Provincianos Editores trae de regreso Cuaderno de deportes (2010), reedición del texto de Elvira Hernández inspirado en los Juegos Olímpicos de 2004.
Una asperjada de helenización nos llegó.
Construyeron estatuas desanimadas que
regaron por aquí y por allá
por los caminos cotidianos de la ciudad.
(«Grecia Replicante», Elvira Hernández)
Que la Grecia antigua, Atenas y Esparta.
Que Avenida Grecia, el Ateneo Libros y Esparta tienda deportiva.
Las Olimpiadas, las orgías y la democracia.
La filosofía, el teatro y la poesía.
Es interminable el listado de vestigios que, sin ser arqueólogos expertos, hallamos en el cotidiano de nuestras vidas y provienen de lo que nos mostraron a la fuerza en los textos escolares. De aquella civilización tan lejana y tan pulenta, digna de admiración, donde sus nombres importantes se paseaban en patios de blancas columnas de mármol, pensando, dialogando, con respuestas para la guerra, la paz, el orden y la bacanal en las polis.
El ejercicio, el culto al cuerpo y la competitividad también fueron parte de su legado. Hoy, la máxima celebración del deporte a nivel planetario son los Juegos Olímpicos, donde van los mejores de los mejores de los mejores de cada nación y que, como en tiempos de antaño, aún suscitan inspiración para las pulsiones artísticas.
Elvira Hernández, poeta, ensayista y crítica, comenzó a escribir, por allá por 2004, Cuaderno de deportes, mirando lo que ocurría en los Juegos Olímpicos de Atenas y en el mundo. Precisamente, con este texto fue finalista del Premio Altazor en 2012. Dentro de su producción también se encuentra La bandera de Chile (1981), El orden de los días (1991), Álbum de Valparaíso (2002) y Pájaros desde mi ventana (2018), con el cual ganó el Premio Círculo de Críticos de Arte de Chile, en la categoría de Poesía. Además, es Premio Nacional de Poesía Jorge Teillier y Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, ambas condecoraciones obtenidas en 2018.
Ahora, con la propuesta de Provincianos Editores, volvemos a encontrarnos con este Cuaderno de deportes, producción bastante llamativa dentro de su obra. Más aún si se considera que es una publicación hecha desde el interior, Limache específicamente, rompiendo con el centralismo editorial que –se cree que– existe en la costa de la región.
–¿Qué pensaste al momento de la reedición del texto? ¿Habías contemplado con anterioridad una nueva edición del libro?
–Fue una sorpresa, no lo había pensado para nada. Pero me entregué a la reedición de Provincianos con gran confianza –comenta Elvira en un archivo Word.

Las Olimpiadas
Atenas, 2004. Imposible pensar esa conjunción de conceptos sin evocar a Massú-González y las medallas de oro que se trajeron a Chile. Un almuerzo familiar, de sábado o domingo, donde la tele en casa de los abuelos quedó encendida sin que nadie la viera. Pero el ruido de los raquetazos y los casi orgásmicos gritos tenísticos se repartían por las calles vacías, en un eco permanente que anhelaba la gloria; a esa hora, todos adentro, escuchando, lamentablemente, los tribuneros sollozos de Solabarrieta. En otra parte del mundo, eso sí, bandadas de aviones regaban la Franja de Gaza con bombas destructivas, en función especial para camarógrafos y periodistas al más puro estilo de Santiago Pavlovic.
–Cae de cajón preguntar: ¿qué te llevo a escribir Cuaderno de deportes?
–Pues me llevaron a escribir las Olimpiadas que se realizaban en Grecia en esos momentos. En tiempos de la Grecia Antigua, los poetas eran participantes naturales de esos certámenes. En estos tiempos contemporáneos los poetas tenemos que meternos a presión hasta en la realidad más inmediata, así que yo tuve que hacer ese acto de presión. Seguimos expulsados de la república; no obstante, el arte no se encuentra fuera de la realidad cotidiana y cívica, guardado en el cajón estético; está en el corazón de la vida, en su más amplio sentido.
–Ahora, con la distancia, ¿cómo ves el proceso de producción de este libro? Especialmente el contexto que te envolvía en el momento de la escritura.
–Los tiempos olímpicos siempre fueron tiempos de paz; los enfrentamientos bélicos se suspendían. Esta contemporaneidad nos ha acostumbrado a no sentir las guerras, a observar sus episodios por la pantalla como si fueran series televisivas. En esos días, la Franja de Gaza ardía. Israel hacía las incursiones demoledoras y criminales de costumbre. Estados Unidos trasladaba tropas de aquí para allá. La indisimulada agenda bélica mundial era, para mí, demasiado. Esa sensación de impotencia, me parece que contribuyó a que entonces yo escribiera. El ánimo belicoso siempre es exportable. Y, en nuestro país, machaca a diario desde hace un largo rato.
Pensar en los primeros años de los dosmil es eso, una simultaneidad de grandes avances y conflictos, pero ¿no es constantemente eso la historia? En Chile salíamos de los noventas con los Sa-Za en Francia 98 y el Chino Ríos como número 1 del mundo en el tenis. En la política éramos un país pujante y con los bolsillos llenos, gracias al «excelente» manejo de Frei hijo y su decisión de vendernos al billullo extranjero, mediante las malditas benditas licitaciones y acuerdos de libre comercio; y el nuevo siglo no podía ser más auspicioso: el bronce de la Roja de Acosta en Sydney 2000, el país que se empelotaba en el Parque Forestal para ser fotografiado por Tunick y Lagos que le decía que no a la inusual e incomprensible petición de Bush hijo de ayudarlos, enviando tropas chilenas, en su guerra contra el terrorismo. Y, por supuesto, las primeras preseas de oro para la nación, ahí mismo, en Atenas, donde nació todo.

La democracia
Cada cuatro años estamos en las urnas
Es decir en la cancha
En el espejismo: donde se ven los gallos
O donde no se ve nadie.
(«Deporte nacional», Elvira Hernández)
Quilpué, 2021. Sentado en la diminuta silla de un banco escolar, veo pasar rostro tras rostro con el único fin de rayar un papel y echarlo a una caja. La suma de papeles definirá quién gobernará el país por cuatro años, en aquella alternancia de poder, tan manoseada, que «le hace bien» a la democracia. A primera hora, los rut dos millones, tres millones, cuatro millones se hacen presentes, bien arreglados, de saco y recién afeitados, con viejas cédulas que pronto serán recuerdos en cajones cerrados. A mediodía, y en la tarde principalmente, se acercan los más jóvenes, aquellos desgarbados cuerpos que recién experimentan en la intimidad de la urna su placer cívico.
–Dado el constante estado de ebullición del país actualmente, ¿crees que esta reedición aparece en buen momento? Lo digo por poemas como «Deporte nacional», por ejemplo.
–La poesía es un espacio de reflexión y ese poema habría que leerlo a concho. Hablo como autora. El lector y el elector son familia directa. La lectura es una práctica indispensable para el fortalecimiento de la democracia, el civismo; la educación y la práctica de la política permiten que las sociedades puedan gobernarse. Hemos tenido mucho mercado y poca política. Si el elector renuncia a su vida política –y a la lectura– está entregando su país: lo está dejando en manos de unos pocos, abandonándolo y abandonándose a sí mismo. Luego, oímos que la política –que es inherente a la vida de los pueblos– cae en el descrédito. Instituciones que no funcionan, representantes corruptos, desconocimiento de los cientos de pisos del edificio del Estado, poca transparencia en el ejercicio del poder, sin pensar que el poder es elusivo y seductor; juega su juego en la cancha del engaño.
Elvira continúa:
–El elector que concurre a las urnas tanto como el que decide restarse, no puede alegar candidez, tiene responsabilidad en las legitimaciones que se dan en todo el ámbito social. No le puede apuntar con el dedo al empedrado, aun cuando el Estado presione por mantener el statu quo y una retórica vacía electoral. Lo que para mí queda claro es que no me corresponde decir cómo se debe leer ese poema ni ningún poema mío; yo sólo los escribo. El lector es autónomo. Sólo puedo enfatizar que el espacio/tiempo del poema no es el mismo del panfleto y del afiche político, que tienen sus propios objetivos. No debemos temerle al debate, pero sí a la censura y a la cancelación. Y la autocensura es el trastorno de la escritura.
–El libro se publicó en 2010. Más de una década después, el movimiento feminista ha impregnado muchas esferas de la sociedad, entre ellas la literatura y el deporte. ¿Cómo ves tú este proceso? ¿Crees que se han ganado espacios para las mujeres o las disidencias en estas áreas?
–Apelo a la libertad individual. Que no se tenga que presentar carnet de género o identificación sexual para tener derechos a confortar el cuerpo según deseos propios. Por desgracia, la marca patriarcal, masculina, sobre la cultura absorbió para sí la totalidad de los derechos del ser humano. El feminismo tuvo que ir por los suyos, arrebatarlos. Su avance ha tenido muchas orientaciones; el feminismo no es un movimiento unívoco. Tanto la literatura como los deportes han sido lugares de expresión para las mujeres y se nos ha puesto tras la categoría «femenina».
La respuesta sigue:
–Quizás en el medio deportivo aquello tenga coherencia y sea una necesidad, pero la literatura femenina o de mujeres ha sido una impronta para frenar el ingreso de autoras al exclusivo club de la inteligencia, catalogada como virtud de exclusividad masculina. Hay autoras que han desarrollado una literatura de género, militante, y otras que han tomado otras opciones literarias donde el género no es una identidad hegemónica aun cuando sea su sustrato, y ese es mi caso. Ahora, las llamadas diversidades han tenido que hacer presente una realidad negada, como si la humanidad no fuera diversa. Salir en defensa de sus derechos individuales, a ganárselos en la arena de un coliseo extemporáneo. Somos una sociedad muy desorientada.
El Pato, químico farmacéutico a quien veo por tercera vez en mi vida, se sorprende al enterarse de que la Elvira había sacado un poemario inspirado en los Juegos Olímpicos. Se lo paso para que lo hojee, mientras comemos techo en uno de los tantos tiempos muertos que sobrellevamos siendo vocales de mesa. Somos actores invitados en la fiesta de la democracia.

La poeta / El diálogo
Que quede claro
los abanderados no son emblemáticos.
(«Excepción», Elvira Hernández)
Santiago, 2021. Elvira me envía un Word, ya que nuestra comunicación sólo ha sido mediante unas seguidillas de mails. En el archivo están las respuestas a las preguntas que le hice para entender un poco más de Cuaderno de deportes, además de otras interrogantes coladas por simple curiosidad.
Le escribo, en un intento de ser original (pero de seguro ya se lo habrán preguntado antes), si ¿cree que, entre la escritura y la poesía con el deporte, exista alguna semejanza o similitud?
–Desde mi punto de vista, no hay ninguna similitud. La poesía no anda a la caza de nada predeterminado ni con ganas de subirse a ningún podio. Sin embargo, creo que hay una zona de cruce entre la poesía y cualquier deporte, box, tenis, el que sea, si la búsqueda es genuina, apasionada e intensa. Convergen en ese espacio/tiempo donde el ser humano imagina, se transforma, se supera, simboliza…
Continúo:
–En torno a la figura del «ídolo», que existe tanto en el deporte como en la literatura, ¿cuál es tu opinión personal al respecto?
–Existió. Vivimos en una sociedad masiva, aplanada a diario, manipulada. La palabra «rebaño» la habremos escuchado más de una vez en estos días. Se arman pequeños corrales con el campanilleo de los algoritmos. Además, el culto a la personalidad sólo podría desnaturalizar el arte, cuya importancia reside en la obra, la que beneficia a la sociedad y, de paso, vuelve a subsidiar al autor/a. El lugar más importante para una poeta es el que se construye en el acto creativo. Y por fortuna, no trasciende.
Le comento que Andrés Urzúa, el editor, escribe en el epílogo que Cuaderno de deportes es «una alegoría de la derrota moral de la humanidad».
–¿Qué piensa de esta idea?
–Andrés Urzúa, antes que editor, es poeta y ha hecho una lectura muy interesante de mi libro. Cuando miramos hacia atrás y observamos el recorrido que hemos hecho como especie humana, encontramos que hay poco de qué enorgullecerse. Me duele coincidir con él. Me duele escribir lo que escribo. Pero mi poesía se escribe en la falla que nos compromete.
Finalizo con lo obvio:
–¿Piensas involucrar tu poesía con el deporte nuevamente?
–Es posible. No podría decir «De esta agua no volveré a beber» –termina el Word.
(*) Ilustración de Vladimir Morgado / Las imágenes de Hernández son registro de BAJ Valparaíso.

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