Menú
Fragmentos

Los enfermos

Los enfermos

Natalia Rozenblum

Kindberg

212 páginas

SOBRE LA AUTORA

Natalia Rozenblum nació en 1984 en Buenos Aires, estudió Filosofía y Publicidad. Tiene una librería llamada La Vecina, que funciona en su casa. Los enfermos, su primera novela, fue publicada originalmente en Argentina en 2016, sus primeras páginas surgieron en el taller literario de Selva Almada junto a Julián López. 

Realiza talleres literarios desde el 2008, y publicó también los ejercicios de aprendizaje Cuaderno de escritura y Cuaderno de creatividad, además de la novela Baño de damas. El siguiente fragmento corresponde a uno de los implacables de Los enfermos.

*

2

¿Dónde estoy?, ¿qué mierda hago acá?

Son las tres de la mañana y papá se despierta exaltado.

Salto de la silla en plena oscuridad y trato de calmarlo.

Por fin reconoce el lugar; le recuerdo que vino de visita y se descompuso.

Todavía tengo los ojos pegados y restos del sueño que se me confunden con la realidad.

Estamos en el hospital, pero ¿Manuel sigue vivo? ¿Manuel va a mejorar?

Sube. Baja. Sube. Baja. Sube. Baja. Sube.

Manuel queda hecho un sándwich en medio de la cama. Juega con los botones que son como un control remoto. Juega a que es un auto que recorre su cuarto, y él, un nene de cinco años.

Tiene la cabeza llena de rulos y algunas personas lo confunden con una nena.

¿Qué le pasa a la gente, que no mira bien, que no presta atención?

Papá me arranca del sueño y Manuel sigue quieto.

Al menos no tenemos que volver a casa.

Le voy a pedir a Carmen que me traiga otros aros y un libro. Y el velador.

Así, en momentos como este, no tengo que andar a ciegas o encender la luz alta.

Llamá a la enfermera, llamá a alguien, grita papá.

Me refriego los ojos, quiero pasar por el baño, pero mejor no, mejor voy tanteando la pared hasta dar con la puerta.

Me cuido de no desconectar ningún cable.

*

A esta hora y en este piso no se escucha nada.

Todos duermen o están muy cansados para quejarse. Para llorar, para pelear, para rezarle al cielo que cambie el destino.

El escritorio de las enfermeras está vacío.

Me pregunto dónde andará Elvira.

Camino por el pasillo de un lado al otro, y también hacia el ascensor.

Algunas luces hacen un zumbido molesto, intermitente.

Espero.

Veo dos puertas entreabiertas. Voy despacio hacia una y me detengo justo en el marco.

Alguien ronca. ¿Cómo se puede dormir con personas que roncan?

Yo nunca lo hacía con Alfredo.

Me pasaba las noches despiertas a su lado.

Los brazos sobre mi panza, una mano encima de la otra.

Tatareaba una canción que me había enseñado mi mamá. No cerraba los ojos. Me gustaba ver en la oscuridad.

Los ojos siempre se acostumbran a la negrura.

*

Vuelvo al escritorio, susurro un hola sin respuesta. Miro hacia todos lados y doy la vuelta; saco una aspirina de un placard.

Sirvo un vaso con agua.

En la habitación papá ya prendió la luz.

Manuel, por suerte, no despertó.

¿Dónde estabas?

Acá, acá estoy. Le acerco a la aspirina y el vaso. Se vuelca un poco y me voy a la mierda.

No, ¿cómo te vas a ir? Intento hacerlo entrar en razón, pero él despotrica también, entre dormido y despierto.

Tiene lagañas y los cachetes que le caen encima de la boca y tiran todo para abajo. Parece un perro viejo que traiciona a su amo.

En unas horas llega Carmen, me consuelo.

*

¿Se dará cuenta de lo de Alfredo?

¿Se me notará?

*

El sillón está arrugado. Me siento y la cuerina cruje.

Doblo la manta deshecha que dejó papá.

Tal vez, si hubiese llegado a prepararle la cama como corresponde, con mis sábanas, habría podido seguir durmiendo toda la noche.

O tal vez no.

Es la primera vez que me despierto de madrugada.

Antes, durante el primer mes, casi no dormía.

No había semanas, días, horas.

Sólo un lugar bien concreto: el pasillo de terapia intensiva.

Cuando estabilizaron a Manuel y pasamos a la habitación, empecé a tomar una pastilla.

Nada me sacaba del sueño.

Ni la visita constante de los médicos o de las enfermeras.

Ahora, en cambio, ya no puedo volver a dormir.

Cuando sean las seis voy a llamar a Carmen para que venga antes. Y que no se olvide de los aros, el libro, el velador.

*

El hospital es tierra de nadie. Escucho unas carcajadas.

Ya son casi las cinco.

Salgo y veo a una enfermera riéndose con unos papeles en la mano.

¿A qué enfermo pertenecerán?

Habla por teléfono y no le importa que la escuchen.

¿Qué van a decir los enfermos? ¿Qué voy a decir yo?

Espero unos minutos. Ella se levanta y va hacia el lado del ascensor. Camino hasta las habitaciones: las puertas están cerradas.

Salvo la 218, la de Amalia.

Amalia también tiene un ronquido constante que cada tanto se ahoga. Imagino su garganta hecha un nudo o llena de saliva.

El ahogo no cesa.

Entro y me acerco a la cama. Le acaricio la frente y en ese mismo instante su respiración retoma el ritmo normal.

Pero no es Amalia sino un señor.

¿Qué pasó con ella?

¿Adónde se fue?

El señor me regala una sonrisa finita como un hilo.

A un costado, en la ventana, la luz de los faroles empieza a cambiar por el sol.  

Sin comentarios

    Leave a Reply