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Reportajes

Letras en la Pantalla

La vida y obra de escritores nacionales se toman el audiovisual en dos producciones realizadas desde la Quinta Región.

Por Christian Le-Cerf León

Qué duda cabe, diría más de alguno, sobre lo que podría ser una verdad absoluta. De relaciones exitosas hay bastantes en el mundo, y cada cual más fructífera que la anterior; pero la unión del cine y la literatura podría ser de las más sólidas que podamos mencionar. Es que desde que la palabra hablada encontró su resguardo en la escritura para subsistir en el tiempo, fue convertida en manuscrito, devino en libro, y de ahí, a la imagen, bastó solo un destello.

A finales del siglo XIX, la aparición del cinematógrafo provocó una revolución en el campo de las artes, englobando en su vientre a las distintas disciplinas existentes para su concreción. La literatura, dentro de todas las expresiones, se volvió el combustible para muchas de las obras que han visto la luz durante la historia del cine, siendo varias consideradas verdaderos clásicos del séptimo arte. Quizás el ejemplo más claro y famoso es The Godfather (1972), cinta de Francis Ford Coppola, basada en el texto del mismo nombre (1969) de Mario Puzo, considerada por la crítica en general como una de las grandes películas de todos los tiempos, si no la mejor que haya existido. O incluso, saltando al universo de las series, todo lo que ocurrió con la saga de libros fantásticos Canción de Hielo y Fuego (1996-Actualidad), de George R.R. Martin, adaptada por HBO en la producción Game of Thrones (2011-2019), que generó un impacto mundial, volviéndose ya un referente de la cultura popular.

Pero no solo los libros han tendido un puente entre la literatura y el cine. Con el tiempo, la vida de varios escritores, e incluso el proceso de creación de algunas de sus obras, han sido llevadas a la pantalla grande, ya sea como ficción o como documental. Ahora, quienes suelen estar detrás de la prosa son convertidos en personajes y, casi irónicamente, estas cintas a veces se encuentran basadas en textos biográficos sobre ellos. Los hacedores de escritura, vueltos en letras, se desdoblan en la imagen en movimiento.

Es así como en estos tiempos ya es imposible contabilizar cuántas cintas basadas en libros o relacionadas con la literatura existen en el mundo. Pero en nuestro país, cuya industria aún no se encuentra del todo desarrollada, y nuestro volumen de producción permite que le echemos un vistazo certero a los proyectos que van apareciendo cada año, hemos recalado en dos producciones de la quinta región que merecen ser revisadas por su cercanía con el mundo de las letras chilenas.

Los muertos más vivos que he leído

Por Valparaíso han pasado tantos escritores y por largo tiempo, que es imposible no pensar esta ciudad sin tomar en cuenta sus textos. Por eso no es de extrañar que Cronistas, serie de ficción estrenada en 2015, y cuya segunda temporada apareció el año pasado, haya tomado como punto de partida a la Ciudad Puerto. Esta producción, de la mano de Sinóptico Audiovisual y financiada por el Fondo de Fomento del Libro, une en un tiempo presente a escritores actuales con las voces del pasado, que aún pululan en los callejones del plan y los cerros de Valpo.

La serie, en su primera entrega, sigue a Eloísa (Daniela Alcaide), una tesista de Literatura cuyo tema es estudiar la visión entregada por los diversos escritores que han pasado por el puerto, en lo que ella denomina Cronicología de Valparaíso. Es así como empieza a perderse por las calles de la ciudad y a encontrarse con fantasmas que, al parecer, no quieren dejar esta tierra. De manera simultánea, es constantemente acechada por el arquetipo universitario detestable por obligación; aquel profesor que pretende utilizar su malogrado encanto para conseguir algo más que una simple amistad con ella.

Claudio Díaz (Joaquín Edwards Bello) y Daniela Alcaide (Eloísa Rodríguez) en plaza Victoria.

Así van apareciendo nombres importantes dentro de la literatura de Valparaíso, como Carlos Pezoa Véliz, Joaquín Edwards Bello, Rubén Darío, hasta las actuales Ana María del Río o Natalia Berbelagua. Pero ausencias hay, y quizás la más notoria es la del, hoy por hoy, cuestionado Pablo Neruda. Lucía Pérez, una de las creadoras de la serie y su directora, cuenta que dentro del enfoque que querían darle a la producción habían varios factores que considerar: primero abarcar una larga cantidad de años; no seguir el canon académico actual y darle cabida a la literatura independiente; incluir escritoras mujeres que, usualmente, quedan relegadas en un segundo plano; y darle mayor prioridad a la prosa.

“Con esos criterios llegamos a esta curatoría de 16 escritores, que no fue fácil, porque en la investigación por lo menos habían treinta. Y en algún momento fue una discusión ardua el decidir cuál dejamos afuera, porque estos son los importantes, pero había otros criterios. Era importante incluir mujeres, en esa discusión se decidieron esos 16 escritores”, comenta Pérez, quien además agrega que “nos interesaba darle enfoque a la prosa, y tratamos de alejarnos de esas grandes figuras que sentíamos que están demasiado reconocidas. Todos sabemos que Neruda pasó por Valparaíso, no hay ni que decirlo. Tratamos de ir un poco por esos menos conocidos”. Esta selección, además, provocó la aparición del sitio web Ciudad en Letras, donde se consignan la totalidad de los autores investigados para esta entrega, incluyendo los que quedaron fuera de la serie.

En la segunda temporada cambiamos de locación y de protagonista. Eloísa cede su lugar a Manuel, un reportero gráfico que empieza a trabajar en una revista literaria y cuyo primer tema es reportear acerca de la literatura que existe sobre el Río Mapocho. Es aquí donde los fantasmas vuelven a aparecer, y el personaje interpretado por Daniel Álvarez, se deja llevar por los consejos de Alfredo Gómez Morel o Luis Rivano. El hecho de que trabaje en un medio dedicado a las letras nos permite, además, salir de Santiago e ir tras la pista de Alfonso Alcalde, a Tomé, o regresar a la quinta región, donde tiene un fatal encuentro con María Luisa Bombal.

Un acierto de esta segunda temporada es la inclusión de varios autores vivos, a los cuales Manuel entrevista, otorgándonos así la posibilidad de comprender, de manera más teórica, el aporte hecho por estos espectros literatos a la escritura nacional. Nona Fernández, Cristián Geisse y Darwin Rodríguez son algunos de los nombres que engrosan la lista de apariciones especiales de esta parte, y que logran dar con el tono necesario para hacer más que creíbles sus participaciones en esta ficción.

Daniel Álvarez (Manuel), Katty Kowaleczko (Editora) y la directora Lucía Pérez.

La serie en general propone una revisión de autores bastante interesante, ya que al presentarlos como personajes, mostrando sus características, hace que más de alguno nos llame la atención para investigarlo por nuestra cuenta. Dicho sea de paso, la inclusión de algunos fragmentos de los textos de estos autores, tanto como diálogos o como recreaciones en los distintos capítulos, permite que se obtenga una muestra de la pluma de cada uno de ellos, generando así que los tiempos se trastoquen: entramos y salimos de un mundo a otro sin darnos cuenta, permitiendo que la línea de la realidad se vuelva tan delgada, que pareciera no estar ahí. A simple vista, se siente que la segunda temporada está más lograda que la primera, heredado por la experiencia previa de rodar un proyecto como este. Dentro del apartado artístico, la música cobra relevancia frente a lo demás, puesto que acompaña de buena manera a la serie, generando la atmósfera necesaria para la carga dramática de cada escena.

Una mierda envuelta en poesía

No fueron tomados en cuenta en su tiempo. Al contrario, el canon de esos años decidió relegarlos quizás por sus orígenes, o por su tipo de prosa, a los márgenes de la escritura nacional, pero la realidad es que, hoy en día, estos escritores, denominados Clásicos de la Miseria, están viviendo una segunda vida. Es así como Armando Méndez Carrasco, Alfredo Gómez Morel, Luis Cornejo y Luis “Paco” Rivano, conforman la tetralogía de capítulos que constituye Marginales, serie documental estrenada este año y producida por Dereojo Comunicaciones.

Para Juan Luis Tamayo, director de la serie, y Christian Morales, guionista, estos autores cobran total relevancia en los tiempos actuales, puesto que según su visión, los temas que tocan en su producción literaria no han desaparecido. “Esto ha pasado siempre, las instituciones no se están cayendo ahora, siempre se han estado cayendo. El desplome ha sido constante”, señala Tamayo respecto a la representación que hay sobre la familia, la Iglesia Católica o el bajo mundo en las páginas de estos escritores, los cuales encuentran eco en la crisis actual del catolicismo en Chile o las múltiples denuncias en contra del SENAME.

Marginales propone un lenguaje similar a si fuera un libro, ya que utiliza códigos propios de la literatura para dar inicio a esta relectura de los autores mencionados. Es así que, más allá de estar divida en cuatro capítulos, uno por cada escritor, también posee un prefacio, un prólogo y hasta un epílogo. Este material adicional es bastante acertado a la hora de explicar la evolución histórica de este tipo de escritura, partiendo por una contextualización sobre qué es el bajo pueblo, con las entrevistas a Waldo Rojas y Gabriel Salazar, que es el mundo donde se desarrolla la vida de estos narradores y de sus textos; la inclusión de Juan Godoy como un precedente que visibilizaba estos temas, con sus textos Angurrientos o Sangre de Murciélago; y dejando en el final la actual producción literaria de Mario Silva, quién sigue trabajando y dándole continuidad a estas historias.

Las entrevistas abundan pero, al mismo tiempo, no cansan al espectador, puesto que la utilización del material de archivo da un respiro a lo que se está viendo, ya que logran evocar el universo que se está relatando. “Estaba la intención, y siempre estuvo, de no transformar la serie en cabezas parlantes. Era generar la atmósfera de cada uno de los autores, por eso que hay montón de partes que están dramatizados algunos textos, no de manera puntual, pero sí de manera recurrente. Retratar un poco el mundo, por eso que tiene harta ficción de alguna manera”, comenta Morales, sobre la recreación de los pasajes más significativos de la obra de cada autor.

Nota aparte merece el tercer capítulo de esta producción, enfocado en la figura de Luis Cornejo. Una bomba lacrimógena, y de las buenas. Es quizás la secuencia más emotiva y mejor desarrollada de las cuatro, puesto que en ella se logra desnudar completamente a la figura de Cornejo. El testimonio de sus familiares y la utilización de material propio del escritor, además de los antecedentes de su variada obra artística y los efectos de una decisión, quizás, mal tomada, hacen que la rebeldía y la sobrevivencia afloren, sobre todo, en los últimos tramos del episodio.

Esta serie funciona, más que como una producción audiovisual, como un archivo que recoge y perpetúa las vidas de estos escritores, dándoles un lugar dentro del imaginario literario criollo. Si bien sabemos que dentro de los investigadores de las letras se conocen, se estudian y se levantan estudios sobre ellos, el lector común se pierde la posibilidad de adentrarse en una realidad que ha sido ocultada bajo la alfombra del discurso oficial, por no decir nacional, de un país que finge estar bien.

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