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Perfiles

Aquí asaltaban naufragios: biblioteca Santiago Severin

Un nuevo aniversario de la primera biblioteca pública regional, junto a la edición de un libro que reconstruye su historia, invitan a escribirla en este momento híbrido, donde en las mañanas abre y, desde la hora de almuerzo, es un fantasma.

Por Diego Armijo

Se ha dado la instrucción de trasladar los libros de una oficina a otra. El anterior lugar ahora será ocupado para algún otro propósito. Es deber de secretarios y de algún abogado con tiempo libre que se presta a ayudar, dejar aquella oficina vacía y limpia, trasladando los muebles y cajas al nuevo sitio. Ha sido costumbre esta mudanza, pues para el edificio de los Tribunales de Justicia más que un beneficio ha sido un problema tener que albergar en sus oficinas la Biblioteca de Valparaíso, que desde 1873 existe mediante decreto del Ministerio de Justicia, pero que fuera del papel firmado por el presidente de turno no es más que una abstracción. Timbrado aquel decreto, la biblioteca es, pero no tiene un lugar donde ser.

Durante veintinueve años los libros que componen la biblioteca, que son la biblioteca, deben ir girando por las dependencias como un incómodo inquilino. Más aún, como era un espacio ajeno, a veces no existía un lugar confortable donde reposar. Se sabe de libros que eran amontonados en pisos de tierra, en subterráneos húmedos con vecindad a los alcantarillados de Valparaíso. Ordenados en torres disparejas, «como si se trata de papeles inútiles, listos para que se los llevaran los carretones de la basura», escribe Roberto Hernández, periodista atento al devenir de la biblioteca.

Es Hernández quien, desde sus columnas en El Chileno y luego en La Unión, hace campaña para que la biblioteca cuente con un edificio. El periodista había llegado a Valparaíso en 1906, luego del terremoto, para tomar el puesto de director de El Chileno, encontrando una ciudad «que más parecía una inmensa y desoladora ruina, de punta a cabo». Desde su puesto, además de presenciar la ruina, estuvo en el fusilamiento de Emile Dubois y dio trabajo como cronista a Carlos Pezoa Véliz. Ya trabajando en el diario La Unión, Hernández le dedica sentidas columnas a la situación de la biblioteca.

Valparaíso estaba en plan de reconstruir y levantar nuevas obras públicas. En la ciudad se hicieron evidentes los estados de precariedad de gran parte de su población, anteriores al terremoto; luego de este, se acentuaron. Es en este período cuando se piensa en darle un edificio a la biblioteca.

Quien toma el guante es Santiago Severin, un importante comerciante de la época. Su padre fue un ballenero que recaló en Valparaíso, arrendando como cárcel para presos políticos su barco. Severin y sus hermanos continuarían algunos de estos negocios, al fundar una fábrica de aceite de ballena en la avenida Altamirano y con la posesión de la salitrera Santa Luisa. Por mar y tierra, arriba quemando el sol. Quizá el origen de sus dineros fue motivo para que Emile Dubois lo tuviera en nómina para ser su próxima víctima. Aun así, leyendo a Roberto Hernández, Severin en el año 1913 donó la suma aproximada y proyectada de mil millones de pesos actuales para la construcción de la biblioteca.

Un año antes se había dado la orden desde los Tribunales de Justicia, ya por última vez, de trasladar la biblioteca itinerante de Valparaíso a un edificio entre las calles Edwards e Independencia, frente a la plaza Victoria. Como Roberto Hernández figurara como el defensor de la existencia de un edificio para la biblioteca y como años antes había sido nombrado «oficial primero» de este, le tocó hacer la mudanza, junto a dos empleados, mientras uno de sus hijos nacía.

«Los libros andaban rodando por el suelo; y no serían pocas las pérdidas y las sustracciones cuando el jefe de entonces entregó el depósito confiado a su custodia con una merma de novecientos volúmenes empastados», escribió.

Aunque la plata para la construcción de la biblioteca fue donada en 1913, las obras sólo finalizaron en 1919. Una primera barrera fue buscar un terreno para esta. Aprovechando los trabajos de transformación/reconstrucción en la ciudad y la tierra que se le ganó al mar, un espacio fue elegido. Donde actualmente se ubica la biblioteca era el límite entre la ciudad y la orilla del mar, conocida como playa del Almendral, lugar en donde naufragaban embarcaciones y los malhechores asaltaban las mercaderías transportadas. Es más, luego de la construcción del edificio, aún en el subsuelo cercano, dos embarcaciones siguen varadas.

Un año después de que el edificio fuera terminado, Santiago Severin murió a los cincuenta y un años. Otro decreto, firmado por otro presidente, bautiza al edificio que había donado con su nombre, en tanto Roberto Hernández se convierte en director de la biblioteca en 1917, estando en su cargo hasta 1953.

No tuvieron que estar en la decisión ni Severin ni Hernández cuando en 1985, y luego de otro terremoto, el edificio sufrió daños y se planteó demolerlo. No sucedió. Fue reconstruido, lo mismo que tras el terremoto de 2010.

Hoy, luego de estar cerrada por pandemia, la biblioteca ha vuelto a abrir, si bien sólo funciona durante dos horas y media, algo muy alejado de la beneficencia de Severin y la acción de servicio público de Hernández. 

*La información utilizada en este perfil fue tomada del libro La biblioteca pública de Valparaíso Santiago Severin y Roberto Hernández (Ediciones Biblioteca Nacional, 2022).

** Ilustración por Vladimir Morgado.

1 comentario

  • H
    Marzo 30, 2022 at 9:47 pm

    Ahora abre cuatro horas, de 10:00 a 14:00 hrs. Lunes, miércoles y jueves. 12 horas a la semana.

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