A partir de la contemplación de una iguana, el poeta desarrolla un agudo ejercicio de autobservación en donde, ante el agotamiento del paradigma poético tradicional, siente la urgencia por reorientar el abordaje del ejercicio de creación, lo cual implica necesariamente abandonar gestos, formas y operaciones heredadas de la vieja usanza.
El discurso de la iguana, Andrés Urzúa de la Sotta, Jámpster libros, 2020, 57 páginas.
Lo que escribo es tuyo. Pero ahora es mío. Porque yo te lo robé.
W.C.
«Los poetas son unos pequeñísimos reptiles», afirmaba Rodrigo Lira. Así llegamos al receptáculo de vidrio que contiene a la iguana Marcela, símbolo escogido por Urzúa para construir el relato de esta metáfora.
Articulado en clave de poesía, pero mezclando a su vez ficción, lenguaje no literario y prosa, la iguana es el conducto para traer a discusión el fin de la era del poeta como sujeto social de reputación y el hastío frente a figuras caducas.
El subtexto de esta producción es la bifurcación entre el poeta tradicional y el contemporáneo. Para exhibir tal cometido, buscará poner en jaque a este animal prehistórico, que se niega, como una roca, a evolucionar en su modo de ver el mundo, a la vez que intentará vincular al lector con un poeta a escala humana, un individuo que no llega a la cima.
Aparece un cuerpo textual de corte paródico en donde asoma el sarcasmo como recurso subversivo para relativizar esa visión del «poeta iluminado», diferente a «los demás reptiles». Ese ser con «tercer ojo» que vive sensaciones y experiencias hipersensoriales que lo impulsan a comunicar.
Para ello, recurre a miradas y técnicas frescas, que avanzan en contra de la invención y que más bien persiguen la liberación del proceso creativo y el desmantelamiento de la idea clásica de autor. Sin ir más lejos, pareciera ser que a Urzúa la originalidad como gesto ya no le interesa y que su búsqueda, en esta oportunidad, se aproximara, más bien, a una escritura no-creativa (definida por Kenneth Goldsmith).
Bajo esta mirada, el literato no crea sus versos, sino quebucea en el vasto mar de referencias y posibilidades que ofrece la era digital, hasta encontrar en la voz de otros sus propias imágenes. En definitiva, el escritor gestiona el lenguaje: lo mueve de un lugar a otro, yuxtapone elementos que no necesariamente guardan relación y articula un acople coherente a su propuesta.
Interesante ejemplo de ello en este volumen son el uso y traslado de comentarios que no pertenecen al libro en cuestión, directamente al epígrafe del corpus.
Esto no ha sido jamás poesía ni lo será mientras el mundo no reviente y ya no nos importen ni un comino la poesía ni la prosa.
H. del S.
Andrés Urzúa invita a pensar la citación y el reemplazo como nueva forma de producción literaria, dando salida al viejo romanticismo de esa idea de que el creador goza de una visión privilegiada, extraterrenal, puesto que no se identifica con tal percepción grandilocuente de la poesía, sino más bien con una experiencia «infraordinaria», dicho en sus palabras.
Se deja entrever, como en otras de sus publicaciones –Polvo de ladrillo (2019), Letra Chica (2018), El lenguaje de las piedras (2015)–, cierto desánimo y visión derrotista frente al ejercicio poético, postulando que tanto la incertidumbre como la monotonía representan justamente al poeta contemporáneo, que «medita, sufre, escribe» para una escasa audiencia, empujado únicamente por un placer oscuro, negativo e inevitablemente doloroso.
Válgase como ejemplo, la «Carta al autor», paratexto poco optimista –con huellas de derrota personal y colectiva– que dialoga muy bien con los epígrafes, ironiza ásperamente acerca de los escritores menospreciados por la academia e instala la pregunta de si acaso el fracaso puede tener algo de nobleza.
[…] Tu escritura es un síntoma de la ingenuidad de las nuevas generaciones, que sin conocer el pasado creen estar abriendo caminos hacia el futuro. Es una falla en los cromosomas del lenguaje. Y no diré del lenguaje «poético» […].
En otra discusión, la capa metapoética que habita en su trabajo posee una clara línea de influencia del grueso de la poesía y antipoesía chilena, y no tan sólo para dialogar con ella, sino también para reírse, distanciarse y retorcerla.
1
zurita dice que en el fondo/ él es una iguana/
que su iguana llamada zurita/ es tan pequeña como su ego/
que habría que matar/ cientos de iguanas/ para escribir con su sangre/ en el cielo:
iguana es amor
El objetivo es parodiar los textos reescritos, apelando a un cambio de posición, llevándolos de lo alto a lo bajo, haciendo un esfuerzo por desolemnizar lo narrado, aplicando humor y parodia a los temas canónicos.
Si bien se avista cierto ánimo de adaptación a nuevas modalidades expresivas, Urzúa de la Sotta opta por una reflexión algo oxidada a estas alturas, sumada a su denuncia a través de un canal muy burgués para hacer contracultura. Vale decir, si la creación literaria no se limita únicamente al relato, sino que involucra también el cuerpo del libro y los modos en que ese cuerpo roza y palpa el de los lectores, se advierte la necesidad de examinar estos aspectos para vincular la materialidad del texto con el cuerpo del mensaje.
A diferencia de Tetris (2015) y Letra Chica (2018), que aplican una lúcida y fascinante propuesta de lectura, El discurso de la iguana (2020) no reflexiona sobre la materialidad misma que contiene este enunciado deconstructivista, sino que las palabras quedan encerradas en un objeto cultural y tan simbólicamente significativo como lo es un libro. La gran pregunta, entonces, gira en torno a cómo abordar las literaturas actuales cuando el mismo concepto de literatura está siendo cuestionado.
Tomando en consideración que sospechar es un verbo que ha acompañado a este camaleónico autor a lo largo de su carrerra, me permito, entonces, la sospecha frente a este ítem.

Sin comentarios