Javier Rodríguez
Provincianos Editores
160 páginas
SOBRE EL AUTOR
Periodista, ha sido nominado por sus crónicas para el Premio de Periodismo de Excelencia de la Universidad Alberto Hurtado y el Premio Nacional de Revistas MAGs. En 2017 obtuvo el premio Nuevas Letras Sub-30 de la Fundación Cultural de Providencia.
De Zona de promesas, la crítica literaria Patricia Espinosa escribió lo siguiente en Las Últimas Noticias: «La ingenuidad de Pablo, su dependencia familiar, el estar atento al qué dirán, su sensación de fracaso y la falta de capacidad crítica y autocrítica son algunos de los aspectos mejor elaborados en esta novela. Su intimidad es narrada con una pesadumbre que no alcanza la tragedia. Este último aspecto resulta importante en cuanto rasgo generacional. Más que un salario exacerbado, lo que el personaje anhela es un trato digno. Bastante bien ha resultado esta primera novela de Javier Rodríguez. Habrá que seguir su pista.»
Gentileza de Provincianos Editores, reproducimos el siguiente fragmento.
*
El primer trabajo que hice para Álamos fue organizar el anuncio de su renuncia a la UDI. El mensaje era que lo había resuelto una vez que su partido decidió apoyar la carrera presidencial de Sebastián Piñera, algo que iba contra los principios del clan fundado por Jaime Guzmán. Pero la principal razón era otra: el partido no estaba dispuesto a apoyar ni política ni financieramente su candidatura al Senado en las próximas elecciones dado que, por su zona, iban pesos pesados que ya tenían la carrera ganada. Hicimos el punto de prensa un sábado soleado de octubre, al mediodía, apostando a que los medios no tuvieran muchas noticias que cubrir y el anuncio suscitara una convocatoria respetable. Ese día cité a mis colegas en la casa de Álamos, quien los estaría esperando con un asado para compartir después de dar sus declaraciones.
Llegué temprano, a eso de las once de la mañana. El diputado vivía en una casa enorme, de dos pisos, en Piedra Roja, Chicureo. Me tuve que ir en metro hasta la estación Vespucio Norte, luego tomar un bus interurbano y un colectivo que me dejó a unas cuadras del condominio. Adentro, en el patio trasero de aquella mole de ladrillo y tejas, rodeada de esos árboles que dan sombra, Álamos jugaba Marco Polo con sus hijos en la piscina. ¡Marco! ¡Polo! ¡Fuera!, ¡nadie! Ellos escapaban de su musculoso padre quien, con los ojos cerrados y los brazos estirados como zombi, intentaba atraparlos sin esforzarse mucho, permitiéndoles ganar. Cuando le avisaron que había llegado, me invitó a meterme a la piscina. Decliné la oferta diciendo que no tenía calor. No me debe haber creído: mi cara roja y las axilas oscuras de transpiración me delataban.
—Compadre, ¿cómo le va? ¿Le han confirmado de algún lado? Venga, relájese. Buena idea hacerlo un sábado. Compré unos tomahawk, ¿los cachái? ¿No los cachái? Compadre, te morís: filete con el hueso de la costilla, te lo tenís que comer tipo Pedro Picapiedra, con la manuela. No erís vegano, me imagino. Se los van a hacer chupete estos hueones, espérate nomás.
El diálogo se vio interrumpido por la bombita que se tiró Mateo, su hijo de cinco años, que me dejó todo mojado. Kena, su mujer, me entregó una toalla y me dijo: «Gallo, no te preocupís, con este sol te vai a secar al tiro». Álamos salió de la piscina, le dio un beso a su esposa y se fue a cambiar. Mateo y su hermano Juan salieron detrás suyo. Una familia ejemplar. Si los medios y los votantes veían y, mejor aún, vivían la experiencia Álamos, sus probabilidades de éxito eran altas. Porque ¿no es eso lo que todos queremos para nuestras vidas?
—Pasa nomás, disculpa el desorden, que justo hoy le di libre a la nana, pero adelante.
El living era enorme, de los más grandes que había visto en mi vida. Estaba impecable. De una pared blanca colgaban fotos con su mujer e hijos posando en traje de baño en una playa paradisiaca, acompañados de un papagayo amarillo. Otra con sus compañeros de Arquitectura en la Católica, según me contó, en un viaje de estudios que hicieron con la escuela a Roma. Cinco muchachos rubios posaban frente al Panteón. En la muralla del frente, un lienzo de al menos dos metros por cuatro de Guillermo Lorca, uno de los últimos artistas de moda en la clase alta, según me explicó. Una niña de unos cinco años con el pelo verde, vestida de blanco, que miraba fijo al observador que se robaba la imagen. Una mirada indescifrable: podía ser rencor, también resignación. La niña estaba rodeada de ocho galgos que comían a su alrededor y se montaban entre ellos. ¿Quién era ella? ¿La dueña de la manada? ¿Su postre? El cuadro me angustió, me hizo sentir como cuando llegaba a mi casa y me sacaba la careta de cabro decente, de asesor criterioso. ¿Qué tenía que ver con esa niña? ¿Era su presencia o la de los perros la que me apretaba el corazón?
—Esta es mi inversión. En unos años lo vendo y no trabajo más. ¿Cómo lo hallái? Me encanta, es súper familiar. Como del campo, una niñita jugando con sus perros. No hay animal más fiel, compadre.
Ese día llegaron TVN, Chilevisión, Mega, Cooperativa y BíoBío. Se consideraría una buena gestión, a pesar de que, en la convocatoria de prensa, la mayoría de las veces, todo obedece a la suerte. No es mucho lo que depende de uno como que el canal cuente con cámaras disponibles, que el periodista de la radio ande cerca, que no le dé paja levantarse. Álamos saludó a los reporteros de abrazo, a las periodistas de beso en la mejilla, y esperó a que llegaran todos. Cuando vio los cinco micrófonos dispuestos a recoger sus declaraciones, me guiñó el ojo satisfecho.
—Ya muchachos, la haré corta porque sé que tienen hambre. Así alcanzan a comer antes de irse a armar la nota a la pega. Ante la pérdida de valores cristianos de la UDI, como ven, soy un hombre de familia, y ante el poco apoyo de mi partido cuando les comenté mis aspiraciones al Senado, he decidido renunciar luego de más de veinte años de militancia.
—Diputado, preguntarle, ¿militará en otro partido como, por ejemplo, el que está formando José Antonio Kast, que también renunció hace poco a la UDI?
—Si bien tengo amplias coincidencias con José Antonio, por el momento quiero alejarme de la vieja política. En este nuevo ciclo creo que, mientras más alejado esté uno de los partidos, más cerca está de la gente. La dicotomía derecha-izquierda es cosa del pasado. Superemos los clivajes añejos. Ante el derrumbe de la institucionalidad necesitamos nuevas propuestas. No lo decidiré ex ante.
El resto de las preguntas redundó en la relación con su, ahora, expartido, el distrito por el cual competiría y no mucho más. La gente quería carne, copete, piscina e irse pronto a editar para el noticiario de la noche. Álamos los atendió como perfecto anfitrión: celebró sus chistes malos, les sirvió carne asada en el punto perfecto. Su mujer lo ayudó con las ensaladas; incluso sus hijos cantaron El sueño imposible de El Quijote, que habían aprendido en el colegio. Álamos escuchó atento, muy serio. Una lágrima gruesa rodó por su mejilla ante la interpretación de su descendencia sacada de catálogo de Falabella: «Con fe, lo imposible soñar/ Al mal, combatir sin temor/ Triunfar sobre el miedo invencible/ En pie soportar el dolor».
—Me emociona, muchachos, perdón. Es que cuando los escuché cantar en el acto del colegio con tanta pasión, con tanta decisión, entendí que tenía que ser corajudo y tomar las riendas de mi vida. «Al mal, combatir sin temor». Me interpreta a cabalidad. A ellos no les puedo fallar.
Los periodistas asintieron. Una reportera de El Mercurio tomó nota de la escena. Tenía la imagen perfecta para la entrada de su nota. Mientras comían y bebían vinos caros, Álamos me dijo que había hecho un buen trabajo, que muchas gracias. Buena gestión. Pensé, entonces, que si me concentraba en ser aquel que el diputado necesitaba que fuera, mi carrera como asesor podía despegar.

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