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Reseñas

La fragilidad se vuelve terror

Iluminación artificial. Vargas Cayul, Cristofer. Provincianos Editores: Limache, 2021. 103 páginas.

Por Silvana González Vásquez

El elemento de mayor interés en las exploraciones de los impresionistas fue la luz. Cuando la iluminación artificial surgió en su época, se adhirió como un elemento pictórico que diferenció totalmente la percepción de los objetos que se veían y luego se pintaban. El fenómeno de la luz ocurre en el sentido contrario en Iluminación artificial, la primera novela de Cristofer Vargas Cayul. Su interés surge cuando no hay luz; un consumo aparentemente normalizado y básico. Hay cosas que aparentemente solo pueden verse gracias a la ausencia de esta.

En torno a este concepto hay un plano de representación, ligado a los constantes y programados cortes eléctricos en una toma de la periferia santiaguina. Un relato en primera persona cuenta el traslado forzado de una familia hacia ella; conformada por dos hermanos y una abuela “mami” ꟷla llaman así para reservar aún la silueta de mamáꟷ. Tratar de racionalizar la falta de luz con la perdida de la vista es el juego que encuentran los hermanos para consolarse del miedo inicial a este y otros cambios en sus vidas. La oscuridad agudiza los demás sentidos; desde esa forma inversa, el protagonista alienta a su hermano pequeño a ver esta falta fundamental como una oportunidad de ver las cosas distintas. Pese a que “La oscuridad sobrecarga el pensamiento”, sobre todo, por las noches, pueden darse el pequeño lujo, incrustado entre toda la carencia, de imaginar y tejer experiencias que los demás en sus normalidades no podrían apreciar.

“Esa noche me quedé mirando las estrellas que brillaban más en el cielo azul oscuro, que de chico el tío Fernando me decía que era una tela con hoyos que dios había puesto encima de nosotros.”

Tampoco hay padre en esta historia. La poca presencia de figuras masculinas, que aparecen como breves sujetos de escenas, contrasta con la firmeza cotidiana de las femeninas, que afrontan la realidad sin empañarla. Con explicaciones desnudas, aportan la concreción necesaria para poder darle frente. Es valorable el intento dentro del texto de conservar la ingenuidad con la que los niños observan estas figuras, dándoles esa valoración a las madres, tías; amigas que coordinan el nuevo territorio. En este nuevo espacio, además, se levantan poco a poco las paredes que demarcan de manera casi transparente los límites de las casas. Son construidas en materiales que no aseguran su permanencia en el tiempo, como si se pensaran en el inminente desarme. Esto último es una de las sensaciones que deja el libro, en su constante descripción del entorno y de los materiales que lo constituyen primordialmente. En varias ocasiones la narración, que se ve ralentizada en esas imágenes, encuentra su ritmo en las variaciones que van atravesando las distintas materias del espacio. Así la tierra, por ejemplo, es un elemento que va tomando distintas formas. Es lo que prima esencialmente en el lugar conquistado por los vecinos de la toma. Es también el barro desprendido de un cuerpo al caer electrocutado tras intentar colgarse de la luz. Además, mezclado con el agua de lluvia, la tierra es el lodazal que recibe a todos en la puerta y que intenta escurrirse dentro de las casas.

“El chirrido de los clavos me hacía sentir una sensación rara en los dientes como si también estuvieran fabricados de materiales baratos y quebradizos.”

A momentos eso sí, la descripción se ve desbordada por la tragedia. Algunas precisiones, por ejemplo, se vuelven innecesarias. Quizás influenciada por un autor demasiado inmiscuido, que aleja la voz auténtica del personaje pre adolescente, del narrador, que no necesariamente son los mismos. Con tendencia a la monotonía, estrategias descriptivas se repiten varias veces, calcando sus modos, acentuando aún más la pesadumbre que se tiende sobre los objetos. Un posible fin del mundo en el cierre del segundo milenio es la figura repetida en los matinales y noticias que los dos hermanos suelen escuchar de reojo mientras hacen sus tareas. La niñez del protagonista se debate entre la realidad y la ficción de creer en el sensacionalismo. Pero se intuye que, si hay algún término cerca, es uno mucho más cercano de lo que muestran en la tele. También esto podría explicar un poco la voz constantemente abatida y a momentos casi adulta del personaje.

La narración descansa un poco de todas formas, en los momentos en que se logran atmósferas sinceras, que extraen de manera simple imágenes y actividades cotidianas que pueden juntarse para situar en lo colectivo unas vidas poco visibles, pero que se filtran directo en la memoria. Gabriel, el hermano pequeño, es quien mayormente las compone. Posee una extrañeza que lo diluye en diálogos muy breves, y que se encuentra ahí como un pequeño ser el cual que por poco no es visible, pero del cual se puede percibir su calor.  Ambos hermanos esperan algún día de esas mismas noticias, que alguna se grabe cerca de su casa. Esto es más amenazante que cualquiera de los mitos que llegan través de los diálogos de los adultos. Inclusive, más que el gas lacrimógeno que asedia cada cierto tiempo a la toma.

En dictadura se quitaron la mayoría de los campamentos en la capital, enviando a la gran mayoría de sus pobladores hacia áreas periféricas. A pesar de esa segregación espacial, los pobladores existen aún en la resistencia y tratan de negociar la vivienda digna. Esa lucha social se encuentra presente a lo largo de la novela, que mantiene la tensión sobre todo en dos lugares. La irremediable perdida de la infancia por el despertar hacia esa realidad, y lo efímero de ese espacio de resistencia, donde se tensan en hilos repentinos los sucesos violentos que se van naturalizando. No hay quien proteja la infancia cuando la pobreza se vuelve terror. El narrador deja siempre vulnerables a sus personajes, y a través de una aparente calma, y algunas reflexiones un poco matemáticas, mantiene con el estómago apretado el clima frágil; tanto, como el pizarreño del techo que cubre a las familias al dormir.

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