Dos publicaciones recientes se sirven de la crónica y la ciencia ficción para exponer las zonas de sacrificio en la región.
Por Diego Armijo
Como paradigma de las publicaciones sobre desastres ambientales podemos encontrar Voces de Chernóbil (1997), la crónica de la premio Nobel Svetlana Aleksiévich, donde son los propios habitantes de la zona afectada quienes relatan lo sucedido y sus consecuencias. Desde la Región de Valparaíso las novedades editoriales nos entregan dos publicaciones donde se vuelve a privilegiar el relato desde el territorio. Así, podemos encontrar una crónica sobre las consecuencias de la contaminación en Quintero, Ventanas y Puchuncaví en un período de tiempo que abarca supuestos suicidios de dirigentes ambientales, protestas, casos de contaminación, cierres de colegios y, en la actualidad, el proceso de cierre de la industria contaminante. Junto a eso, pero desde el registro de la ficción, una antología recoge las visiones desde diversas ciudades de la región en torno al tema de la contaminación, vislumbrando un futuro sin mucha esperanza, pero donde persisten los relatos.
Una crónica
Desde antes que circulara, Náusea (La Pollera, 2022) había llamado la atención. En la última Furia del Libro desde Mega mandaron un equipo a hacer una nota, mientras una señora que decía trabajar en la municipalidad de Quintero recorría los puestos, muy desesperada, buscando el libro. Desde este tipo de reacciones ha recibido Esteban David Contardo, el autor de esta «crónica de una zona de sacrificio», hasta una mención honrosa en el premio Escrituras de la Memoria 2021 como obra inédita.
Sobre las expectativas, así las estima Contardo: «Hasta el momento creo que la reacción ha sido positiva desde diversas aristas, desde las mismas comunidades hasta personas que desconocían esa realidad o también desde la academia. Ha sido realmente grato el alcance que ha tenido, tomando en consideración el objetivo del libro, que es difundir los testimonios de los habitantes de Quintero y Puchuncaví.»

—En Náusea expones tu primer acercamiento a la zona de Quintero-Ventanas a raíz de la muerte de Alejandro Castro. ¿Cómo surge la escritura, ya no de ese reportaje, sino de este libro?
—Creo que después de la muerte de Alejandro Castro y de examinar la documentación con respecto a la historia de Quintero y Puchuncaví, surgió un interés por resguardar la memoria de ambas comunidades. Ante el olvido y la normalización de la existencia de zonas de sacrificio en Chile por parte del Estado y gran parte de la sociedad, creo que era y es necesario dar cuenta de esta problemática ambiental desde los testimonios, de que esto lleva ocurriendo muchos años y no son hechos aislados.
En Naúsea Contardo privilegió el paneo del territorio que visitó. Así es como en cada capítulo nos asomamos a las consecuencias de la contaminación frente a las vidas de pescadores, mineros y agricultores, lo que demuestra el arduo trabajo del autor en caminar y buscar.
—¿Cómo fue el acercamiento a estas personas?
—Personalmente, fue muy enriquecedor. Las historias que hay detrás de cada persona son de tal importancia que de cada una de ellas se podría escribir un libro, sin exagerar. Pero también es importante señalar que, claro, en un comienzo, por supuesto, existe una desconfianza latente con respecto de las personas que vienen de afuera para tratar de «sacar cuñas» sin profundizar en el tema. En la medida en que pude explicar el proyecto y decir a lo que iba, los y las pobladores me contaron sus relatos sin mayores problemas.
—Maritza Damann, una de las personas que aparecen en Náusea, una vez en su casa en Horcón nos habló del tema de las «zonas de sacrificio», que ella prefería llamar «zonas en sacrificio», pues el daño era constante. ¿Cómo ves la importancia de que sea desde los mismos habitantes la expresión de los problemas de sus territorios?
—Es de total relevancia la expresión que ellos utilizan. De hecho, fue una disyuntiva que tuve presente al momento de colocar el subtítulo del libro mismo. Porque incluso más allá de que se puedan denominar zonas en / de sacrificio, creo que desde un punto de vista de la biopolítica lo que pasa en aquellos territorios es una deshumanización; pensar que existe un Estado en donde a las personas se les puede hacer referencia incluso desde lo numérico. Finalmente, y tal como señalas, la importancia de cómo los habitantes de ambas comunas señalan a estos territorios con problemáticas ambientales fue lo más acertado, tomando en cuenta que ellos son los que están luchando y han luchado por muchos años para revertir esto y así es como lo han denominado.
En las páginas de Náusea nos encontramos con una serie de epígrafes de textos poéticos que para el autor funcionan como una introducción.
—Creo que lo que se vive en aquellas zonas son emociones que de una u otra forma se viven en otras situaciones de la vida de una persona. El sufrimiento por la pérdida de un ser querido por la enfermedad, el olvido o la explicación misma de que lo antes conocido y cotidiano hoy es totalmente diferente.
—¿Tienes referencias de otros libros que hablen de la contaminación en la zona?
—Creo que mis mayores referencias fueron investigaciones de universidades u organizaciones sociales o medioambientales: la Universidad de Valparaíso, la PUCV, la Universidad de Playa Ancha, Fundación Terram, Mujeres en Zonas de Sacrificio en Resistencia Quintero-Puchuncaví (Feminismo Popular y Territorios en Resistencia: La épica lucha de las mujeres en la zona de sacrificio Quintero-Puchuncaví, 2020) y la Defensoría de la Niñez, sólo por nombrar algunas de las fuentes documentales que me ayudaron a generar lo que es Náusea. O también el documental Hombres de verde, dirigido por Juan Luis Tamayo.
—Con los últimos episodios de contaminación en la zona y el aparente cierre de Ventanas, tu libro se vuelve objeto de un terrible presente. ¿Cómo has visto estas últimas noticias? ¿Cómo crees que Náusea encaja en este presente?
—La verdad es que escribí Náusea pensando en el futuro, en las nuevas generaciones, tratando de que esto no se repita, que no volvamos a cometer los mismos errores que en el pasado y que en algún momento pensamos como sociedad que podían ser buenas decisiones. Pero, a pesar de eso, creo que el libro de igual forma encaja en el presente en cuanto, sobre todo pensando en el cierre de la fundición, revive y da cuenta de que existen trabajadores y familias que aún no han obtenido reparación por muertes y enfermedades producidas por la contaminación de esa empresa, que en otro tiempo fue Enami Ventanas. Encaja también para la compresión de que el complejo industrial no sólo se constituye de una empresa, sino que las afectaciones son múltiples, y que la contaminación perdurará en el territorio más de cien años. El cierre de una de aquellas empresas, sin lugar a dudas, es un buen precedente de aquí en adelante, pero no hay que olvidar que las termoeléctricas, por ejemplo, siguen allí, a apenas unos cuantos metros de casas, almacenes o de la gente que sale a correr o pasear con sus guaguas por la bahía de Quintero, atestada de tuberías y de carbón.
Antología de cuentos
Una niña que en clases se la pasaba dibujando personajes en su libreta realizó una convocatoria para textos sobre la contaminación en la región, en la que colocó requisitos de extensión pero, sobre todo, del género de los textos que buscaba: new weird, fantasía oscura y ciencia ficción. Ignacia Arellano, quien estudió ilustración en el Instituto Arcos y vive en Achupallas, acaba de editar De la creación & la destrucción (Biocroma, 2022), antología que reúne a dieciséis autores en torno a la destrucción de los territorios, mirado desde la perspectiva de géneros fantásticos. Además de los cuentos, ante todo ilustradora, Arellano acompaña con ilustraciones a cada uno.
—¿Cómo surgió el tema abordado en la publicación?
—El tema lo he trabajado siempre, pero sólo desde la ilustración. Hablaba del tema con compañeres, me informaba, pero no escribía. Cuando pensé en mi proyecto de título surgió la idea de enlazar textos con problemática y arte visual. Antes había participado de un electivo de escritura en el que escribí un texto. En ese momento no lo pensé para algo más, dije: «Ah, quedó piola.» En un momento de la convocatoria pensé: «Si la gente no me manda cuentos, ¿tendré que escribir yo?» Me paniquié, pero resultó.
«Somos carbón»
Cuando sea carbón les serviré de algo. Vivos y respirando no es un gasto que agreguen a su agenda.
Todes mis amigues están carbonizados hasta las entrañas y todas las casas de este país están en llamas.
Ahora recordamos como un sueño los días tranquilos en las plazas, con el viento y el sol en la cara y el pasto alrededor del cuerpo.
Desde que Chile aceptó transformar su gente en carbón y a sus animales en petróleo la única luz que tenemos les jóvenes es una muerte prematura y el suicidio colectivo.
Ignacia Arellano
—Lo que buscaba con el proyecto era enlazar partes de la región y gente que tenía otras experiencias, además de la mía. Porque si yo hablo sólo de mi experiencia, me quedo corta. No puedo hablar de toda la contaminación que hay en esta región y de las zonas de sacrificio, por ejemplo, si no conozco las experiencias de gente de Quintero. Prefiero que esas mismas personas tengan la voz de transmitir y yo sólo hacer las ilustraciones, lo comunico visualmente.
—¿De qué lugares te llegaron cuentos?
—Cartagena, Quilpué, Villa Alemana, Viña del Mar y otros lugares. De Viña, como son cerros tan distintos, de Agua Santa, Achupallas y Santa Inés. Igual, era importante dejar en claro los territorios cuando hice el índice. Encontré superimportante que se visibilizara eso, para que no se pensara que la Región de Valparaíso era nada más que Valpo y Viña.
El resto de los lugares de origen de los textos es Valparaíso, San Antonio y La Cruz. Desde esta diversidad de territorios lxs autorxs logran enlazar los géneros del new weird, fantasía oscura y ciencia ficción con sus propios acercamientos al tema de la contaminación. Para Arellano era importante esta unión.
—Quería transmitir este mensaje y estas problemáticas no de una manera tan directa. Quería que fuera una narrativa que te llevara de la mano y te lo fuera comunicando [el tema] de a poquito. La fantasía hace superbien ese trabajo y, además, el new weird es un género que ha estado haciendo más ruido.

—¿Qué opinión tienes de los textos publicados?
—Hay una gran variedad y de todas las edades. Hay una niña que tiene como catorce, gente que es mucho más grande y se nota cierta madurez, pero yo creo que la intención con la que se hace y lo que quieren transmitir es igual de válida. Entonces, el esfuerzo que puse al querer ilustrarlos y las ganas con que lo hice fueron iguales para todos. Hubo algunos que me dejaron como «¡qué!, ¿me estai leseando?», muy buenos. Creo que eso pasa cuando uno hace cosas con fantasía, siempre hay algo que te queda dando vueltas.
—¿Las ilustraciones son anteriores o las hiciste luego de haber leído los textos?
—Todas las ilustraciones hechas para el fanzine fueron hechas especialmente para los cuentos. Fue un proceso de leerlos e intentar ir sacando los conceptos más importantes, haciendo bocetos, porque quería completar un poquito, aportar a la historia mediante la imagen. Fue una cuestión extenuante. Algunas ilustraciones me tomaron como dos semanas.
—Lo imprimiste tú, ¿cómo fue ese proceso?
—Como es un fanzine, que siempre apunta a la autogestión, a lo colaborativo y lo hecho en casa, eso mismo yo pensaba para la impresión. Empecé a ver maneras de hacer el archivo para las personas y que ellas pudieran reproducirlo en sus territorios, a la vez de yo poderlo hacer acá, en el mío, a mi manera. Así cada uno tenía la libertad de decidir en qué papel iban a imprimir y cómo, aunque el archivo era el mismo para todes. Yo busqué un papel que me gustara, grueso para la portada y que me gustara para los interiores. Lo mandé a cortar y yo en mi casita con mi impresora imprimí todo y lo cosí a máquina.
—¿Qué implicancias tuvo imprimir en casa?
—La implicancia: estrés. Uno no depende de imprentas, pero está este otro lado del momento en que hay que pelear con la impresora para que salga bien. De hecho, este mes de preventas fue supercaótico porque mi PC se echó a perder, lo mandé a arreglar y aún no me lo devuelven; mi impresora se echó a perder, la mandé a arreglar y me la devuelven en un mes más. Tuve que imprimir en otro lugar, pero son [solloza divertida] gajes del oficio.
Hasta el momento, con razón de lanzamientos y copias vendidas en preventa, Arellano ha impreso alrededor de cincuenta copias y se plantea la circulación del fanzine bajo demanda. De todas maneras, la publicación está en formato ISSUU y puede encontrarse en el Instagram @proyectodcyd.
(*) Ilustración de Vladimir Morgado.

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