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Reseñas

Poesía en cuatro actos: reseña a Creo en la reencarnación porque arrastro un cansancio de siglos, de Fabián Burgos.

Burgos, Fabián. Creo en la reencarnación porque arrastro un cansancio de siglos. Ediciones Periféricas: Valparaíso, 2020. 123 páginas.

Por Pablo Jara Vásquez

Primer Acto:

La primera parte del libro se titula “El lenguaje de los pájaros es también el lenguaje humano”. Los poemas de esta sección van encabezados por las letras del alfabeto. Hay 26 poemas (no hay eñe). Los versos son largos, y es el canto manifiesto. Para decirlo todo no alcanzan las palabras: “2) Decirlo todo, hasta encontrar la médula misma del acontecimiento, que no se encuentra en el nombre, sino que en el canto”. Los pájaros como la posibilidad de comprender lo existente. Hay una reminiscencia a la antigüedad, donde los sacerdotes se comunicaban con las aves, e incluso leían el futuro en sus entrañas. La oposición es el silencio. Y no hay cabida para él. El procedimiento del abecedario recuerda Santiago Waria de Elvira Hernández. Pero mientras que Hernández deambula por la ciudad, el autor se pregunta por las palabras, y lo que ellas guardan. Las imágenes explotan frente al lector. Una explosión a veces cósmica, a veces cotidiana. Cabe preguntarse, ¿qué hay detrás del procedimiento de Burgos? Arropado en las letras del alfabeto, materia prima que construye el poema, propone el canto como un salvavidas, el lenguaje primigenio del origen frente al balbuceo: “La garganta del hombre es previa al hombre / y su grito retumba en las sienes de la galaxia”.

Segundo Acto:

“Des/e(r)Øs”. El silencio y la voz se presentan en clara oposición. Pero entra en juego el cuerpo. Un cuerpo que no quiere ser, pero que es obligado a aparecer. Se perfila en los átomos, en el asfalto, en las zapatillas colgando de los cables de luz. El cuerpo como una imposición binaria, de la cual se intenta desmarcar. Y el punto de fuga es el espacio cósmico: “el cuerpo irreconocible haciendo vibrar por completo al universo”. El poema emerge como una erupción, magmático, pero también estelar. La presencia del universo es el recordatorio de lo diminuto que somos, y de lo mezquinos que podemos llegar a ser. Las imágenes que crea están cargadas de un tono rohkiano (a pesar de que el mismo autor se desmarque más adelante, escribiendo: “Esperando que de esta pésima verborrea barroca/adjetivista/ -como de mi poesía dijeron-/se me caiga la lobotomía sobre el cemento molido”). Trata de arrancarse esa camisa de fuerza que representan las palabras, y las mira con escepticismo: “Esa es la verdadera tortura a la que nos condenó la historia,/ cuando las palabras creyeron colonizar la materia./ Por eso nunca tuvimos más que el canto”.

Tercer Acto:

“Basurita cósmica”. Es fundamental en los poemas de Burgos la mirada. Pero no solo de lo circundante, el barrio, la esquina, lo cotidiano, sino también una mirada hacia los cielos. Los filósofos de la antigüedad se preguntaron por lo que sucedía sobre sus cabezas y que no podían explicar. Al intentar desentrañar esos problemas, se fueron cuestionando también por la vida y el ser humano. Escribe el autor: “Observo el cielo con la vista oxidada/ Recuerdo que esos destellos/ que adornan el camino/ ocurrieron hace millones de años/ Me pregunto si yo/ mirado desde las galaxias seré lo mismo”. Es imposible para nosotros poder dimensionar la infinitud del universo, y todo lo que ello conlleva. La sensación es de recogimiento. Pero el autor intenta asirlo con lo que tiene a mano, las palabras (y la escritura), a través de la mirada. Porque esa es la única forma de poder acercarnos a lo desconocido.

Cuarto Acto:

“Teoría del trauma”. Algunas de las partes que conforman este libro ya han sido publicadas anteriormente en formato plaqueta. Este es un ejemplo. En el centro habita un “trauma”, una enfermedad (¿nuestra propia existencia?), que se bifurca nuevamente hacia lo extra-terrestre. Hay heridas al descubierto, objetos filosos que van rompiendo la piel. El cuerpo expuesto. Sus tejidos y entrañas. Un cáncer que crece. Cierto pesimismo se deja entrever. Pero no es solo una afección personal, sino más bien algo sintomático. Los desechos que arrastramos como humanidad: “Mi trinchera política es la extinción en masa/ El desenvolvimiento en reversa/ de toda la energía que nos dio el origen/ Ser un pequeño tajo”. Todo se reduce a escombros. Materia residual condenada a desaparecer. Y la palabra tambalea, intenta develar la realidad, pero es un acto fútil. Aun así moldea el poema, y logra colocar en el engranaje la voz, el canto, frente a la página en blanco, y el silencio que la acompaña.      

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