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Fragmentos

Débora

Pablo Palacio

Editorial Imbunche

61 páginas.

SOBRE EL AUTOR

En la primera mitad del siglo XX Pablo Palacio atravesó como un terremoto la prosa ecuatoriana con tres libros geniales y únicos. César Aira y Enrique Vila-Matas son algunos de los admiradores de su escritura. Débora, paródica antinovela que no inicia,es reeditada en Concón.

*

Teniente

has sido mi huésped durante años. Hoy te arrojo de mí para que seas la befa de los unos y la melancolía de los otros.

Muchos se encontrarán en tus ojos como se encuentran en el fondo de los espejos.

Como eres hombre, pudiste ser capataz o betunero.

¿Por qué existes? Más valiera que no hubieras sido. Nada traes, ni tienes, ni darás. Algunos inflan el pecho, y no quieren saber que lo han inflado con el viento del vecino. Todos han inflado su pecho con el viento de sus vecinos, y después, muy serenamente, han cruzado los brazos bajo las costillas falsas, como diciendo, «¿Quiénes son esos granujas?»

Es verdad que eres inútil. Pero te sostiene la misma razón que a Juan Pérez y Luis Flores. He puesto frente a frente.

El vacío de la vulgaridad

y

La tragedia de la genialidad

y veo que te conviene más lo primero. Siendo ridículo, corresponde a tus valores el signo matemático – (ridículo), en contraposición al enorme + que ahogará a los martirizados por aquella tragedia.

A los geniales les atraganta el momento genial como el bolo a los atragantados.

Es por esto que eres un vulgar, uno de esos pocos maniquíes de hombres hechos a base de papel y letras de molde, que no tienen ideas, que no van sino como una sombra por la vida: eres teniente y nada más.

Creyeron que esos maniquíes, viviendo por sí debían recibir una savia externa, robada a la vida de los otros, y que estaba sobre todo la copia de A o B, carnales y conocidos. Tanto que Edgardo, héroe de novela, alma en pena, olisquea las maderas olorosas de los tocadores, llama a la alcoba de las doncellas e infla el velamen del deseo entre las sábanas de lino. Edgardo, héroe de novela, martirizado por la perpetuidad de las evocaciones, alguna vez amanecerá colgado a la ventana del gregarismo, finalizado por la escala de seda del desprecio. Sólo quedará el fantoche inventado, huyendo cada vez más, sediento de la revelación.

Pero el libro debe ser ordenado como un texto de sociología y crecer y evolucionar. Se ha de tender las redes de la emoción partiendo de un punto. Este punto, intimidad nuestra, pedazo de alma tendido a secar, lo enfoco hacia los otros, para que sea desencuadernado en un descanso dominical, o desdeñosamente ruede sobre una mesa descompuesta o en el atiborramiento de la mesilla de noche.

¿Y cómo te dejo, Teniente? Ya arrancado de mí volitivamente, tengo prisa por la pérdida. Ante una amenaza definitiva e indispensable, surge la espera de la amenaza, y es tan fuerte como la espera de la novia.

Quiero verte salido de mí. Sin la ilusión visual de la niñez, no pasarás la mano ante tus ojos, creyendo encontrar a diez centímetros de la pupila todo el mundo real atemorizador.

Ir, cogidos de los brazos, atento al desarrollo de lo casual. Hacer el ridículo, lo profundamente ridículo, que hace sonreír al dómine, y que congestionado dirá, «¿Pero qué es esto? Este hombre está loco».

—Ve —alargando mi brazo y con el indicador estirado.

Y mientras ves, alejarme de puntillas, haciendo genuflexiones, horizontalizando los brazos para guardar el equilibrio…

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