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Reseñas

La rueda de Souza, reseña a Vida de Souza, de Nina Avellaneda

Avellaneda, Nina. Vida de Souza. Colección Plancton. Traza Editora: Santiago, 2020. 20 páginas.

Por Silvana González

La extravía (Editorial Ediciones del Desierto, 2015) y Heroína (Hebra Editorial, 2010) son los dos libros anteriores de Nina Avellaneda, quien aplica en ellos y también en Vida de Souza, una directa forma de abordar sus breves y a la vez existenciales narraciones. La autora, cuentista nacida en Limache, presenta aquí a Souza, un personaje sutilmente pasivo, no exento de uno de estos rasgos procedentes de la provincia, o tal vez más bien de su atmósfera, una percepción de ella que coletea en la estructura del tiempo y los objetos.

Es precisamente sobre esta atmósfera, en donde se construye una experiencia con una temporalidad que oscila en dos direcciones. En una primera, la impresión es la de un tiempo que desea subvertirse, ir hacia atrás, muy contrario a la rueda del mundo “que gira en un instante”; controversial Roda viva en que Chico Buarque aludió al tiempo como eso que arrasa y prosigue su camino. La otra directriz, es lo que avanza para congelarse, y subdividirse en dos momentos distintos. La constante referencia, tanto a canciones brasileñas de los setentas como Roda viva o Construção y también al cantante Gonzaginha, están presentes para hilvanar un relato que busca encontrar una identidad no extraviada, sino desperdigada entre un espacio íntimo y el exterior. Souza, un hombre nacido dos veces “en Recife y en Valparaíso” se espejea a sí mismo desde sus versiones paralelas dentro de aquello que flota entre ambos países. De esta forma además se enlazan las páginas del breve cuento, refractándose por medio de algunos detalles, formando dos polos invisibles, surgidos también entre frases de canciones interconectadas.

La figura de Borges, otra importante referencia, aproxima la posibilidad del temido encuentro de ambos paralelos, en donde un presente podría estar contenido en el pasado. Su cuento, El otro, figura en hechos en donde la sensación del pasar de los días camufla un espacio tangible y a la vez casi onírico “podría ser ese adormecimiento de Limache a la vez que el sopor de la Bossa-nova inmiscuyéndose tenuemente en el relato” y la autora lo acentúa a través del uso de un punto seguido constante. Utiliza ciertas frases que avanzan y se devuelven dejando en medio lo que se puede llegar a sentir como un lugar estable o quieto de la narración: como si este espacio fuese el “Billete de Dólar americano” que se entrega Borges a sí mismo en el clímax del cuento, otorgando seguridad e incertidumbre a la vez. El lenguaje por otro lado involucra a un tercero que modula las acciones del personaje, como “la rueda”, nuevamente decidiendo las consecuencias desde afuera, haciendo de esto un simbolismo de algo que también sucede en cualquier sociedad. Lo que controla las percepciones de Souza, no está en su rango de mira.

La verdad es que Souza representa una subjetividad individual dentro de su medio; un conglomerado de trabajadores aparentemente iguales. Ante la norma y el disfraz de obrero, su mirada es particular. Los concibe a todos de forma única. “Todos tan distintos, a pesar de estar envueltos en la tóxica niebla del pegamento”. La profundidad en su mirada colinda con una sensibilidad que se extrapola a buscar la estabilidad del suelo; Souza cambió la altura de los andamios de la construcción por la seguridad monotemática de cubrir perímetros de baldosas que nunca acaban, tras un quiebre en su trabajo. Así, observa la vida avanzar desde esta altura, la del piso, donde los objetos que caen desde arriba son habituales, incluyendo el cuerpo de algún obrero.

Este quiebre lo hace además buscar en los diversos rostros alguna semejanza, algún momento. Ese momento que aguarda en toda cotidianidad. La modernidad nos ha despojado  de muchas cosas, entre ellas el parentesco, la comunión; incluso ha logrado desposeernos de nosotros mismos. Por esto Vida de Souza es crítica ante la pérdida de identidad, la soledad promulgada por una era que amolda a las personas tal como las baldosas que obreros cuadran pacientemente en sus cuadrículas. La vida por fuera del ritmo  aplastante, que se reduce a veces a un camino accidentado entre el trabajo trivial y el hogar, puede ser la única instancia coherente para quien (habiéndolo perdido sin saberlo) ha perdido un sentido.

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