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Reseñas

Llevar la escritura en la sangre

En carne propia. Crónicas rebeldes (Bogavantes, 2023), de Guisela Parra Molina.

Por Ignacio Quezada

En el regazo de su abuela, una niña junta una a una las letras de su libro de cuentos favorito. Es un momento iniciático. «Así aprendí a leer», dice, y sentencia el inicio de una vida atravesada por la lectura, la escritura y la presencia inquietante del lenguaje, que traerá sospechas y exploraciones en torno a sus implicancias, sus formas de narrar el mundo y las esperanzas en su poder transformador. Con esta escena comienza En carne propia, de Guisela Parra Molina, un libro cuyos textos, que caminan entre el ensayo, el testimonio y la ficción, se disponen a pensar cómo opera el lenguaje y las palabras —en todas sus formas— en nuestras vidas.

Luego de leerlo invade la sensación de que no podría haber comenzado de otra manera. Y es que, valga la redundancia, parte con lo primero: con ese acercamiento a la lectura. En los textos de En carne propia todo es lectura —y escritura, posteriormente—, la decodificación de las lógicas a las que el lenguaje le ha dado forma, que ha comunicado.

Los textos están llenos de vaticinios de un futuro gobernado por conductas aprendidas e impuestas, que desde el principio encuentran la forma de manifestarse a través del lenguaje, ya sea en unas letras de bronce plasmadas frente al paradero donde tomas la micro, en los cuentos infantiles o en las enseñanzas que te dictan lxs mayores en la mesa, las mismas que escucharon decir a sus antepasados y que se siguen reproduciendo.

En estos textos, quien habla está reflexionando continuamente desde la infancia hasta una adultez que mira al pasado. Se cuestiona sobre el lenguaje, su uso y su por qué. Hay muchas veces una disonancia entre lo que es dicho y lo que es visto, o entre las palabras que rigen —en lo familiar, en lo político— y el sentir personal, que lleva a pensar que muchas veces están a favor de algo que no somos nosotrxs. Desde un comienzo pareciera que, con sus dictámenes, pero también con sus silencios, el lenguaje trajera consigo una represión que nos atraviesa y nos hará desaparecer. Sin embargo, también hay un aprendizaje que encuentra —en los dibujos animados que miramos cuando niñxs, donde se hacen patentes el juego y el sarcasmo; en los sonidos de la lengua materna en el exilio; en las palabras inventadas que se resisten a la norma, al silabario y a las imposiciones de la lengua— las herramientas con las que el lenguaje puede ser utilizado como resistencia.

«De no ser por el cuento de la costilla y la manzana pecaminosa, jamás la habrían convertido en una cenicienta».

Si En carne propia deja en claro estos matices, también plantea de frente las distinciones de género que encierran el uso de la lengua. A través de la palabra, de las primeras frases dirigidas a una niña que jamás serán dirigidas a un niño, nace una diferencia que no hará más que crecer. En estos textos esta violencia será examinada en la infancia y la vida de mujeres para las que existe un lenguaje que no es el mismo que el que rige para los hombres. Y lo que intenta demostrar es cómo esta diferencia parece advertida desde los primeros años de la conciencia. Ahí, los textos muestran que hay siempre una señal. Está en los cuentos de hadas, está en las enseñanzas de la abuela. Y para esa voz que nos llega en el libro, hay por lo tanto una sospecha, que siempre termina por ser real.

Infancias silenciosas, adolescencias acalladas, aparecen en este libro como parte de la vida de mujeres a las que el lenguaje les ha dado la espalda. Incluso, es en uno de los textos donde esta narrativa patriarcal se quiebra y da paso a una insurrección del espíritu. «Naciste del mismo barro; pero hagas lo que hagas, siempre se considerará insurrección y serás desterrada del paraíso», le dice una voz a una mujer en medio de la noche. De pronto, se entiende víctima del engaño del cuento de la costilla y la manzana pecaminosa. Entonces decide destrozarlo todo, los platos, las cortinas, los libros, las páginas de la biblia, a ella misma. Pero, dice el texto, «su boca no emite sonido alguno», como dejando claro que para ella en el lenguaje ya no se puede confiar, porque es un lenguaje que parece residir en el corazón de la violencia y que sabe a traición. Un lenguaje que, como en otro pasaje del libro, está escrito en un muro con letras gigantes y rojas donde se lee «PUTA MENTIROSA».

Que se contradice, también. Que impone lugares comunes sobre la maternidad y las dificultades de la crianza, pero que también juzga las imperfecciones de cualquier mujer y madre, como si estuviera al servicio de algo que nunca será ella.

Los textos de En carne propia, sin embargo, muestran quela labor de la sospecha radica en desarmar estas formas y encontrar nuevas que refunden las relaciones personales y construyan espacios de resistencia. Tres textos culminantes de la obra exploran las relaciones entre mujeres —de amistad, madre-hija, hija-madre— donde la palabra encierra historia y afecto, y que se materializa en esos poemas compartidos, de los que unas amigas se enamoran en la juventud; en las canciones que suenan fuerte en el tocadiscos y que la hija canta y la madre recuerda; en las palabras inventadas que la madre hereda a la hija y que ella recuerda en una última visita a su casa, luego de que ella muriera. Hay un acercamiento al lenguaje a través de la complicidad del cariño que abre otras posibilidades.

Retrato cedido por Nacho Aquea.

Es la escritura, al final, la que permite fijar, nuevamente, las cosas. «Llevar la escritura en la sangre», se lee en las primeras páginas. Y pareciera que esa urgencia, que nace desde debajo de la piel, es la que intenta dejar al descubierto en este libro esas grandes narrativas que nos gobiernan. Pero también la que permite mostrarnos lo pequeño, los detalles, esos lugares donde el lenguaje ayudó a resistir. Ser «guías en el viaje de las palabras», dice uno de los textos al referirse a la labor de la traducción, a la que se ha dedicado la autora. Así, desde la experiencia, En carne propia traduce también en algunos pasajes cosas que dan la sensación de ser tan personales que nadie más podría narrarlas y que saltan de la página con belleza. Esos momentos también vienen a recordar que aún importa qué de nosotrxs decimos, qué perpetuamos, qué pequeños espacios queremos contar a lxs demás, como en esa casa llena de ausencia que la hija visita por última vez, que guarda el recuerdo de la madre, y donde nos dice, casi imperceptiblemente: «aún está el espejo al que hay que mirarse desde un peldaño de la escalera».

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