FIFV Ediciones lanzó como gesto de cierre un libro recopilatorio del Taller de la Imagen, realizado desde el 2021 hasta el 2023. Entrevistamos a Anamaría Briede, Cristian Maturana y Ninoska Soza Olguín (Nina), quienes participaron desde distintas veredas en estos talleres.
Por Tomás Pérez
Al abrir el pequeño artefacto y encontrar dos libros en forma de acordeón (leporellos), me observan de frente dos ojos: Carolina Agüero y Cristian Maturana, ambos docentes que propiciaron talleres durante tres años para aguacharse al fin en este libro objeto. En cada brazo del libro puedo ver los módulos que guiaron semanalmente los talleres y que se reúnen todos en un único nombre: Taller de la Imagen.
El Taller se impartió durante tres años en módulos semanales independientes que duraban alrededor de cuatro horas. En todos se propiciaba el contacto entre personas de distintas áreas con, al menos, un interés afín: la imagen. En algunos se daba un lapso de tiempo para tomar fotografías en el sector, en otros para tomar imágenes de archivo, en todos para edificar algo nuevo a partir de tal ejercicio, ya sea fanzines o mapas conceptuales.
Actualmente se desarrolla el Laboratorio de Experiencia Fotográfica, en donde participa quien escribe este reportaje y una de las entrevistadas. El Laboratorio incluye tanto a Maturana como a Agüero, en conjunto con cinco expositores más, y prosigue con la búsqueda permanente que tiene Casa Espacio: articular un espacio de creación abierto a distintas disciplinas.
EL PAPEL
Anamaría Briede, artista visual, poeta y gestora cultural, es la encargada de dirigir Imagen Salvaje, el proyecto de formación, mediación y educación de la imagen, perteneciente a Casa Espacio.
A través de chat, cuando le escribo para realizar la entrevista, me aclara que Casa Espacio es el nodo que unifica las distintas aristas en las que trabajan como equipo, entre las que se encuentra el Festival Internacional de Fotografía de Valparaíso (FIFV), FIFV Ediciones, la biblioteca, Máquina Sensible y la ya mencionada Imagen Salvaje.

–¿Cómo surge el Taller de la Imagen?
–El taller nace tras una postulación al FNDR (Fondo Nacional de Desarrollo Regional) para generar talleres abiertos al público más allá del Festival, con una estabilidad durante el año. Ahí también surge la idea de trabajar paulatinamente, durante tres años, con Carolina Agüero y Cristian Maturana. Entonces se genera un enlace y un trabajo en conjunto con prácticas educativas que se retroalimentan a sí mismas, con la intención de que Cristian y Carolina exploraran nuevas metodologías pedagógicas.
–¿El Fondo se lo ganaron para los tres años?
–Lo fuimos ganando anualmente; lo mantuvimos. Y al último, quisimos hacer un cierre con este libro.
–¿De dónde surgió la decisión de hacer un libro, de imprimir?
–Yo creo que se me reveló después de la pandemia: esas ganas de llevar al papel, de imprimir todo. Un poquito también como una manera de difundirlo, como regalo, como resultado de algo. También porque el hito fundacional del FIFV ha sido siempre lo impreso: la revista. Eso ha sido un acto operacional que se repite cada año, en todos los procesos.
–¿Qué significado tiene para ustedes imprimir constantemente?
–Hay un tema con la posibilidad de difundir, materializar y editar un proceso en papel. Pasa a ser otro cuerpo de obra más de los talleres. También hay imaginación, juego para elaborar algo bello dentro de lo que realizamos, además de los contenidos. En el Taller, siempre incitaba a que el hablar, la teoría se aplique en papel. Cristian hace cosas más colaborativas, la Caro se metió en la edición de cada uno en su álbum familiar; siempre hay distintas dinámicas, pero siempre lo abordamos como: «imprimamos, hagamos cosas que sean tangibles».
–¿Por qué en las exposiciones del festival, si bien suelen preponderar otros formatos, llevan también libros para exponer?
–Yo creo que tiene ver con la responsabilidad con la biblioteca que tenemos acá, que es de unos dos mil libros. Si bien la tenemos abierta, todavía no hemos logrado regularla, entonces la instancia del festival son instancias para ir a exponer los libros. Son libros que se taladran, que se usan y que quedan un poco dañados, pero finalmente, está la intención de exponerlos. Porque un libro es un mundo expositivo.
EL RECUERDO O LA FOTOGRAFÍA
Como idea fuerza para realizar esta entrevista estaba el foco en la impresión, acto que, como vimos, es central en las actividades de Casa Espacio y particularmente del FIFV. Sin embargo, alguien que releva el arte de la exposición incluso por sobre el de la impresión es Cristian. Me sorprendí entre grata y descolocadamente, porque me di cuenta de que mis preguntas lo instaban a cuestionarse sobre algo que no es prioritario para él.
Maturana es nortino, artista visual y docente; se describe a sí mismo como determinado por el desierto. Este influyó su trabajo visual, ya que acostumbró durante años a trabajar con imágenes decoloradas, caminando durante horas mientras su imagen perdía color a kilómetros de distancia. «Mi laboratorio era el desierto», menciona.

–¿Por qué imprimir?
–No sé. Hay incluso dichos: «la imagen no existe hasta que está impresa», cosas así. Yo nunca he comulgado mucho con eso. Yo no tengo la necesidad de imprimir. A nivel de imagen, yo creo que la imagen existe desde antes de la foto, incluso antes de la pose y antes que alguien se disponga para ser fotografiado. Pertenece más al campo de la imagen y, por lo tanto, de la imaginación. Yo particularmente no tengo muy marcada la necesidad de volver tangible las cuestiones que imagino.
Este gesto mecánico de hacer imágenes, físicas, tangibles, tiene que ver más con olvidar que con recordar. Me pasa mucho que si estoy en esa dicotomía entre «quiero recordar esto» o «lo quiero registrar» siempre me vale más recordar, aunque sea más inexacto. Es como un estar más consciente, creo yo.
–¿Cómo has notado el desarrollo del fotolibro en la región?
–Te podría hablar de lo que sucede en la escuela [Cristian es docente en ARCOS]. Yo creo que, en los últimos cuatro años, ha pasado que todas las personas que terminan haciendo proyectos que podrían ser o una exposición o un fotolibro, se inclinan cada vez más por el fotolibro. Piensan que la exposición es un momento tan efímero que se va a perder.
–¿Tú qué prefieres?
–En el sentido con no tomar la foto para estar pendiente, a mí se me hace mucho más valiosa la exposición que el libro. Creo que ahí tú diseñas un momento en la vida de la persona: cómo va a entrar, por dónde va a recorrer, dónde quieres que se detenga. Hay gente que la puede recorrer al revés, como sea. Es un instante en la vida, eso me resulta mucho más llamativo.
Escribe Maturana en el ala izquierda del libro que el fin de los talleres dictados por él era «saludar al encontrarse en el futuro por las calles». La unificación de los talleres dictados por él consiste en eso, en sus palabras.
–Con eso ya está ganado, de ahí pa’delante. Valorarlo como instancia social. Con la excusa de las fotos y todo esto, pero la idea es más que nada llevar las cosas a discusión.
–¿Tú saludas a los asistentes al taller en la calle?
–Una vez me pasó que no saludé. Veníamos justo al cierre del taller, cuando lanzaron este libro. En la micro venían un par de personas, caminamos, y yo decía «Uh, parece que van al mismo lado». Y cuando llegaron acá, dijeron que habían estado en el taller que yo había dado, entonces pensé «mal po»… Lo que pasa es que tengo mala memoria [ríe].
Aparte de esa anécdota, reconoce que sí se encuentra con personas que asisten a sus talleres y que el trato suele ser grato.
–Y he visto, en Cámara Lúcida, a personas que se han conocido en estos talleres.
LAS MANOS
En la otra esquina de la mesa está Nina, participante de un taller con Carolina Agüero este año. Nos quedamos con Cristian y Nina después del Laboratorio de Experiencia Fotográfica en Casa Espacio, un lugar café madera que en su centro nos abraza con dos repisas gigantes llenas de fotolibros. Javier Ugarte, encargado de producción, va a comprar pan y palta para tomar once.
Nina es arquitecta y trabaja actualmente en torno a la imagen en el cine. Tiene la experiencia de quien hizo un fanzine en uno de los talleres de este año.
–¿Qué sentiste cuando tuviste impreso tu fanzine?
–Fue como: «Oh, este es el primer fotolibro de todos los talleres que he tomado» [ríe]. Primera vez que materializaba algo que se acercaba a un fotolibro, a algo más palpable. Escuchaba la entrevista del Cristian y a mí, por ejemplo, sí me gusta mucho la impresión de las imágenes. Siento que las manos son como una extensión súper valiosa del cuerpo. Estamos tan acostumbrados a que la mirada es el sentido que más nos valida en el espacio, pero también están estas otras partes: el oído, las manos. Para mí las manos son súper importantes. La imagen también aparece en el soporte donde se imprime: el papel tiene una calidad, una suavidad, una textura.
–¿Cómo era tu fanzine?
–El mío lo trabajé harto desde el interior. Habían pedido imágenes de cuerpo y territorio, entonces ya trabajar desde el cuerpo es algo bien propio de uno, y el territorio en cierta medida también, porque es donde uno se va desenvolviendo. Me acuerdo de que las imágenes que traje eran de cuerpos cercanos y de naturaleza. Mezclé imágenes del sur, del Huilo Huilo, en donde había estado hace poco tiempo. Eran imágenes de esa índole, que juntándolas era una mezcla onírica, de ensoñación.
–Respecto a la experiencia del taller, ¿cómo lo sentiste?
–También tiene que ver harto con la experiencia que decía Cristian. No es solamente que aparece en el libro tu fanzine, sino que además aparece en el colectivo el de tus compañeros, vas viendo las distintas historias que van surgiendo a partir de una misma premisa. Entonces, ese sentirse bien aborda toda esa experiencia en conjunto, no solamente el de tu propio objeto.

–A diferencia del laboratorio en el que participamos actualmente, ¿qué ventajas pudiste notar en la dinámica de trabajo del taller?
–Lo bueno de esos talleres es que, al contar con tan poco tiempo, uno a veces hace algo más de la guata. Porque a veces el pensar mucho las cosas hace que uno se detenga; le das tantas vueltas que al final terminas haciendo nada. En cambio, en estos ejercicios que eran más cortitos, más express, sí o sí lo trabajabas y algo salía. Y esa experiencia ya de concretar algo creo que es súper buena.
–¿Por qué imprimir?
–Principalmente, porque la vista no es lo único que nos hace entender el mundo o las imágenes que percibimos. Las imágenes pueden venir de la palabra, de los olores, del tacto. Claro que, cuando uno ve una impresión, ve una imagen que te llega por los ojos, pero también hay una imagen que te llega del objeto que estás manipulando, y de cómo lo estás manipulando. Entonces esto, que se abre, tiene una extensión con una medida en relación con tu cuerpo, a diferencia de un libro que se abre como revista, a diferencia de esos fanzines que se pliegan más chiquititos. Es importante imprimir cuando se piensa en la articulación que tiene ese objeto con el cuerpo.
Tanto por el bichito de la duda que insertó Cristian respecto a la impresión, como por su propia reflexión sobre la imagen, Nina dice sentir una contradicción constante.
–Sí creo que es importante la impresión y la relación que uno tiene con la imagen a través de otros sentidos, pero también está bueno ese ejercicio de almacenar cosas que pueden ser solo para nosotros y nuestra memoria. En este mundo de muchas imágenes, donde casi todo se vomita, donde hay poco secreto, es bonito hacer esa reserva propia, personal, que queda solo en tu retina.
–¿Tienes guardado el fanzine que hiciste?
–Sí, guardadito.
–¿Ese secreto podría ser ese fanzine?
–Podría ser, mientras quede solo para uno.
En alguna repisa de mi pieza, de la de Nina y de cada participante del Taller de la Imagen, imagino desordenado, sobreviviendo, un pequeño librito personal. Lo imagino con arañas y polvo, distinto al ejercicio conmemorativo que tiene el libro objeto que resume los tres años y que mira airoso, ordenado.
(*) Ilustración de Vladimir Morgado. Retratos cedidos por las fuentes.

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