Kimberly Halyburton compone un diario sobre el dolor y la rutina de la enfermedad, a la par del aprendizaje entre una madre y su hija.
Por Paloma Muñoz
Acaricio la portada de azul profundo, a primera vista llaman mi atención los retazos de cianotipia esparcidos con sutileza por ambos lados. He de admitir lo ajena que soy a esta arte/técnica, por lo que me animo a leer sobre emulsiones, luz, experimentación, fotografía artesanal. Sin embargo, toda esta investigación no es más que una pretensión por descifrar, antes de adentrarme al relato, el objeto que reposa sobre mis manos y que me fue entregado ‒convirtiéndose en una coincidencia que aprendería después‒ para ser explorado.
El relato abre con una anotación a modo de contexto: año 2021, Valparaíso en plena fase 2 de cuarentena por el virus Sars COV-2. Luego, y al estilo de un diario íntimo, se nos explica el motivo de por qué esa fecha es tomada como el inicio: corresponde al momento donde se gesta la tensión, donde la observación hace obvio al malestar y lleva a quien nos narra a acudir con su hija a un hospital. Entre exámenes, esperas, despedidas forzadas y el cada vez más evidente peligro, se entreteje Metabólica (Rayo de sol taller, 2023).
Fotolibro experimental y primera obra escrita, en solitario, de Kimberly Halyburton; artista visual, fotógrafa experimental, constantemente en la exploración como docente y tallerista. Por allá entre 2021 y 2022, en el contexto del Taller de Fotolibros (impartido en CENTEX por Cristóbal Gaete y Raúl Goycoolea), desarrolla una proto-versión de este diario-crónica. En él pone en sincronía letras y cianotipia en un intento de responder cómo convertir los desechos, residuos, sobras, en objetos sensibles o, cómo alivianar la crudeza de lo crónico y tornarlo en una compañía soportable.
Kimberly explica su interés por el cruce disciplinar del taller: «Entré porque me interesa la fotografía y porque la escritura es algo que me cuesta hacer, siento que es súper necesaria pero me cuesta mucho escribir. Cuando hicieron el ejercicio del diario, yo falté porque me fui de viaje con mi familia. Y estaba en un punto en el que decía ‘¿renuncio al taller o me quedo?’. Era demasiada carga estar todas las semanas, o semana por medio escribiendo, sobre todo porque era algo que me costaba».
‒¿Qué fue lo que te hizo pensar «este es el texto que se queda, el definitivo»?
‒Decidí escribir el diario sobre los días que estuve de viaje y pensé, mi día a día es este: levantarme, alimentar a mi hija, tomarle los exámenes. Y claro, fue algo que no quería escribir porque no quería compartirlo, porque era algo muy personal pero a la vez no puedo escribir de otra cosa si este es mi día a día. No veía de qué forma solucionarlo y empecé a escribir enfocándome en qué cosas pensaba en el día o, qué cosas estaban en mi mente; esto del examen, medir, pesar, noto que era mucho de números: tal cantidad de comida, tal cantidad de insulina.
‒En esa misma rutina encontraste la solución.
‒Sentí que era un ritmo que podía abordar, como dije, una forma de salir de mi mente emocional, soy muy sensible con estos temas. Y así hago este diario, decido ir a la siguiente clase y me empezaron a hacer varios comentarios como «quedé para la embarrada leyéndolo» o, «es verdad, entré mucho en la situación», todos mis compañeros y los profesores del taller también. Fue heavy que esto tan íntimo le llegue de esa forma a los demás.
‒Me voy a agarrar de lo que dijiste de la intimidad, ¿cómo abordar algo que es tan duro para una misma sin que se le vea con condescendencia?
‒Uno lo hace como un ejercicio para soltar, es una realidad y eso quería mostrar con el texto; todas las personas tienen diferentes realidades, esta es una más. Con el grupo al menos, hubo harta apertura al leerlo, a comentar desde la escritura más que nada, desde cómo había planteado el texto y cómo había surgido.
‒Existe cierta intimidad común porque, como bien mencionabas, es una realidad.
‒Sí, pasó mucho que era así como «me acordé de mi abuelo cuando estuvo en el hospital», ¿cachai? No de la misma situación en particular, sino que el hecho, por ejemplo, de los relatos del hospital, de una parte que habla de la pandemia, lo de las visitas, ese tipo de cosas. Diferentes personas me lo mencionaron y me dijeron «Oye, me recuerda mucho a X momento», por eso, yo creo, está esa conexión, en el momento de estar en el hospital, de tener una emergencia.
‒Y es bastante familiar, te hace sentir acompañado…
‒Claro, es toda una gran intensidad. Como te decía, no quiero ponerlo en la palestra de «esto fue más grave o menos grave»: ahora lo veo como algo muy X, es una situación que está ahí en el momento. También del hecho de haber estado en el hospital y ver los otros casos, era como darte un golpe y decir «ya estás aquí y esta es tu realidad, y tenís que darle con lo que tenís». Esa experiencia de hospital es súper heavy, pasan múltiples cosas que pueden decantar en algo muy grave.

‒En el texto hay una subtrama sobre el aprendizaje mutuo, que es un gran complemento.
‒O sea, yo creo que la maternidad en sí es un aprendizaje constante, así en términos del esfuerzo y también en términos de las cosas que te van pasando. Como que, independiente de esta condición, siempre es complejo, es una constante. Y esto le aumenta la complejidad, así como en un juego nivel difícil, o un nivel intermedio, quizás hay personas que la tienen más difícil.
‒¿Cuáles fueron los motivos de que en el libro no hayan fotografías, aunque sí otro tipo de imágenes?
‒Son varias cosas. La primera, es que no pude poner las imágenes. Es muy duro y también lo hace más personal, por lo que decidí no ponerlas. Yo no quería que fuera un relato personal. Ese fue mi gran dilema todo el rato, porque no era algo que yo quisiera compartir, pero con la reacción del resto, lo sentí necesario de alguna forma.
Me dedico a la fotografía, aunque me da un poco de risa decirlo porque casi no saco fotos. Trabajo con archivos, con experiencia, con emulsiones, con elementos más artesanales. Las fotos que saco son la mayoría con estenopeica, es lo que más me gusta hacer.
‒¿Cómo escogiste estas otras imágenes?
‒Porque era una forma de catalogar todo con números. Y los elementos que iba recolectando me parecían más interesantes, porque lo puedes usar como fotograma, que es lo que hago con las cianotipias; a veces ponerlos sobre otros elementos y hacer fotogramas de ello o, también, escanearlos.
‒Entonces, ¿en qué momento comienza a aparecer la idea de juntar estos objetos-desechos?
‒Esta recolección tiene su origen en el momento en que quedé embarazada. Decidí hacer todo lo posible por no generar tanto daño medioambiental o tanta basura y tener hijos es contrario a cuidarlo, porque estás generando más basura. Pero trato de controlar eso, porque es algo importante, por lo menos en mi vida es importante.

‒De alguna forma, siempre estuvo presente…
‒Cada vez que tomaba un examen tenía que botar una aguja, cada vez que ponía insulina tenía que botar una aguja y todo lo que implicaba: los primeros meses era cada dos horas. No paraba nunca, pensaba qué onda con estas acumulaciones, cómo lo decanto. Y ahí decidí usar estos elementos para el fotolibro. A lo mejor no es evidente, pero esa acumulación fue importante, y representaba toda esa rutina. Creo que por eso decidí usar estos elementos.
‒¿Cómo fue tu experiencia en términos de finalizar este proceso?
‒Cuando sacamos los fotolibros del taller, tenía una idea en mi mente de cómo me gustaría que fuese visualmente. Siempre me imaginé que la portada iba en cianotipia, que dentro iba a estar el folleto de los elementos de la insulina. Y, como era una serie de diez copias, había un formato establecido y todo bien con eso, pero tenía en mente otra forma de publicar.
‒Respecto a si publicarlo o no, ¿qué fue lo que más te costó?
‒Lo tuve en mi lista de pendientes por mucho rato, también porque me costaba escribir, más que escribir, reeditar los textos o pensar en agregar otra cosa, porque hay uno o dos textos que son distintos a la primera versión. Eso implicaba volver al texto, a leerlo, a mirarlo. Solía hacerle un poco el quite, pero a la vez, sentía esa necesidad de hacer la publicación como la había visto en mi mente, en cuanto al texto, a las imágenes, a lo visual de la portada, al interior, a la encuadernación; también con este elástico, que tiene un cuento porque es el elástico de las mascarillas, vinculándolo con ese momento de usar tanto rato mascarilla, porque el relato parte hablando desde la pandemia.
‒¿Pensaste, en algún momento, publicarlo por otros lados?
‒Lo otro es que también quería postular a algún proyecto, pero siento que es tan burocrático y lento, que dije, bueno, tengo todas las herramientas para hacerlo yo, así que decidí hacerlo autopublicado. Creo que también tiene un cuento eso, siempre me ha gustado hacer todo a mano; por eso la fotografía artesanal, la fotografía estenopeica, construir la cámara, la emulsión. Y me puse un pie forzado, el Santiago Fotoferia, y eso me ayudó a publicarlo, porque no me animaba realmente a imprimir.
‒Es tan íntimo que es difícil desligarse.
‒Claro, igual era una tarea pendiente hacer el fotolibro. A pesar de que no es muy de foto, tiene harto que ver con las emulsiones y con esas imágenes, es como súper experimental esa parte. No es un libro sólo de texto ni de fotos, por eso digo que es más una publicación experimental, más que un fotolibro o un libro.
‒¿Cuál es tu relación actual con la escritura?
‒Escribo muy esporádicamente y no suelo publicar nada de lo que escribo, esto es lo único que he publicado. Pero siempre tengo proyectos relacionados a ello, tengo textos ahí y no sé, de pura inseguridad no más no publico, porque tampoco es mi área principal. Pero sí creo que es un complemento importante al quehacer artístico, ya que, más que a la fotografía, me dedico a las artes visuales, entonces, cuando hago trabajos es súper importante escribir sobre lo que voy haciendo. También me gusta harto la investigación desde las artes visuales, así que siempre estoy escribiendo, pero nunca publicando.

‒¿Crees que de cierta manera ayudó la existencia de este libro para sentirte un poco más liviana?
‒Sí, yo creo que sí. Es todo un proceso de soltarlo igual. Como poner en la página o decirle a las páginas tu transitar, tu experiencia. Es súper importante, porque así como uno lee cosas que le sirven, de pronto, a alguien.
‒¿Y en el caso de tu trabajo con las imágenes?
‒Es que es mi práctica constante, para mí es terapéutico poder hacerlo todo el tiempo. Trabajar en la cianotipia, principalmente, es una técnica súper versátil. Me gusta estar trabajando todo el tiempo, cuando hago talleres incluso aprovecho para experimentar. Últimamente no he tenido tanto tiempo de hacerlo, porque siempre tengo que tener el por qué hacer las cosas. Cuando estuve haciendo estas cianotipias, ocupaba todo el tiempo libre que tenía en hacerlas, en ir buscando el material, de la recopilación de elementos, las cajas, los papeles.
‒Se observa una tendencia a la experimentación y el trabajo manual…
‒El hecho de que todo sea manual, aunque me dedico hace siete u ocho años a la cianotipia, fue harta pega. Pero creo que eso le da un valor, que cada copia sea distinta, tenga su identidad, su carácter y el peso del trabajo artesanal. Las portadas tienen ciertas diferencias, y eso lo hace un libro experimental, como te decía. Quise jugar un poco más y poner los textos de forma que sea dinámica la lectura, que no sea «texto, texto y más texto».
‒Como darle un cierto respiro…
‒Claro, esas mismas imágenes son para ese respiro, para decantar un poco lo que estás leyendo, y observar o vincular una cosa con otra, o relacionar los elementos. A veces me decían, «bueno, pero yo no entiendo de qué es este libro», pero tampoco la idea es entender, la idea es cómo vas a ir relacionando después, cómo están vinculados los objetos, las imágenes, ir descubriendo. Y si no lo descubres, puedes hacerte una idea e imaginar de qué va. Eso es lo interesante, que no esté todo ahí evidente, sino que vayas descubriendo en el camino: reivindicar un poco la capacidad de asombro.
(*) Ilustración de Vladimir Morgado.

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