Pacto en el Mayaca (Lugar de palabras, 2023), la segunda novela de Ivo Herrera Ávila, presenta una ecuación entre vestigio arqueológico, mitología, y memoria histórica, junto a la disputa por revelar la soterrada identidad del territorio.
Por Darío Tapia
El estío incrustado en el valle central unge con estirados sofocos, pero Ivo Herrera Ávila me recibe sonriente. Pacto en el Mayaca, la más reciente novela del actor, dramaturgo y escritor quillotano, transcurre en este exacto lugar, pero en el año 1955. De su experiencia de dos décadas sobre escenarios escudriñando los lindes de la dramaturgia, extrae la nociones virtuosas y fértiles que la escritura demanda, para componer una articulación literaria de contundentes reversos. El hallazgo de un asentamiento mortuorio indígena en los cimientos del estadio de Quillota, propicia un tironeo sobrenatural entre las potestades municipales y sus símiles eclesiásticas, igual de dolosas, pero más oscuras.
Como artefacto literario, Pacto en el Mayaca, es deferente en su trato con los personajes históricos, y nítido en edificar personajes ficticios más cercanos al símbolo, como vehículos afinados para trasportar lecturas sobre la trastocada moral eclesial, el lacerado rol de la mujer de provincia, el desdén del habitante encogido entre estructuras ajenas a su discernimiento, y las culturas originales al territorio. Estos personajes proyectan una Quillota inédita, un diagrama convulsionado que emerge primero, desde la pugna por los vestigios mortuorios, y en segunda instancia, por la discusión sobre cómo generar una referencia de sí misma, cuando el territorio físico y metafísico lo reclaman perspectivas tan profundamente disonantes y contradictorias, pero equivalentes en sus ansias de arraigo.
La disputa por la identidad es la constante que impregna y tironea los recovecos de la novela, hallando una vía de descompresión, un sedante que alivia los síntomas, en la utilización de entes extraídos desde la religión católica, las culturas originales precolombinas, y universos ilegibles por nuestra comprensión. Lo extracorpóreo, aquello que evita nuestras leyes más sensatas y desordena los velos de lo real, se vuelve útil para desentrañar nuestras congojas más consentidas: el reconocimiento de nuestro territorio y nuestro acervo más significativo.
El lugar creativo de la palabra
–Luego de tu tránsito de la dramaturgia a la narrativa, ¿concibes una distinción entre esas labores?
–En teatro, me he dado la oportunidad de abordar algunas propuestas experimentales que no necesariamente llegarán a un público masivo. Obras de teatro político, montajes que buscan experimentar performáticamente ciertas nociones o temáticas de la puesta en escena, para producir una reflexión. En cambio, en la narrativa, lo que me interesa es que la palabra bien ocupada y estratégicamente elaborada en su estructura permita contar historias donde yo pueda entregar mi opinión sobre el mundo. Es distinto.

–Primero con El hombre del maletín y luego con Pacto en el Mayaca, ¿por qué has centrado tu labor narrativa en Quillota?
–Me centré en Quillota porque le encontré sentido al hecho de establecer un espacio de creación desde un territorio particular, que no fuera desde el centralismo de Santiago. Me di cuenta que prefería ser cabeza de ratón que cola de león, que es un término bien antiguo. O eres cola de león, o sea sigues a otros grandes artistas y productores que deciden lo que se hace y tú cumples con tu rol de actor, o eres cabeza de ratón, que es una producción mucho más pequeña, pero que permite tomar las decisiones y te apropia en un lugar.
–¿Por qué vislumbraste una ocasión de literatura en el hallazgo de restos arqueológicos bajo el estadio?
–Porque es un hito importante que gran parte de la población no conoce, y que además ocurrió en un espacio bastante significativo dentro de nuestra sociedad actual: el estadio, referente que da pie al vínculo con la historia.
En Quillota tenemos el cementerio indígena más grande de la zona central de Chile, y está enterrado. Para mí, es una metáfora –no tan metáfora– contundente, de cómo funciona nuestra sociedad occidental: encima de las comunidades que antes habitaban el lugar, que fueron conquistadas y avasalladas.
–Hablando de este episodio histórico y las personas reales involucradas, ¿cómo se construye la relación entre lo factual y lo ficticio?
–Partí por los personajes reales, porque para mí el personaje histórico es igual que un elemento físico del territorio. Ahora, tuve la cautela, de dejar los personajes reales hasta cierto punto de rol de intervención en la historia. Los personajes ficticios son los que llevan la opinión del autor, a favor o en contra. En la novela, la figura de la iglesia, a través de un cura recién llegado al pueblo conservador, provoca que se perpetúe el status quo. Yo propongo que en Quillota ocurren historias ocultas, plagadas con fantasía, pero que son parte del territorio.
Las creencias heredadas y las arrojadas
–Hoy en día ¿cuál es la relevancia de abordar el ámbito mitológico desde la literatura?
–Creo que es necesario que lo que se ha escrito en mitología de los diferentes territorios de Chile, durante muchos años, tenga una lectura nueva, una adaptación a los tiempos. Siento que las nuevas generaciones de lectores que están relacionados con otros tipos de productos artísticos creativos, como el cine, los cortos audiovisuales, los videos de TikTok, etc., requieren que las historias se vayan renovando en sus plataformas. Hay que buscar nuevas maneras de tocar los mismos temas que se han tocado antes, pero en un formato un poco más atrayente para los espectadores. Y porque también la mitología se va renovando con las comunidades.
–El diálogo entre el diablo y dios sobre la cumbre del cerro Mayaca, ¿qué significa abordar lo religioso en articulación con lo mitología del lugar?
–Yo siempre he sido una atormentado de la Iglesia. De chico fui muy creyente y, llegando a la adolescencia, me cuestioné un montón de cosas. Después por temas personales, cedí a cumplir con ciertos cánones eclesiásticos, casarme por la iglesia, por ejemplo. Aunque tenía muchas reflexiones propias, también entendía que pertenecía a un contexto social del que yo era parte, pero reconocí que la religión era otra forma más de mantener un control de masas.
–¿En qué sentido atormentado?
–Mi tormento –quizás estoy siendo demasiado dramático– no tiene que ver solo con un tema social, sino con algo un poco más metafísico. Hay una herencia social, mitológica, heredada en mi biología, también en mi psiquis, que de repente me remueve. Si no existe dios y no existe el diablo, ¿por qué me da miedo la soledad, la oscuridad completa, el silencio? Concluí hace mucho tiempo que, independientemente de la existencia de dios o el diablo, existe la mitología. La mitología es per se a las comunidades.

–Luego de abrir la reflexión sobre el territorio a través de la mitología, ¿crees que estamos más cerca de una concepción auténtica de aquello que nos define?
–No, porque la actual generación de niños y jóvenes ya están desparramados e imbuidos, navegando en la globalización. Y la globalización, con todo lo bueno que trae consigo, también tiene como consecuencia, en territorios que no se conocen a sí mismo, la emancipación de las culturas totalitarias. El nuevo imperialismo es la globalización, como lo planteó Zygmunt Bauman, sociólogo polaco. Entonces te encuentras con cabros que conocen más palabras en coreano, que, sobre la historia de su propia comuna, de su plaza, su población, del vecino de la esquina, de cómo se llaman las calles adonde viven.
La inquietud remanente
–Sobre ese «manto de anonimato que cae sobre los habitantes», ¿de dónde crees tú viene la indolencia y la apatía de esa sociedad descrita en el desenlace de la novela?
–Quillota es Chile, y Chile es Latinoamérica. Una pequeña historia es una gran historia, vista en ese sentido. Con pequeña historia me refiero a que ocurre en un páramo aislado, en una comunidad pequeña, pero termina siendo ejemplo de lo que es el funcionamiento social general. Y siento que, habiendo tenido la suerte de viajar por Latinoamérica, independientemente de algunas características más folclóricas de diferencia desde un país a otro, en Latinoamérica el tema es así.
Toda la literatura latinoamericana tiene el mismo trasfondo: una sociedad que es indolente a la minoría, indolente a los cambios, y que tiene un objetivo de sociedad que nunca va a alcanzar, porque no le pertenece. Y que también es falsa, porque está basada en pilares relacionados con la moral y una ética de un dios que no existe. Entonces estamos en un simulacro de sociedad constante, siento yo.
–Actualmente, una réplica de un esqueleto de un niño en el museo precolombino de Quillota, junto a piezas de cerámica y utensilios, y el estadio…
–El cementerio sigue ahí. El estadio está donde está. La gente sigue yendo a celebrar, y el tema es invisible para el 99% de la población.
–¿Esperabas generar algún cambio?
–El arte no cambia el mundo. El arte hace que nuestras existencias sean un poco menos angustiantes, considerando que conocemos la verdad de las cosas. Ayuda a reflexionar, plantear posibilidades. Un cuadro de Picasso no hizo que el mundo fuera mejor. Sí, una obra de teatro puede hacer que la gente salga con preguntas; y genere movimiento. El libro, por otro lado, es una plataforma más incómoda, porque se lanza, la gente lo compra y lo leerá cuando quiera. Yo creo que sabré con el tiempo, si la historia termina armando esa inquietud.
(*) Ilustración de Vladimir Morgado.

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