María Moreno, relata su viaje a Chile, poco tiempo antes de la llegada de Salvador Allende al poder en Chile, y luego un segundo periplo, durante los primeros años de gobierno de la Unidad Popular. El primer viaje se articula como un viaje on the road, a la manera beat, de sur a norte, por lo menos en su proyección inicial: pasar por distintas ciudades y balnearios, hasta llegar al Norte Chico. Es un viaje de formación, donde la protagonista describe la tierra y la gente que se presenta ante sí, a la vez que desarrolla la mutación de su la propia identidad, en una suerte de “viaje iniciático” posburgués.
La muchacha porteña viaja junto a su novio, Mario, quien encarna la figura patriarcal de un izquierdista deslumbrado por la revolución chilena, el que esperaba trazar en el viaje el comienzo de un periplo a la manera del Che. Ciertamente, la figura de Mario encarna el poder masculino militarizado, moralista y controlador. Es el hombre de izquierda de la época:
Mario era un militante crítico que pronto se alejó del partido sin fraccionarse, un atormentado que quería ser pintor, un moralista de izquierda para quien lo fácil y lo feliz siempre resultaban sospechosos, sosteniendo a cambio la incomodidad y esfuerzo como valor, también el verticalismo: la proletarización de mi ocio era, en realidad, el verdugueo de un sargento sobre una colimba que sueña despierto.
(Moreno, 20)
Contenida en esta relación sentimental no horizontal, donde es vista como una pequeña burguesa que recién empieza a conocer el verdadero mundo, aparece un Chile pre dictadura, donde el sentimiento hippie chocaba con los grupos fascistas, evidenciando los brotes de violencia que se harían dramáticos años más tarde, aunque el marco de ese primer viaje trasandino dibujara una situación política a la manera de cuadro de fondo, sin una mayor profundización. El aspecto central del texto ronda en torno a la formación de identidad de la protagonista, su educación sentimental y los primeros encuentros homoeróticos.
Durante su segundo viaje, la narradora viaja a Valparaíso, ya no con Mario, sino junto con otros dos compañeros de ruta, con quienes anida en el living de una pensión del puerto. En este segundo desplazamiento por Chile, se describe el fervor popular de una población identificada con los valores revolucionarios, encarnados en las figuras de Salvador Allende y Fidel Castro, aunque siempre como el marco que un sujeto en tránsito, bosquejado desde el movimiento. Así, el asunto principal de este viaje, como del primero, es subjetivo y personal, antes que político:
“Rara vez intercambiábamos un comentario político, solo el ¿de dónde eres?, devuelto con un de dónde sos; el ¿cómo te llamas? con un ¿y vos? Recuerdo las plazas llenas y las banderas rojas, el sobresalto por la voz de Fidel saliendo de un altoparlante en plena Plaza Constitución de Santiago, antes que hablara el Chicho.”
(Moreno, 41)
El escenario político sirve, principalmente, como un cuadro más o menos pintoresco para la construcción del yo del relato y sus respectivas etapas de formación fuera de la burbuja familiar.
En la segunda crónica, Chile es visto en dos momentos clave, a través de los ojos del mexicano Yuri Herrera, que realiza, primero, la crónica de un Santiago noventero, y luego el de los primeros años de la década del 2010, específicamente en el contexto de la revolución estudiantil 2011/12. En este caso, el tono de la escritura es eminentemente político. Se realiza un análisis del Chile post dictatorial de los años noventa, marcado por el tono gris, el triunfo del neoliberalismo y las políticas de privatización instaladas en la dictadura. El cuadro de ese primer Chile de los noventa, a los ojos del autor, es el de un país triste, gris y mecanizado, despojado de su identidad y puesto en la euforia del consumismo como único fin vital. El análisis del momento sociopolítico del Chile que se describe se ajusta con precisión a las bases del legado de Pinochet:
Las cabezas visibles del viejo régimen se incrustaron en todos los centros de decisión nacionales: los funcionarios que se encargaron de las privatizaciones de empresas estatales durante la revolución capitalista de los años ochenta suelen estar al frente, como accionistas mayoritarios, de esas mismas empresas privatizadas… El saqueo como operación tecnocrática.
(Herrera, 69)
Legado que tiene que desaparecer, comenta en varias instancias la voz del texto, porque ningún fervor, ningún aplanamiento de la vida con dinero y consumo es para siempre, ya que si “En este país se pretendió hacer tabla rasa para luego rediseñarlo con criterios empresariales” (Herrera, 71), no se contó con que la conciencia crítica volvería a resurgir, especialmente de la mano de las nuevas generaciones de chilenas y chilenos que se desmarcaron del tono abúlico del “ni ahí” de los noventa, simbolizados por la figura del Chino Ríos como arquetipo zorrón de la época.
La confirmación de ese cambio sucede en su segunda visita a Chile el año 2012, donde encuentra un país diferente, un territorio social distinto, más libre y con voz propia para hacer notar sus demandas ante el legado de represión instaurado en los años del golpe:
El país se veía diferente. En mi recuerdo, Santiago era la ciudad más gris que hubiera conocido. Tal vez se trataba de la contaminación que volvía sólido el aire, pero tal vez era que, más allá de lo que aceptaran o cambiaran los políticos profesionales, la ciudad resplandecía de un modo distinto (…) en las calles habían afiches de presentaciones, conciertos, lecturas. Los afiches no solo le daban color a la ciudad, señalaban otra manera de habitarla.
(Herrera, 89)
Esa otra manera de habitarla, es otra forma de ser, en términos políticos, especialmente a partir de las generaciones más jóvenes, quienes llevaron la vanguardia en la calle en las demandas estudiantiles. Lo que Herrera no menciona es que ese movimiento surge antes, en la llamada Revolución pingüina del 2006 y que, pasando etapas de formación y también integrándose a edades mayores, tomó la responsabilidad de querer cambiar el funcionamiento de un Chile post dictatorial que costó muchísimo erradicar. Herrera apunta lo que ese calvario representa para los chilenos, al conversar con sus amigos que habían regresado a Chile, luego de años de exilio en México:
“Recuerdo que cuando le decía en 1997 a Iván, el hermano de Daniel, que el pinochetismo también pasaría, que estas bestias terminarían largándose, respondía que tal vez, pero que la espera parecía interminable.”
(Herrera, 87)
Hoy, 2020, a 8 años de estas proféticas palabras de Herrera, Chile puede entrar en una nueva etapa sociopolítica, donde, finalmente, ese legado dictatorial de neoliberalismo violento puede empezar a desmoronarse, poco a poco, y Chile por fin mutar, cambiar de piel.

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