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Perfiles

Turquesa Lila Mentolada: una transmillennial

Breve retrato de una nueva escritora que muda por (y desde) el dolor las memorias

Por Tabata Yáñez

Unos pacos al lado de la acera espían la calle, mientras que en un podio están conversando los viejos de siempre. El calor consume a un hombre de traje y ahí está ella, sobre el Jorge Farías sin brazo, sonriendo coqueta.

Los destellos del atardecer en la Echaurren: sus focos. Los transeúntes (a esta altura, ya asentados en la plaza): su público. Y ella pareciera que baila alrededor del frágil mutilado, dándonos un espectáculo. Juega, tiene energía, se pasea ligera aunque a paso firme. Segura. En los pies, unos Dr. Martens negros. Sólo alguien con ese porte le daría la actitud que merece el par de bototos.

Turquesa Lila Mentolada (1996). Oriunda de Illapel, Provincia de Choapa. Fue criada en una iglesia –más bien, en la parroquia– de la misma comuna. Su mamá trabajaba allí. Después del colegio iba para quedarse con ella hasta que finalizara su turno laboral. Detrás de la oficina de la recepción se ocultaba una biblioteca que visitaba entrando por una puerta fondeá, contará más tarde.

Ahí empezó a leer enciclopedias antiguas que la impulsaron a escribir, por ejemplo, «Hoy jugué con las flores» en un pequeño diario de vida y ahora en una obra –por el momento, a la venta sólo en formato digital– a la que titula Más allá de la jaula (De Maricas y Señoras Editorial Mutable, 2021), pronta a estrenarse en físico.

«La Turquesa, a diferencia de las otras, siguió con la misión de escribir la obra (…) No pasando por alto algunas características que esbozamos para les personajes, porque full respetuosa. Lo hizo, lo cual es del todo tierno, lindo, hermosito que una le dice a la gente cuando aprende a querer. La escribió. Pero no es tan simple como decir “y la Turquesa la escribió” (…) porque no es el objeto, no es lo escrito en sí; son y han sido las circunstancias. Si hasta las heteras escriben, po’ weona. Entonces, ningún brillo decir “y la Turquesa la escribió”», reconoció su amiga Lilit Herrera en el prólogo del libro.

–La verdad, pasaron varios años en que dejé de escribir. Después empecé a dibujar en mi cuaderno cosas que se me venían en las clases. A veces escribía letras de canciones. Cuando perdí la niñez, por decirlo de cierta forma, dejé de escribir. Al llegar a vivir acá, en Valparaíso, empecé a conocer gente como el Mati Salinas, la Rosa Alcayaga (una poeta de acá) y la Lilit Herrera, que escriben y cantan.

Turquesa no es de redactar en papel. El 2018 recién agarró un lápiz y los dedos juntaron un abanico de textos sueltos (desde canciones a poesía) que tomaron forma en lo que su amiga Lilit llamaría después «manifiesto horrorista». Del tecleo constante, hace dos años que comenzó a gestarse este libro de historias: un trabajo sobre el dolor y la memoria que no es sólo de una, dice, sino de otros, otras y otres.

–Y en este libro que sacaste, ¿hay mucho dolor?

–¡Uy!, de todo, niña. De todo el dolor que te imagines. Yo lo escribí lo más mierda posible, no mierda en el sentido de descuidado, sino que de la mierda viva que duele, que está ahí en la historia de cuántas personas. Ya no es extraño que un cola el día de hoy te cuente que el primo lo violó, que una amistad tuya te cuente que una pareja o un pinche le violó y que una corporalidad trans te cuente que una amistad la abusó. Son historias así de cotidianas porque la marginalidad y la periferia tienen la especificidad de hacer el dolor muy cotidiano.

Cuando Turquesa Mentolada habla así, nombrando el sufrimiento, equilibra sus palabras con una claridad muy precisa. No hay mejor maestro que la experiencia más amarga de una, se podría resumir.

Sentada frente a la pileta, sin ya prestarle la misma atención al Farías, sus facciones simétricas se van marcando bajo el sol y el maquillaje acentúa cada rasgo. El cabello largo y rizado, recogido un poco, se mueve al ritmo de las expresiones que utiliza para explicarse lo mejor posible. Se nota la lucidez de sus ideas.

«A la Turca la conocí en la calle, en el Boulevard Victoria, en la Plaza de Los Calzones, ahí haciendo el primer De Maricas y Señoras callejero. Llegó con todo, esa energía muy bella. Es poderosa, divertida, ocupa tantas frases de sus tierras y de su familia. Es bonito también como utiliza el lenguaje para hacer crítica, denuncia o sanación, tomando decisiones políticas. Por ejemplo, alguien puede notar en el texto que quien tiene el poder, es quien escribe el punto final. Y las personas que están siendo violentadas no escriben con punto final ni con la ortografía que exige la academia. Esas son sus decisiones políticas y poéticas», aclara otra de sus amistades, Matias Salinas, quien la acompañó en el proceso de revisión.

«En enero me empezaste a leer la obra, por teléfono, de noche. Todavía no estaba terminada. A veces me hiciste llorar, otras tu voz arrulló mi sueño. Creaste un mundo con la profundidad de quien hace un trabajo ejemplar con la memoria, adaptándola a nuestros tiempos a través de la palabra y la imaginería», escribió luego Matías en un prólogo con cariño.

Todo lo que cuenta Turquesa se trata, en realidad, de vivencias suyas, pero también de sus amistades, las habladas, de los mitos. El cruce de contextos históricos los cuenta con nombre y apellido, con fechas exactas los datos salen certeros. Desde ese «registro de la machi weye en 1628, antes con la monarquía españññññioola, por llamarlo de alguna manera, y hasta el dolor de las transmillennials», nombra. Todas historias que conoció en un lugar como en el que nos acoge, que hablan de un silencio histórico a corporalidades y no necesariamente se cuenta desde la academia.

–Eso de los maricones de Chincolco no me lo dijeron en la academia, me lo dijeron en la calle. Lo de la loca del 73 tampoco me lo enseñaron en la academia y creo que en ninguna en Chile te lo enseñan. Eso lo aprendí aquí en la calle, me lo dijeron locas, me lo dijo la gente, tan puta y tan pobre como las mismas putas y pobres que protestaron para el 73. Así como una transmillennial que no necesariamente tiene que ser una trans modelo de pasarela blanca e higienizada, sino que puede ser una de un cerro cushtre de Viña del Mar. Lo que pasa es que son contextos que hablan desde una territorialidad que intentan borrar.

Cuando una, afirma ella, viene de pueblo, la cosa es distinta. No tenía acceso a esa historia. Lo que más quería era arrancarse para ser feliz, ser una, amarse y ser amada. Valparaíso le abrió un mundo que incluía amistades y sanación. El proceso de conocerse fue difícil y lento. ¿Por qué escribir desde el dolor?

–Le dije a una amiga el otro día que a veces aprendemos de los errores, nebulosas, tormentas y a veces a cada persona le llega. Esos dolores que te hacen de cierta forma cambiar, transmutarte en distintas etapas. A mí me llegó joven, hay gente a la que le llega ahora. Cada quien hace su receta a su forma. La mía, al menos, creo, es como te la cuento. Yo lo hice a este ritmo. Y quién sabe, tal vez de aquí a diez años más voy a estar hecha mierda en una depresión horrible.

Con el tiempo se ha dado cuenta de que a una no solamente le abren puertas, sino que las abre para otras personas. De aquí a fin de año, también dice que se abre a la vida porque está tan joven y todavía le faltan tantas experiencias. Así como algunas veces quiso arrancar de su tierra, aprendió que puede volver y hacer la revolución. El «tembleque en el pueblo», corrige.

Hoy pertenece a la agrupación Tu mundo LGBTQ+ en Illapel, mientras aquí le falta sólo un poco para terminar la carrera de Psicología en la UPLA. Algo tiene muy claro: si una sabe quién es, qué quiere ser o no y qué le gusta, puede ser feliz aquí y en la Quebrá del Ají.

Fotos de Kika Francisca González

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