Por Diego Armijo
Recuerdo haberla visto, primera oportunidad, escuchado, en una lectura en el bar La Playa, organizada por la poeta Carmen Avendaño. El incómodo local, ratas entre las botellas de copete, aceite mugroso tiñendo empanadas, malas gestiones, se repletó para escuchar la lectura de las poetas. Florencia entre ellas, una silla más, pero fue su voz, aquella que tejía sus textos, la que más me intrigó.
Busqué alguno de sus libros, y ubicado en Valparaíso, en un feria de libro, encontré La velocidad de la caída (Inubicalistas, 2015). Muchas veces había pasado cerca de aquel, pero sin la presencia de esa voz lánguida pero con baches de rubor, que escuché, no me habría detenido. Pude ubicarme en su poética,
“al mutismo de su boca/ que lo llama estrangulada”.
Meses a distancia de la lectura, durante otra feria de libro, se presentan Estética del tajo (Pez espiral, 2017) —suerte de obra reunida donde se ubican El margen del cuerpo, La ciudad no y La velocidad de la caída— y Estudios sobre la distancia (Pez espiral, 2018) —nuevo libro—. Otra vez La Playa.
Aquí el absurdo de lanzar un libro cuando nadie quiere nada con letras ahí. Que Matías Ávalos —poeta, padre y crítico argentino avecindado en Valpo— abanica sus hojas de presentación y en la barra, en su nuca, un borracho que le pone comentarios al borde a lo que, subiendo la voz, Matías intenta comunicar, continuar. Que en el segundo piso —con terraza— de este pútrido local, dos meseros afectados por las protestas de los portuarios, ya pasados de botellas, gritan que lo que el presentador levanta es mentira. ¡Es mentira! Que el borracho de la barra intenta derramar su vaso sobre la cabeza del que habla, ya finalizando.
A su lado Florencia Smiths.

Más allá está el mar, pero ni ojos, ni nariz, ni cuerpo, ni orejas, sienten, ven, huelen, escuchan, saborean nada. Todos encerrados ahí, intentando levantar la poesía. Muy cansado escucho, veo la situación, pegado a una mesa compartida con Marcelo Mellado, sin saber qué hacer, pensando en el interior de Florencia, sus ojos ocultos por lentes, su inquietud estática. Al fin, cuando lee, persistiendo las interrupciones, logramos concentrar oído, vuelvo a escucharla.
Esos mismos días de feria, el último, en el departamento de un amigo en común, Cristóbal Gaete, cuya terraza encajonada por las paredes de los edificios vecinos, volvían oscuro el ambiente por cada lata, botella, menos. Ahí la presencia de Florencia con una luminaria propia.
Le cuento, aunque debería guardar, que amigos me dijeron que su fraseo, en la lectura que me ha seguido meses, al mostrar sus poemas, les pareció fome. Me alejo de aquella palabra diciendo que a mí no, que fue el acto de entre las poetas que más sentí. Hay un dejo de decepción, pero habla del espacio, de lo difícil de levantar la voz ahí.
Se me pasa por la mente, el video de su presentación en el Festival Poesía y Música del año 2018. Ahí trozos de poemas de su libro La ciudad no (Economías de guerra, 2009) son acompañados de una banda y expresiones visuales a la espalda de Florencia. Es un ritmo acelerado, como de corazón en tormento, lo que encajona el fraseo que Florencia, que con irritación en la voz, conteniendo un gesto de ladrido, hace táctil el horror de decir.
La ciudad no, gran gesto de acumular voces de un territorio —San Antonio, centro de tortura Tejas Verdes—, al acodar los cuerpos femeninos vejados, sus nombres, voces, recorridos a pie, he intentar asir el dolor. De ahí, quizás, esa voz de su lectura, que da escozor.
Entonces se ubica el entendimiento de Florencia en San Antonio, donde las casas de su infancia son de madera barnizada por el tiempo del viento marino y donde su articulada fisonomía señorial, ya cubierta de diversas hierbas, evidencia un tono de desgaste. Desde alguna de las habitaciones que componen esos edificios del recuerdo, Florencia, ya como una mancha difícil de borrar, encuentra que el mar siempre estuvo ahí. Cercanas, en San Antonio —ciudad pobre y poco elegante, desde su voz—, las pequeñas maniobras del puerto, las gaviotas vecinas y el ajetreo calmo del mar. Los ojos nuevos de Florencia, que en su infancia acostumbraban ver las puestas de sol desde la población Capitán Orella, en el sector de Barrancas, aún perciben sombras. Esa ventana ubicada con el regalo de aquel sol desapareciendo, esas muchas ventanas vecinas, fue proyecto, sueño, entregado en los años de Allende y eso también es una marca.
Su educación en letras se la debe a la caligrafía, eso de dibujar letras —mapas del momento, dirá— que fue su dedicado primer acercamiento, experiencia bella, a la constitución del lenguaje, al armado, ya después, de un poema. Aquello en un colegio de monjas, amplio espacio en la sala, ventanales con vista al mar.
“Recuerdo esa sala gigante abrirse cuando una compañera llegó con la foto que había salido en el diario, sobre la muerte de mi padre” —de su blog.
Es por medio de poemas en prosa que aquellas experiencias, el acercamiento a las líneas que arman el lenguaje y la muerte, logran explorar en el aturdimiento de ir aprendiendo, aún aferrada a “manos difuntas”.
Aquello en su primer libro, El margen del cuerpo (Fuga, 2008).
Su existencia desde el inicio en San Antonio, pero yendo a buscar la felicidad a otros lugares —que se equivocó, dice—: Santiago, Valparaíso, Viña del Mar. Encontrando hambre y frío. Un frío distinto al cercano a su bahía habitacional, uno vinculado a imágenes de grieta. Ratones en el techo de su cuarto rondando consumir las sobras de lo poco que ella. Soledad, aunque acompañada de alimañas, tan apegada a las paredes que los desprendimiento de la pintura iban pareciéndose a su piel que juntaba tatuajes, como único espíritu personal entre tanto espacio ajeno y húmedo.

Volviendo a las experiencias de lectura y lanzamientos, decir que al final de la noche literaria se terminó en Morgana. Ya no importa si alguien leyó, ni los aplausos. Quizá sonó algo cantado por Morrissey. Digo, apelando al chiste fácil y fome del vinculo de su apellido con la banda del ahora devenido reaccionario inglés. Aunque también, decir, buscando un momento de lucidez en el baile. Un espacio de bodegas incomunicadas por la selección de canciones, cuyas baldosas hacen resbalar, donde Florencia baila —creo recordar— aún más convencida del espacio.
*Fotos por Kika Francisca González.
