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Crónicas

Nostalgia, conmemoración y patrimonio «no mundano»: cavilaciones a partir de los nuevos paraderos de La Cruz

Con botella de agua en mano nos dirigimos a la comuna de La Cruz, donde por iniciativa municipal y dentro del hermoseo de los espacios públicos se despliegan nuevos paraderos con registros fotográficos patrimoniales y fragmentos de escritores locales.

Con Paloma ML

Renovación desde el 10 al 27, formando un total de cuarenta paraderos reactivados. La pérdida de costumbre de adentrarme al cemento crucino, me imposibilita de llegar hasta el paradero 27; aguanté hasta el 20. Entre los «y medio» se yerguen a izquierda y derecha estas casitas de metal pintadas de verde paltoso.

El debut de los nuevos paraderos en las redes sociales de la Ilustre Municipalidad crucina, y mi intruseo a voz bajita en el mesón de informaciones vacío del edificio consistorial, reafirman que esta intervención urbana se emplaza como un hito histórico-cultural que busca rescatar y/o destacar el valor patrimonial de la ciudad.

La bienvenida a este recorrido la da una fotografía de una gran palta hass acompañada de un fragmento del texto Apuntes para una historia de La Cruz de los escritores Miguel Núñez Mercado y Roberto Silva Bijit. En esta porción de letras, se da cuenta de cómo a inicios de los años 80 los cerros de la comuna se comenzaron a poblar con una nueva variedad de paltas.

Le siguen fotografías de la antigua estación de trenes y la mítica ya extinta– Poza Cristalina. Me llama la atención una que data de los años 70, la masa de gente en sus coloridos trajes de baño transmite cierta tibieza con olor a sandía; al costado de la foto, las palabras de una dirigenta vecinal me extraen de la hipnosis melancólica: «rescatar la memoria de la Poza es traer a la vida aquello que muchos y muchas tenían guardado en un baúl de recuerdos muy apreciado», dice.

Más allá, de lleno con el blanco y negro con palabras describiendo el proyecto, no sin dejar de dar énfasis a la figura de las autoridades comunales y su incansable labor en la redención de la ciudad. Continúo con un descanso, imágenes donde por fin hallo color, rostros y menos retazos. Un fragmento –muy– estrecho de Paltarrealismo de Cristóbal Gaete, junto con la mención de «escritor crucino».

Paso de la fiesta y el fervor de la Virgen de Pocochay al equipo de fútbol femenino, que es uno de los últimos paraderos que alcanzo a tocar. Luego se reanuda su curso inicial, descubro de la mano de Benjamín Vicuña Mackenna que la comuna debe su nombre a un convento jesuita con una gran cruz que se distinguía a lo lejos. Quién lo imaginaría, al menos yo no.

Sin embargo la sutil mezcla entre esta especie de recuento histórico, remembranzas y fragmentos literarios mantienen mis ojos atiborrados por lo que debo sacarme el mareo mirando directamente hacia un terreno reseco. Ahora, y evitando ahondar descaradamente en vicisitudes como el informe meteorológico, la caminata eterna o la mala elección de calzado que me hirió ambos pies, ¿qué tal el recorrido? Entre cruzar raudamente de una calle a otra, las ganas de seguir leyendo se esfuman cada vez más rápido, llegando al punto de volverse extenuante y no puedo evitar cavilar respecto a si es confortable, llamativo, leer un párrafo de Vicuña Mackenna cada tres minutos. No niego que pueda contener provecho histórico, o que estas lecturas «casuales» ayudan a configurar el entramado cultural de una ciudad de la que no se habla demasiado (y que, por una porfía general, es casi indivisible de la existencia de las paltas), pero sumado a la poca claridad de algunas imágenes, a la a veces inexistente relación entre lo visual y lo escrito, y la confusa sucesión de acontecimientos y recuerdos, la información absorbida en las últimas horas quiere salir corriendo.

El director del periódico El Observador junto a uno de sus más insignes colaboradores escribieron el libro donde proviene la mayor parte de las citas recortadas. Acá, la imagen digitalizada por Referencias críticas de la Biblioteca Nacional, del texto en prensa que acompañó la publicación.

En una nota de prensa en la cual autoridades de la Ilustre Municipalidad de La Cruz describen y celebran la llegada de los nuevos paraderos y su agregado cultural, destaco algunos dichos del director de la Secplan de la comuna, pues establece que esta intervención «trasciende lo popular o mundanal para llegar a la cultura». Sin intención de caer en lo aburrido o pedante pero, ¿acaso la cultura no se construye con lo popular, lo mundano, lo cotidiano? Cuidando no pecar de ignorante, considero que parte de ese rescate patrimonial incluye de forma casi sustancial todo aquello que nos acompaña en nuestra cotidianidad, desde un largo callejón humedecido hasta la cantina que abre con mayor frecuencia que una escuela. Trazando ideas, quizás, existe una confusión conceptual en la cual lo popular y mundano son sinónimos de algo mal cuidado, anticuado o destartalado –esto pensándolo, a propósito de que la discusión nace a partir de la renovación, transformación, de un mobiliario público.

Más allá de esta percepción sobre el trayecto, también me pregunto qué sucede con las otras voces que no alcanzaron a tener su propio paradero. Quizás fallé en apreciar el verdadero objetivo de este despliegue, quizás mi ojo crítico alcanza hasta por ahí no más, pero lo cierto es que quedé sedienta, con una necesidad de líquido que solo podría curarse con un camión aljibe. Con esto me refiero a que, e insistiendo en que es comprensible el rescate y difusión de ciertos acontecimientos históricos, parece insuficiente y/o egoísta restringir lo que es parte o no de la composición cultural sin hacer partícipes a quienes crean esta comunidad. Importante destacar, a su vez, la historia reciente, las imágenes e imaginarios diversos que no alcanzan a llegar a los libros.

Pensándolo bien, y a riesgo de caerme a la piscina de la contradicción, capaz que mi mirada playanchina, ajena hace demasiado tiempo a la noción de comunidad entendida allá en La Cruz, sea la culpable de esta incomodidad o falta de un mayor interés. Sea como sea, mientras hacía mi peregrinaje por cada una de esas estructuras metálicas, noté que las imágenes y textos parecían invisibles a los ojos de los que esperaban locomoción, ¿será la costumbre, el cansancio o el aburrimiento?

(*) Ilustración de Vladimir Morgado.

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