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Crónicas

La autoedición desde el corazón del bosque

El pasado 21 de septiembre la poeta Arrebol presentó su primer poemario, Valle de Queupué, en su propia editorial, La Esclerófila. Enviamos a nuestra cronista a conocer la experiencia unos días antes del evento.

Por Francisca Alzamora

Estábamos sentadas bajo imponentes boldos en las cercanías de rocas horadadas que tenían varios miles de años. Arrebol eligió el bosque para conversar sobre el proceso de manufactura de su libro. Posó suavemente el poemario Valle de Queupué en mis manos: «Han sido meses intentando materializarlo», me dijo. Entre los dedos, lo veo grande como un paisaje y de apariencia rústica. Me explica que las tapas en algún momento fueron cajas de avena, con papel reciclado se transforman en la portada y contraportada del libro.

Nos acalló el largo canto de una turca.

–¿Por qué me invitaste a este lugar?

–Para que conocieras el Valle de Queupué en persona. Si desde aquí caminas tan sólo cinco minutos, podrás observar el bosque reverdeciendo tras un incendio forestal que aconteció en enero de este año. Fue un momento de profunda impotencia. Para ese entonces yo ya tenía los poemas y quería publicarlos lo más rápido posible como una forma de responder a aquel premeditado acontecimiento.

Josefina Tralkán fue el primer corazón amigo que ofreció su voluntad para hacer el libro posible. A ella se sumaron cuatro mujeres más: Andy, Ruby, Isa y Keke, todas pertenecientes al colectivo poético Kantayall.

–Ellas me enseñaron sobre el proceso de una obra y la necesidad de respetar sus tiempos, pese a que en el exterior yo sentía que, literalmente, todo se incendiaba y que la respuesta debía ser inmediata.

Dijo que los árboles le comentaron otras cosas y comenzó a hablarme de los mensajes que se transmitían a través de sus raíces. «Ningún individuo crece solo, necesita de los nutrientes que le aportan los demás para poder sobrevivir.» Me mostró un litre que crecía en el agujero del tronco de uno de los boldos que nos rodeaban. A medida que Arrebol me conversaba, sentía que el bosque se iba profundizando, que el verdor de los árboles se intensificaba y que el canto de las diversas aves llegaba a mis oídos con más agudeza. Ella se explayaba sobre el idioma del bosque, la diversa unidad de su hablar; por eso dentro del libro se pueden encontrar versiones de los poemas al chino mandarín. Las rocas también me conversaban en ese momento, toda la amplia atmósfera del lugar conversaba sobre su propio lenguaje y en diversos tonos cada flor hablaba de lo mismo.

Mencionó en reiteradas ocasiones lo esclerófilo, pero yo no entendía a lo que se refería. Me explicó sobre los árboles y las hojas duras que permanecen en las ramas todo el año, algo dijo de estomas y otras palabras que me resultaron impenetrables.

–¿Por eso la encuadernación de La Esclerófila?

–Sí, es una de mis facetas y, además, una visión desde la cual encuadernar. El bosque nativo de este territorio es deforestado para la instalación de forestales y sus plantaciones de monocultivo. La proveniencia de las hojas y el cartón es un detalle importante.

Tocó mi memoria. Recordé lo vigoroso que palpitaba mi corazón en Nahuelbuta al mirar hacia el cielo y ver fundirse el tronco de una pewen milenaria con el fulgor de las nubes.

Una foto que le tomó la poeta a la cronista, o viceversa.

El suelo bajo los pinos es en su mayoría naranjo, agrio; poco verdor distinto se asoma entre los troncos que suben, uniformes. Se calcula la cantidad específica de árboles que plantar por cada mil hectáreas al cuadrado y del terreno se corta todo tronco que no genere lo que le interesa al latifundista de turno, como si generar el oxígeno que permite la propia existencia fuese poco. Se procede a plantar los árboles con máquinas, procurando que queden en línea, como imitando una larga fila escolar. Quien se resista al formato recibirá castigo, castigo, castigo. Si no te quedas quieto, te paras derechito y te quedas callado, podrían llamar al inspector para que te reduzca.

Arrebol me preguntó si me sentía bien. Percibí que los colores de mi rostro habían decaído, pero sólo pude encogerme de hombros, incapacitada para explicar mis náuseas. Rememorando aquel momento, vuelvo a tragar la acidez de mi garganta y sentir lo pesado que se tornó mi estómago al tan sólo imaginar las manos de hierro desgarrando la tierra y a su gente. Arrebol acercó su mano a mi nariz, que olía a dulce antigüedad con una pizca de vainilla. Me desvanecí en el aroma y quise acostarme en la tierra húmeda y echar raíces junto a ella. La suavidad del culén, me susurró. Pude respirar nuevamente con calma.

Cada vez que intentaba retomar el tema de mi visita (saber detalles sobre el proceso de manufacturar el propio libro), ella insistía en hablar de las flores y las aves, la simbiosis del bosque, la liviandad de las nubes y la paciencia de las rocas.

Recalcó que, en términos materiales, un libro no era muy complejo de hacer o explicar. Enumeró:

–Mi taller es mi casa; mi mesa, un cajón de tomates que en días de visitas actúa de asiento; uso un martillo y un clavo para hacerles los agujeros a los libros; todo lo demás es coserlos con hilo y aguja. Lo que más cuesta es más bien etéreo: tener el arrojo suficiente para creer que se le puede dar vida a una creación, por eso las amigas. Daniela Sumpai fue muy importante en esto, a través del fluir de sus dibujos terminó de inscribir el alma del libro.

Dijo que nadie necesitaba mucho dinero si se tenían personas amigas y amor al bosque. No pude controlar una leve risa y le comenté que eso sonaba jipi, pero me puso cara de ofendida. Profirió que no se trataba de jipismo porque estos cerros hace siglos que no viven en paz, es una postura firme que se adopta para enfrentar las fauces devastadoras. Es intentar resistir del mismo modo que lo hacen estos troncos centenarios que nos envuelven: pese a que en algunos momentos puedan escasear las lluvias, estos árboles mantienen sus hojas, medicinas y aromas a disposición. Es una perspectiva de alturas, un sentir poético.

En la intimidad del bosque creí comprender por qué este libro debía ser hecho con las manos, pues un alma pierde su brillo al pasar por una máquina. Carecería de sentido en un gélido formato serial, se convertiría en materia sin espíritu, alejándose del corazón del bosque, y este libro es precisamente para que el bosque reverdezca.

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