Alma imaginaria y el bote de la locura es el primer libro del cineasta y músico.
Por Radioactivx
Sostengo en mis manos un ladrillito chato de borde blanco, con un lindo dibujo en la tapa, que me recuerda a las volás de Henry Selick, a los bocetos de un emo cualquiera. Lo ojeo como es la costumbre, de atrás para adelante.
«Fue ayudante de Pedro Lemebel», se lee en la solapa. Estudió cine, dirección de fotografía, conservatorio de música docta, pintura y actuación. Alguien con tanto galardón en su haber, podría fácil ser un pedante ridículo, o simplemente no caerme bien; pero decido darle una oportunidad al libro, de tan bonito que es a la vista.

Creación multimedia; contiene unas coloridas pesadillas queriendo saltar de las hojas: ilustraciones, óleos, fotomontaje 35 mm, fotograma 16 mm. Además, un cancionero, acompañando la narración, con sus respectivos códigos QR, trasladan al lector al digimundo, donde se despliegan melodías melancólicas; la banda sonora de las escenas descritas. Poesía profunda que decae en momentos, palabras rebuscadas y bonitas, un ritmo agradable y envolvente. Esa facilidad que tiene uno de identificarse con los personajes rareza; la curiosidad, la introspección.
«Quisiera descifrar lo que existe en su interior, permanecer al menos un instante sumergido en ese vórtice ido de la normalidad. Verter la saturación del aparato que intriga e inunda de pócimas imaginarias el encanto que la envuelve, y quizá sea una obsesión por raro, pero tuve la oportunidad de acercarme lo suficiente, para sentir cada detalle de su presencia».
Consulto con mis amigas historiadoras, si es que ubican a ese tal Pitu, porque tengo que entrevistarlo, y la idea no es preguntar puras weás. Y se pegan el Janin Dei: «¿Quién es?, ¿quién la conoce?».
Investigo en redes sociales. Su obra se encuentra con facilidad. Youtube, Spotify. Días como navajas en Ondamedia, siendo Pitu su autor, recibió colaboración de Lemebel; película galardonada internacionalmente.
Sin embargo, de su persona no encuentro mucho. Lo comienzo a imaginar, dibujando el contorno con las pistas de sus trazos, con las decisiones narrativas, sigo un rastro de miguitas, desordenado y sin sentido. «¿Cómo será?», porque encima, me caen mal los músicos, generando una distancia desde mi paranoia.
«Me he enclaustrado para saber quién soy. He muerto y revivido para saber quién soy. Me he maltratado para saber quién soy. Me he apartado para no caer en decadencia. Y, aun así, reconozco que ha sido a través de mi propia voluntad, haber deletreado letra por letra, el nombre con todos los seres con los que me he identificado».
Pitu, por pitufo; que era chiquito antes. The kid, un webeo, invento de la soa Lemebel.
Desde niño se interesó en el dibujo, llegando a vender algunos en el colegio. Vivió en muchos lugares. Como el joven protagonista en «Su infancia la fundó el cuarto piso», segundo capítulo del libro, que dice: «Iván era un chico anormal. Solitario y callado. No tenía muchos amigos. Le gustaba pasar tiempo en solitario».
Pitu se adentra al mundo de la música a los doce años, con una banda punki de Santa Julia, se juntaba con gente mayor perteneciente al under. Su imaginario se marca: patinetas, alcohol, pasta base, callejones, meaos, botellas, canchas de tierra, desesperación, decadencia, y en especial, la locura.
Tiene una relación íntima con esto último, y es que la locura la encuentra bella, pero bajo ciertas circunstancias. Una que no sea «dañina», una que se pueda «controlar», y no actúe en forma indomable, porque a pesar de convivir con el caos, cree en una potencia constructiva en la fuga a la norma. Por medio de una avalancha artística ha sembrado su trayectoria.
Referentes tales como The Cure, Joy Division, Los Prisioneros, Fun People, entre otros tantos. Describe sus propias composiciones como «música existencialista». En sus canciones se repiten palabras: «amor, contigo, deseo, corazón». Sí, se considera un romántico, mas no un idealizador. No tiene nada que le sea «favorito».
Y repite «barroco», «surrealista». Sus palabras escritas se entrelazan, en un tejido, un mix de emociones, contemplando incluso el dolor. «Lindo el sufrimiento», un polo más en la rueda de la realidad.
«¿De qué se trata la vida? ¿qué hay en el alma? ¿por qué sufrimos? ¿por qué reímos? De que, si acaso es toda una ilusión, de que, si acaso uno se inventa todo lo que es real, de que si acaso uno es el invento de alguien más. ¿Yo existo?».
Me sorprendo de que separe el cuerpo del alma. «Y el alma del espíritu, y el espíritu del éter», ni que fuera mago oscuro, o alquimista.
Por ahí le dijeron que su escritura tenía ese algo que podrían contener todas aquellas letras que se consideren «disidentes» después de esa maravilla de cronista nacida en el 52: algo lemebeliano. Pitu le envió un correo a Pedro. Tiempo después le reconocerá que tuvo un filtro al momento de contactarse; que se asomó por la ventana antes, y que no le abriría si no lo encontraba atractivo.
Un romance a primera visita. «Amistad de amor». Viajaron, crearon, intercambiaron secretos, saberes. Influenciando de manera significativa sus escritos, fue alguien que le enseñó a digerir la literatura.
En dos mil doce se lanza la ópera prima de Pitu como cineasta, Días como navajas. Presenta cinco historias en torno a la polémica por la construcción de un skatepark para los patinetos en Viña del Mar. Prólogo: «Con el título de un poema de Bukowski, esta película que viene derrama la estética bastarda del eriazo donde la tabla del skate es el filo que raja la piel amarga de la cuneta pendeja. –Pedro Lemebel».

Un collage sincero, tipo falso documental. Sangre de su carne. Y no sólo el film; todo su trabajo es un desgarro de sí mismo. Excesos, dramas, sufrimientos, vacíos, que le pertenecen; contando lo ocurrido desde dentro, exponiendo sentires, pensares. «Es mi historia».
Se considera un loco y sensible. Es vegano. Sin copete, «sin perder el tiempo». En su banano alcancé a leer la frase «yo no formo parte de esto».
«Y estrangulaste de a poco la sombra, y estrangularte también la luz, hasta reventar todo como muestra de afecto, incomprensible de empatía, te llenaste de quietud…Y entonces se deja de forzar, la solución a la enfermedad, ya lo han dicho desde el infierno, y eso no lo puedes controlar».
El libro completo es un viaje. Una búsqueda. Recopilación de material de un año de producción multidisciplinaria.
«Alma imaginaria», escrita como una sombra. «Tu otro yo». Un reflejo íntimo. «¿Quién soy yo?», interrogante que Pitu decodifica en sus páginas, plagadas de representaciones, con términos mágicos, un manejo sobre las expectativas, crónica de abrazar el fracaso, autorreconocimiento a profundidad, mirar la miseria a los ojos para un mapeo de sí mismo. «El bote de la locura». Un viaje sobre las olas, las vidas, una marea que puede ser calma y furiosa. Y de nuevo la demencia.

Pitu the kid escogió las imágenes según los personajes. Poemas en clave femenina. El personaje de Ana, como un alter desdoblado del diálogo, platónico, para pelotear hipótesis del yo con el yo. Para no tener una pálida con la nada y el todo; más que mal, es la idea, el encantamiento del trabajo de sombras.
Escrito con escenas cinematográficas, «un guion con tensión dramática». Pitu se apoyó en su amplia experiencia audiovisual para entregar un relato, sí, cierto: surrealista. Una invitación a imaginar.
Y se viene la película.
«Después me voy a matar», dice. Y yo me río.
«Me despido nuevamente hasta encontrarme,
subir el cerro de conchas,
para luego bajar.
*
Curtir hacia lo venidero,
solo importa,
unirme una y otra vez más.
*
Las que sean necesarias».
Tiene el cabello largo. Es enérgico, y se mueve mucho. Lo vi tocar y cantar con su banda. Histriónico. ¿Cómo alguien llega a estudiar tanta weá? Con pasión. «Y muchas ganas». Le da importancia al desarrollo, «luchar por los sueños». Vivir acorde a lo que nos apasiona, alimentarse de lo que deseamos. Como las brujas y el «vivir deliciosamente».
Y bueno… ¿Quién es Pitu the kid? No sé, lean el libro y díganme ustedes.
(*) Fotos de Kika Francisca González.

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