Cristóbal Gaete
Emecé/Planeta
203 páginas
Cinco libros reunidos son los que ofrece esta nueva publicación del editor de esta web y coordinador del Laboratorio de Escritura Territorial: Valpore, Paltarrealismo, Motel ciudad negra (Premio Municipal de Literatura de Santiago), Barrio y Hotel Prat, los tres primeros publicados entre 2009 y 2014, los otros dos inéditos. De Paltarrealismo, inconseguible hasta poco más de un mes, el siguiente fragmento:
HOJAS
Las hojas crujen en mis pies como los ladridos en mis oídos, mis pasos rápidos y sigilosos no logran distanciarse de la jauría que me persigue, tampoco del rondín armado con escopeta; no solo quiere matarme, sino también matar el aburrimiento del pueblo, en las noches frías donde solo el rocío entra de contrabando. El motor del patrón se adelanta por el sendero, pero la máquina es incapaz de perderse entre los árboles; el foco jamás me iluminaría y yo ya tenía cuatro patas de perro para hundirlas en las hojas secas donde cae la fruta.
Silbé en el vacío de la noche, para avisar de la huida a los que me esperan fuera de la parcela; el ruido de los ladridos me impidió notar si las bicicletas partían. No temí por ellos, hacíamos lo mismo desde niños; cuando la pelota se pasaba a las vastas parcelas yo me metía por debajo de las rejas y les silbaba si venía el Coño, el dueño de la tierra, de origen español; él odiaba vernos allí, pero no soltaba perros como los que ahora me persiguen.
Divisé el riachuelo: mi salida. Me hundí en la pequeña canaleta como un ratón en el agua oscura; imposible ser visto. Los perros y los vehículos pasaron de largo. Yo conocía el terreno, era mi terreno antes, había trabajado mucho tiempo allí como peón, pero ya no me necesitaban para la cosecha. Sabía hacer crecer el árbol, pero mi espalda ya no podía cargar, la gasté desde muy niño y por eso me quedé sin nada; no tendría para comer estos meses hasta que se sembrara otra vez. Uno hace lo que puede. Aguanta el aire cuanto puede antes de respirar otra vez.
Al salir del agua oí de nuevo los ladridos, y otra vez corrí y el crujir de las hojas repicó en la noche. Yo iba seguro, sabía donde estaba el paso por la reja; por ahí debía salir con mi saco de fruta y la ventaja era suficiente. Pero al llegar la salida estaba cerrada, uno de los cambios en mi ausencia. Cuando me giré los perros venían hacia mí, varios metros más atrás llegaba el rondín y el patrón con sus armas. Imaginé mi cuerpo enterrado bajo las hojas secas, mi cuerpo como cimiento de los árboles, convertido en corteza; mis brazos formando frutas y mis hojas meciéndose al viento, rozadas por el sereno nocturno.
Me detuve. No tenía salida.
Los perros se abalanzaron sobre mí.
Cuando llegó el patrón yo ya estaba hundido en las hojas. El rondín apoyó su arma en la tierra y vio el saco de paltas.
—Está completo.
—¿Pero dónde está él?
Los perros reconocieron mi olor cuando saltaron hacia mí, recordaron los juegos en que nos abrazábamos y nos perdíamos en las hojas secas; ellos también crecieron conmigo. Entre las órdenes del patrón y del rondín solo seguían a una figura indeterminada. El patrón se acercó a ellos, y los felicitó con unas palmadas. Pero los perros no estaban acostumbrados a cazar, se habían acostumbrado a jugar. Yo esperé horas agazapado y me volví una raíz que arrastra sus brazos para alcanzar todas las paltas caídas de los árboles. Estas paltas no eran del patrón, eran de la tierra. Y yo era parte de ella.
Salté la reja, y caminé hasta la línea férrea. Ya no pasaban trenes de pasajeros, solo de carga, en esta comuna demasiado alejada del progreso. Esperé la bocina y me perdí entre los vagones.

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