En el comedor de su casa, nos recibe para dialogar cotidianamente sobre su rol como registrador y la segunda edición de Café Invierno. Conversaciones con Ennio Moltedo (Editorial UV, 2023).
Por Tomás Pérez
En la pared de mi pieza hay escritas dos frases de Moltedo, borrosas ya por el tiempo. La primera pertenece a una entrevista con Montserrat Madariaga, dice:
«Si a la poesía algún destino se le ha otorgado es el de destruir el lugar común».
La segunda, de su discurso de incorporación a la Academia Chilena de la Lengua:
«No hemos predicado una subliteratura comercial ni efectista. No hemos usurpado ningún escenario a los histriones de turno».
Ambas las leí hace un par de años en la reedición de la antología Regreso al mar, también publicada por la Editorial UV, libro en el cual leí parte de la obra de Ennio. Como se siente en el tono, se percibe en la forma de enunciar las palabras, cuando leí a Moltedo hubo un acompasamiento con mis días, como una pieza de puzle que se ubica sin querer apenas llega. Incluso en su entrevista, ubicada al final del libro, y que tal vez en otro momento me saltaría, persistía esta idea de hablar en verso y ordenar las palabras en bloques tallados con sutileza.
Este año se publicó la segunda edición de Café Invierno, un libro que contiene un retrato de paseos, cafés, lecturas entre dos grandes amigos: Luis Andrés Figueroa y Ennio Moltedo. En ellas podemos volver a leer al poeta conversar, a partir de su obra, de lo que le rodea.
Conversar con el conversador
No tomo café casi nunca, pero le pido a Luis en esta ocasión, incluso entre las bebidas que me ofrece, servirme una taza. Exaltado por la cafeína escucho su ritmo calmo, con su mirada hacia el cementerio o algún detalle en el cielo cerro, enmarcado en rectángulo por sus ventanas.
De frente a la casa está el cementerio de disidentes. Ennio está por ahí, me dice Luis, mientras apunta con su mano el pasaje en donde podría encontrarlo. Años viviendo aquí y no sabía que yacía tan cerca; me prometo ir a visitarlo.

Luis nos recibe en su casa repleta de tesoros y joyas, entre ellas el collage original de Valparaíso de Allan Browne, pinturas de Germán Arestizábal, fotografías de Julia Toro en donde sale él con Teillier, libros originales de Sergio Larraín.
–¿Cómo se conocieron con Ennio Moltedo?
–A Ennio lo conocí cuando llegué a la Universidad Católica de Valparaíso en el año 78’, donde él trabajaba. Ennio había creado la colección Cruz del sur de poesía con Allan Browne, que, entre otros, tenía su libro Mi tiempo, y también tenía editado el libro Para un pueblo fantasma de Jorge Teillier. A partir de eso conocí a Ennio, y me ayudó a buscar libros de Teillier, porque yo hice la memoria de Teillier. Ahí empezamos a conocernos, y después nos hicimos amigos, con Allan también.
–Si bien algo queda escrito en el prólogo, ¿cómo fue para ti acercarte a Ennio en esa época de tu vida, terminando tus estudios?
–Yo creo que era una especie de juego y elaboración que nos dio confianza, él tenía la edad que yo tengo ahora, y yo en ese tiempo estaba más o menos entre la treintena, entonces había ahí treinta años de diferencia. En parte es bien hermoso porque esa generación, la generación Peneca, de Tellier, de Ennio, de Allan Browne, de Germán Arestizábal, era una generación de mucha amistad. Yo creo que nosotros conectamos muy bien subterráneamente con esa generación; para esa generación entre El Peneca y el Mampato, la amistad era muy importante, es muy importante.
–Así surgen las entrevistas.
–Cuando ya con Ennio nos conocíamos mejor, un día le propuse conversar; más que entrevistarlo, más que dialogar: conversar. Era un registro de conversaciones, de café, de su taller, de su oficina, a veces en su casa, a veces en cafés de Viña, a veces en cafés de Valparaíso que tenían esa característica, o sea, prendíamos la grabadora, y pues comenzábamos a conversar.
–¿Cómo fue el proceso de selección del texto?
–Una gran amiga nos transcribió eso, y lo corregimos, pero se mantuvo bastante fiel. Porque Ennio tenía una virtud, que era muy preciso cuando conversaba, era muy parco. Prácticamente el ritmo, las palabras, la transcripción, yo creo que para Fabiola González fue, no digo fácil, porque era larga, pero fue muy precisa.
–En la entrevista de Montserrat Madariaga también había notado el tono que mencionas de Ennio.
–Pasa con el registro de la conversación, que no son entrevistas, tampoco son como los diálogos de Platón, que se da porque creo que la poesía es un diálogo que parece un monólogo. En la poesía tú siempre hablas con otra voz. Lo decía Machado muy bien: hablo con el hombre que va conmigo. La poesía es esa otra voz que uno capta. Por eso yo creo la atracción por poder conversar con otros u otras. Porque conversar significa compartir versos, ¿no? Con-versar, que va y viene.
–Tenían muchas conversaciones.
–Eso tenían: eran grandes conversadores, tenían tiempo para conversar, eso es lo bonito. Podías estar un día conversando. Y tiene que ver mucho con su poesía. Ennio tenía una capacidad de conversación mucho más precisa, mucho más clásica, cauta, pero de repente en esa conversación te estaba hablando de otra cosa.
–¿Cómo así?
–Era curioso, porque a Ennio le gustaba hablar de cosas muy prosaicas. De repente se ponía a hablar de un modelo de automóvil, del diseño de la mesa en que estábamos sentados, de las fachadas de las casas. Pero, de pronto, te dabas cuenta de que pasaba para el otro lado: era eso tan real que dejaba de ser real. Como Concreto azul: es como el mar, pero a la vez puede ser un cubo azul. Era un poeta muy hiperrealista y surreal al mismo tiempo.
La generación Peneca
Aparece naturalmente la figura de Teillier en las respuestas de Luis, con quien trabajó cercanamente y del cual ha publicado varios trabajos, el más reciente en 2021. Entre Teillier y compañía aparece el trabajo literario de generaciones actuales.
«Alguna vez me contó Ennio que, cuando él ganó el premio municipal de Santiago con el libro Cuidadores, Teillier dirigía una revista, y Ennio me dijo que lo había invitado a publicar ahí. Me dijo, riéndose, que le respondió a Teillier que él no publicaba en revistas. Y Teillier le dijo: bueno, si no quieres publicar en mi revista, le dijo, está muy bien. Desde ese tiempo, cuando hablaba de Ennio, le decía Ennio Moletto, que era una fábrica de calcetines».
Es de los pocos entrevistados que se ríe en carcajada cuando cuenta estas anécdotas, con una alegría tan genuina que contagia y dan ganas de reír con él. Su tez se torna colorada y recuerda como si fuera ayer. Me cuenta después cómo Moltedo influyó en cambiar el título de Para un pueblo fantasma, que en principio se iba a llamar Segundo Aire.
«Lo corrigió, le hizo una observación y él la tomó. Ahí se prueba que eran grandes amigos, aunque se veían muy poco. Pero eran de una generación en que la amistad, el nosotros era muy importante».
–¿Tú actualmente sigues concurriendo a cafés?
–Me gustan los cafés, y me gustan los bares también. Con Teillier conocimos muchos bares, y con Ennio muchos cafés. Bueno, Teillier también iba a cafés, y Ennio tenía el bar en la casa [ríe]. Esa sería la diferencia entre los dos, Ennio no era mucho de bares. Teillier era de bar, de bar de tarde, de bar tranquilo. La media tarde, esa hora de nadie, era la hora nuestra.

–Has tenido el placer de conversar con los escritores que te gustaban.
–Sí, claro. Yo diría que es una transmisión, ¿ah? O sea, va a pasar siempre, de distintas maneras. Es pura afinidad, yo creo que uno puede encontrarse con las personas que admira. Es algo muy, muy curioso. Creo que en ese tiempo pasó eso, y uno estaba con las antenitas muy abiertas desde el liceo.
–¿Cuál es tu lectura sobre las generaciones más jóvenes?
–Mi impresión es que las generaciones se conectan, es como una trenza, o como los delfines, cuando se sumergen y aparecen de nuevo. El mundo se trenza. Creo yo que esto se está conectando, ahora, es un tema con el dilema de la sobrevivencia de la especie, que yo creo que hace temblar las cosas. Ellos [la generación Peneca] lo tuvieron con la bomba atómica, el que el mundo se podía acabar. Y resulta que ahora de nuevo hay una intuición de que el mundo se podría acabar, de otra manera. Mi hija, sus amigos y amigas, ahora están recuperando la presencia, necesitan estar con otros seres humanos, más que con la pantalla; está volviendo algo. Captan que solamente tienen al ser humano en este planeta, y los animales, las plantas.
*
En la proximidad de su casa, Luis nos regala un libro a mí y a Kika. A ella el libro de conversaciones con Teillier, a mí la primera edición de Café Invierno, del que quedan contadas copias. Anota Luis en la primera página:
«A Tomás,
este libro de conversaciones y generaciones abiertas.
Con Amistad.»
(*) Fotos de Kika Francisca González.

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