Se crió lectora, del campo llegó a la capital y apenas pasó a segundo año en la universidad comenzó a trabajar reporteando. Agradecida de la vida por partir leyendo libros de los que ahora vive, la editora de suplemento KU de los Diarios Regionales El Mercurio repasa aquí su carrera en prensa escrita, también fuera de ella.
Por Tabata Yáñez
Me habla por teléfono a eso de las diez de la noche mientras conduce desde algún lugar en la costa hacia Limache. Me avisa, mucho antes, que al cruzar Concón caerá la señal pero volverá a llamar. “No te preocupes”, dice como excusándose por el ajetreo inevitable que implica ser madre y periodista a la vez. Andrea Lagos (43), de tanto en tanto, trabaja cuando puede e igual de bien.
Su pasión: contar buenas historias. Su trayectoria: el The Clinic, revista Paula, Caras, el diario ABC de España, por decir algunas publicaciones. Hoy lleva en marcha otra sobre un periodista viejo, contará más adelante. Al mismo tiempo edita y rescata la industria literaria nacional en un espacio que ha mantenido por años. Y me pregunto cómo fue antes.
En una descripción tuya se lee “Soy Andrea Lagos, nacida en provincia, criada por mi mamá con tecito y pan francés”, ¿cuál provincia? ¿Ya había indicios de tu vocación periodística en ese entonces?
Fue una vida bastante rural en Talca. Mi mamá trabajaba en un hospital, me crié ahí entre enfermeras y doctores. Cuando estaba en turno me quedaba en la sala esperando y leía. Desde bien chica quise ser periodista, no me acuerdo exactamente la edad pero quería escribir. Llegaba una revista de una tarjeta de crédito al hospital, había artículos de Héctor Soto. Los reportajes eran tan increíbles, sus columnas. Decía “Oh, me encantaría trabajar en esto”. Con él pensé que se podía escribir periodismo literariamente. Nunca se me pasó por la cabeza estudiar literatura. También leía un alto de diarios viejos con los que envolvían las cervezas, las botellas de malta, cuando iba a ver a mi abuela en un pueblito al lado del lago Ranco, era la dueña del bar de allí. Entonces cuando mis hijos dicen estar aburridos, les digo que qué bueno porque es la madre de todo. Siempre me gustó la nota chica, no el titular, la noticia mínima.
¿Generaste una especie de sed provinciana que migraste a Santiago?
Cuando llegué a Santiago y fui a la U. de Chile -porque me matriculé por correo- fue la primera vez que conocí el campus. Era una escuela bastante ruinosa. Hojeé el The Clinic y dije aquí quiero estar. Un día tuve tanta suerte. Un profe de redacción que se llamaba Rafael Otano, del que yo era ayudante, me recomendó a ese diario. Empecé a trabajar en segundo año de universidad. Era bien engrupida, imprimía mis trabajos en papel craft. Era muy literaria, me creía el cuento. Era como media artista igual, no creo que haya escrito tan bien, pero le ponía color. Fue una tremenda oportunidad, era una mocosa que no tenía idea. Empecé a escribir las historias de los detenidos desaparecidos y tuve harta cancha, hacía entrevistas dobles cada 15 días. Imaginate pa’ una cabra chica estar en la universidad, tener dos páginas y que apareciera tu nombre era lo mejor.
¿Colaboración gratuita?
Por supuesto, yo feliz. Vivía en el diario, después me daba un poco de lata ir a la universidad, pero porque trabajaba un montón buscándome entrevistados. Era bien difícil, tenía que llevar un montón de gente. Conocí mucho de las poblaciones: La Cisterna, Independencia, recorrí harto. Fue bien emocionante y fuerte meterme a las casas de la gente. La curiosidad del provinciano es una maravilla porque una se asombra de todo.

EL PERIODISMO ESTÁ EN LA CALLE
¿Aún está esa sed en ti?
Todo el rato. No en el sentido de ser inocente, para nada. Pero me asombro de las cosas, las historias de las personas. Me conmueve, me emociona la gente cuando me cuenta y no paro de escuchar. Encuentro que soy como periodista fan porque de qué otra manera. Una llega, se acerca a alguien, preguntas y te abren su corazón. A veces la gente a nadie le ha narrado lo que le ha pasado, de pronto tienes el privilegio. Más encima tú se la tienes que contar a todo el mundo. Qué mejor. Creo que los periodistas son como psicólogos. La diferencia es que los psicólogos se guardan las historias, tienen que sanarlo y los periodistas nos agarramos de las historias, las contamos y no nos sanamos. No sanamos a nadie.
Se visibiliza.
Sí, todo el mundo tiene una historia. Me asombro de eso. En el The Clinic inventé una sección llamada Chilean Beauty. Salíamos con un fotógrafo a las esquinas de Santiago. Pasaba alguien y yo sabía que esa persona era. La gente tiene una impronta de cómo se viste, camina, hay personajes. La pregunta era muy sencilla: ¿qué le pasa hoy día a usted? Siempre había medio drama. Una vez encontré un tipo igual a Allende, andaba vendiendo helados de Chocopanda en las micros. Había llegado a pesar 130 kilos, era obeso y trabajando adelgazó. Estaba feliz. Historia triste pero chistosa.
El periodismo de la calle, ¿te gusta eso?
¿Es que dónde si no? El periodismo está en la calle. Ahora no podemos hacerlo así porque estamos todos súper guardados, hay tanta tecnología, todo lo hacemos por teléfono o Zoom. Lo mejor es ir a la casa de la gente, entrar, tomar té con ellos en sus mesas. Mirar, estar ahí afuera.
Vivir en Limache, trabajar desde la provincia, ¿cómo es que habitar allí, desde el margen de Valparaíso o la metrópolis, influye en tu trabajo?
Ahora no estoy escribiendo mucho. Sí preparo un libro de investigación lentamente porque estoy en etapa de criar guagua, esa es mi vida ahora. Y estoy editando este suplemento que me encanta. Me llena de historias. Al final me permite estar tranquila con mis hijos. Yo creo que es uno de los pocos, sino el único, suplemento en Chile, humilde y todo, pero de alta calidad. Tenemos colaborando periodistas estupendos, tienen una pluma estupenda, columnistas de cine muy buenos. Lo que hago es editar y pensar en sacar a los escritores emergentes, siempre darles un espacio, a editoriales de regiones. Hay un sin número de ellas bien chiquititas que hacen un trabajo precioso de divulgación.
Y se ha logrado mantener en el tiempo. Si miras hacia atrás, ¿qué ha significado en tu carrera profesional?
Mira no sé cuántos años llevo siendo editora pero ha sido súper fundamental para mí porque empecé en el The Clinic, luego en la revista Paula, después trabajando en España en el diario ABC. Volví a Chile y trabajé en la revista Caras. Di toda esa vuelta al final. Donde he sido más estable y me he sentido más querida y valorada es en El Mercurio. ¡Y trabajar con libros! Agradezco cada día esta oportunidad que tengo de trabajar con escritores, poetas, colaboradores que aprecian la lectura. No hay muchos espacios en Chile para esto. Ha sido un premio de la vida, partí leyendo y ahora vivo de los libros.

MOSTRAR LA LITERATURA
¿Es un trabajo soñado?
A mí me gusta mucho mi trabajo. Lo que echo de menos son las redacciones, la gente, los compañeros, el ruido de la sala, que estén todos tomando café hablando con los editores, la tele con las noticias. Es como una escena vintage. No sé si eso se volverá a replicar. Había allí una cosa maravillosa, un ambiente precioso. Personajes que se echan de menos, el periodista policial, el deportivo, era cómico.
Las discusiones por tema…
O las tallas entre medio. Ojalá todos pudiéramos volver a trabajar ahí. Me encantaría volver, no todos los días porque tengo mi deber de madre pero ir dos veces a la semana a sentir y oler sería tan perfecto.
Elegiste caminar por la vereda de la prensa escrita, ya me contaste lo mejor ¿y lo peor según tu experiencia?
Todo tiene luz y tinieblas. Honestamente creo que el trabajo de periodista y de reportero no es compatible con la crianza de hijos. Todo lo que hice de periodista en la calle, achorada, con niños a diario se hace difícil. Trabajaba con muchas mamás en revista Paula, ahora me doy cuenta. En esa época no tenía hijos, vivía sola, no tenía problema para concentrarme. Cómo lo hacían, le preguntaba a mis compañeras. Soy incapaz de hacer eso. Estoy editando un párrafo, llega mi hija y me pregunta: ¿mamá, puedo comer un durazno? Tengo que volver a leer. Es difícil. Y hay otras cosas también, la gente que hace prensa más dura se tiene que abrir a codazos. Está la censura, el poder, hartos monstruos. No es para nada un mundo brillante.
¿Cuál crees que es tu rol como periodista y editora?
A mí me mueve fundamentalmente contar buenas historias y que tengan un interés. Contribuir a la lectura y a la cultura del país. Abrir eso. Cada vez que pongo un libro en KU o mandamos a entrevistar a tal persona siempre pienso en el lector. Que esa persona en Chiloé o Antofagasta tenga todo el derecho y el hambre de abrirse a las librerías, bibliotecas. Y saber qué se está escribiendo en Chile. Para mí el objetivo fundamental es mostrarle a esas personas y decirles mira, esto se está publicando.
Para cerrar, ahora estás criando a tus hijos e investigando, ¿qué cosa?
Estoy recién empezando. Es un libro de un periodista justamente, no puedo decir mucho detalle, es un periodista viejo que para mí fue súper relevante como de mi inspiración y es chileno.
Espero verlo más adelante entonces.
El próximo año tiene que salir sí o sí. Solo que al paso que voy entre pregunta de guagua y pregunta de la otra guagua, una página cada semana (risas). Yo igual soy súper desconcentrada. No es culpa de ellos, sino de la mamá que es vola’.
Pero llegaste a ser editora, encuentro que está bien para los 43.
Si no tengo rollos con la edad, no me complica. Me encanta la gente vieja la verdad, cada vez una se pone mejor.
Como el vino.
Sí. Me encantan las canas, las arrugas, la adultez. No sé si todo el mundo pero a una le importan menos las cosas, ya no es tan difícil todo. La vida hay que gozarla acá, cada año, de a poquito, cada edad tiene sus cosas, después relajai la vena.
*Fotos de Kika Francisca González

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