Tres sucursales de encomiendas pintan la situación actual de la venta de libros en la región.
Por Diego Armijo
Batuco con Valparaíso
A una cuadra, torres. Departamentitos maquillados como tortas de tres leches. Se hace evidente en ellos la hora por la luz solar, consistencia que se ubica en las ventanas de los últimos pisos, lanzando rayos lupa a las hormiguitas que esperamos enviar o retirar una encomienda.
Los camiones de reparto, durante la espera en fila, llegan con regularidad de recorrido micrero. Ingresan, vehículo completo, desarmando la fila, por una puerta que se cierra, cocodrila, muy rápido, volviendo el orden, la distancia y paciencia humana.
Conformo la procesión de envíos por mi desteñido cambio de rumbo como vendedor de libros. Antes mi labor era la conversación con distancia de mesón en las ferias de libro, cuestión imposible ahora, cerradas las actividades de cercanía. Debí, pues, filtrar el discurseo a la venta por páginas sociales móviles. Es una gotera mi actividad ahora, no como la llovizna sostenida de antes.
Abre una verdulería con precios de vecino, altos; tan absurdo sería comprar ahí, pues hay un cartel que avisa la cercanía del Mercado Municipal de Viña del Mar y la feria del Estero. Se asoman, bisagras, los vecinos ya acostumbrados, espero, al uso comercial de su calle. Las casas de esta cuadra son residencias particulares y otras tienen rostro de reparticiones de piezas para obreros. Ya dispersa la fila, buscando sol o distancia para fumar, los integrantes de la cola solo parecemos un grupo de curiosos mirando un choque.
La mayoría espera de pie, consumen el adeudado desayuno, muy pendientes de sus celulares. Otros, en autos estacionados en calles cercanas, pie adentro, pie afuera. La espera del turno, vínculo del número impreso en papelito y el proyectado por la máquina de luces rojas.
Me ha tocado el 22. La cuenta del día anterior quedó en el 6, de allí inicia el ciclo. Hay compañeros de línea que, con mayor experiencia comercial, para no perder la mañana, son los primeros en la hilera y los más cargados. Bolsos matuteros o de verdura, repletos como bocas de gula. Al asomarse el conteo numérico, ellos crean embudo. Se demora en empezar la disminución de la gente acumulada afuera. Somos el resto los que perdemos la mañana.
Rawson con Pedro Montt
Me junto con el prototipo del comerciante virtual de libros, para comprarle ensayos de Waldo Rojas. Él hace la misma tradicional fila que en todas las sucursales de esta misma empresa de encomiendas, la del logo verde, más barata que la amarilla y la roja. Estamos en Valparaíso. El local está incrustado en el Terminal de buses. A diferencia de las sucursales de Viña, aquí debe permanecer la forma de la línea.
Lo encuentro sentado en lo que, levantándose y saludándome, me explica, son los paquetes de sus caseros. Volúmenes abultados que, habla, son los que él va posteando y sus clientes van sumando a sus pedidos. Al finalizar el mes, o cuando falta plata —completo yo—, este comerciante envuelve, baja de su cerro, cobra y envía.
Hay algo que no termino por entender y allí, creo, mi incertidumbre como vendedor virtual. Tiene él un desparpajo, algo que podría resumirse como “la buena vida y la poca vergüenza”, que se hace evidente cuando llegan otros compradores a retirar sus reservas, ahí, en la fila conversada que hemos armado. Saca los ejemplares de su mochila y veo que son ediciones feísimas y desgastadas, títulos desechables, autores de oferta, por los que cobra precios inflados. Esas publicaciones aparecen, sé, en cunetas y cajas de cartón que anuncian $500; vendidos allí, adornados por su página de ventas, casi a un valor ocho veces mayor.
Sé de sus cacerías por ferias. Me lo he topado en la feria Caupolicán. Estando en lo mismo, ambos, como competitivos, sin decirlo, por cierto. Aunque uno figura como presencia de vitrina, distanciado de él, un Indiana Jones de los libros usados, liquidados y de oportunidad.
Me retiro de aquella hilera, con los libros que le compré, pensando cuánto corta.
Quilpué, entre Valparaíso y Arlegui
Me cambio de sucursal viñamarina. Esta, que se ubica frente al Terminal de buses, recibe menos público pues aquí solo de hacen envíos y estos deben ser cancelados, en caso de no ser por pagar, en efectivo.
Empecé a despachar los pedidos de la editorial Kindberg, pues su editora no se encuentra en la zona.
Esperando en calle Quilpué confluyen tres filas que nunca se rozan. La primera, como tripa desprendida de la puerta trasera del Terminal de buses, cerrado ahora. No sé qué buscan dentro los que allí fuman y toman café. Esa fila nunca disminuye. La segunda es la desperdigada gente que, comprado su pasaje a Santiago la mayoría, esperan subir a los buses que se detienen, ahora, en esta calle. Han conseguido sus pasajes en una caseta que se instaló en una shopería que se ha transformado en sucursal de transportes. Ellos también fuman y su humo es interrumpido por los ayudantes de los buses que piden distancia y respeto cuando están subiendo las maletas.
Soy parte de la tercera. Ella es siempre corta, llegando hasta la entrada del estacionamiento de un pequeño —en relación a las altas torres de toda la ciudad— edificio. Se dispersa al abrirse el servicio de encomiendas, entregado un número a cada integrante, los cuales nos agrupamos, como los puntitos de un dado, cerca, pero lejos, componiendo figuras, en el patio interior del lugar, escuchando el sonido campanil que nos avisa que los turnos empiezan, y avanzamos.
Dos cajas funcionan en paralelo. Una es atendida por un señor de la edad de mi papá, aunque más canoso y con rostro cansado, que es muy lento y su estación avanza poco. La otra, que es ágil y atiende a la mayor cantidad de clientes, la regenta un cabro, moreno como tanto funcionario de servicios de encomiendas, moreno como uno.
Ingresados los libros de Kindberg para envío —y alguno mío, si se da la suerte— salgo aplicando alcohol gel, del que permite el dispensador del local. Mi mochila se siente liviana, los libros ya no son obligación.

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