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Crónicas

A orillas del mar

Claudio Bertoni, Juan Luis Martínez, Cecilia Vicuña, Ennio Moltedo, Pascal Quignard y Raúl Zurita son algunas de las claves tácitas de este texto y territorio.

Por Pablo Jara

Kon-kon

La piedra indica la fecha: 1541. En la ribera norte domina el Mauco, con su pucará en la cima, y desde la altura se ve la abertura del valle hasta las laderas del cordón cordillerano que cobija esa gran montaña que es el Aconcagua. Hacia el sur toda la bahía. Laguna Verde aparece tras Playa Ancha. María Graham la describe como un puerto menor al lado de Valparaíso, con un pequeño muelle con maquinarías para laminar cobre en la desembocadura del río, impresión desagradable que dejó registrada en sus diarios. Muchos años después, justo ahí, en la desembocadura del río Aconcagua, la refinería de petróleo sigue generando hastío y disgusto, con sus torres de fuego y su luminaria que no se apaga.  

Las Carabelas

Fue en una 602 la primera vez que hablé con un poeta. Iba con Dánae. Ella trabajaba en un café de Viña del Mar. Todos los domingos, él aparecía. Se sentaba siempre en la misma mesa, junto a la ventana que da a la calle Libertad, y escribía toda la mañana. Nos gustaban sus poemas; nos reíamos con ellos. Su cotidianidad era nuestra cotidianidad. Sigue siendo maravilloso encontrarse con un trozo de palta entre las hojas de lechuga. Cuando vio a Dánae se vino a sentar con nosotros, en los últimos asientos de la micro. Hablamos de los años setenta. Del tiempo de la UNCTAD III y toda la gente que se reunía en ese espacio, de la efervescencia de la UP, de Fusión, el grupo de jazz-rock al que perteneció y que alguna vez tocó en el Estadio Chile, del golpe, de sus años en Inglaterra. También de cómo estaba cambiando Concón. Cada vez más edificios, más cemento, más semáforos y supermercados. Siempre llevaba una bufanda roja amarrada al cuello, aun en los días de sol. Concón sigue siendo tranquilo, nos dijo. En diez minutos estoy al lado del mar. Se bajó en el paradero de la Oasis y camino hasta Las Carabelas, y nosotros continuamos el recorrido hasta Manantiales.

A orillas del mar

Las calles de tierra desembocan en el mar. La costa se abre al Pacífico. Un francés escribió: «Hay una pulsación temporal propia al inconsciente que está en el límite del movimiento de la mar en el momento en que súbitamente se rompe el avance de su ola». Esa ola que muere en Playa Negra. o en La Boca. o en Los Lilenes. El influjo del mar cruza todas las épocas. Pulsa escrituras. Valparaíso se trasformó en puerto y el mar quedó relegado como telón de fondo. En el otro extremo de la bahía se ven los barcos de carga. Concón todavía convive con el mar. «Frente al mar he visto cosas poco comunes; por ejemplo, en pleno invierno, un alcatraz gigante, parado en medio de la playa, solo, y con los brazos cruzados sobre el pecho.»       

Una máquina de escribir, cuatro manos

La casa estaba ubicada en el sector de Los Romeros. Allí vivían todos juntos a inicios de los setenta. De fondo, el sonido del mar rompiendo y entrando por la ventana. Una aventura poética cobijada por la localidad costera. Demasiado cerca de Valparaíso, opacada por la tradición del puerto principal, por las escrituras que recorren los cerros, que bajan al plan. Aunque nunca hablaron precisamente de Concón, allí trabajaron en sus poéticas. Algo debe haber calado. La forma de una playa, el nombre de una calle, el olor a brisa marina, quizá la misma casa en donde convivían. En la portada del primer libro aparece la casa, una casa, y de fondo un río o una desembocadura. «La casa que construiremos mañana/ ya está en el pasado y no existe». «Chile no encontró un solo justo en/ sus playas apedreados nadie pudo/ lavarse las manos de estas heridas».

Lo precario

Vio las basuras arrojadas por el océano en una playa de Concón, allá por el año 1966. Sobre la arena, se dispuso a ordenarlas, entregándoles un sentido; un diálogo con los elementos, con el cielo, la tierra, el mar y los deshechos. Empezó a recoger las basuritas de la playa; observándolas, ha ido rastreando una transformación en ellas. Lo orgánico ha ido desapareciendo, mientras que el plástico, basuras químicas y tóxicas, flotan a la deriva y terminan en la arena. En esa acumulación habita lo precario, que desaparece tras las olas. Después vinieron otras ciudades, otras geografías por descubrir, pero el influjo del pueblo costero no desapareció. Grabó un documental de Concón en el año 2010, difícil de encontrar en internet. «El Quilama dice: la mar es mujer, la mar es viva, la mar está con la regla». Su canto se eleva como un ritual. Viaja con las aves. Se agita con el viento.   

La transformación

El cemento se come la tierra. Ahora hay mansiones en la parte este, separadas por una larga pandereta de la Villa Primavera. El muro divide clases sociales. De las dunas va quedando poco. Edificios gigantes se emplazan a su alrededor, cercándola. Incluso por el camino de la costa se puede ver una gran mole gris empotrada en la ladera de la duna principal. Segundas residencias para los santiaguinos con plata, departamentos de veraneo frente al mar. En los humedales contaminados todavía se ven garzas. La expansión inmobiliaria se ha desatado y no hay marcha atrás. El quiebre con la naturaleza se aprecia a simple vista. La micro llega hasta la rotonda, da una vuelta en círculo y toma el camino costero. Camiones con bateas cargados de arena transitan veloces en ambas direcciones. En la caleta Higuerillas San Pedro todavía mira estoico el horizonte, entre pelicanos y gaviotas, desteñido por la sal. Un poco más allá, el hotel abandonado que quedó a medio construir sobre una roca justo al frente del mar.    

*Ilustración de Vladimir Morgado.