Ojalá sirvan pescado frito cuando me muera, de Tito Martín, lleva el mundo quillotano a la poesía con ingenio y humor.
Treinta y nueve páginas. «Me lo leí en un viaje en micro», le comenté a mi hermano, convenciéndolo de leerlo entero; le había mostrado un poema sobre un fallecido amigo, que pensé que podría conectar, y haciéndole marketing a la poesía también. Leí este poemario de Tito Martín, oriundo de Quillota, en un viaje en micro desde puerto, debo precisar. Bastante distinto a lo que sería uno de acá en el interior, un viaje en micro que fácilmente tomaría cuarenta minutos en llevarme a otra comuna, siendo la distancia tan corta.
Ojalá sirvan pescado frito cuando me muera es un título llamativo, definitivamente. Sin embargo, creo que refleja, quizás sin querer, emociones recurrentes en este trabajo. Un deseo de felicidad post mortem es la consecuencia de vivir en un pueblo sin-mucho-qué-hacer. El Gran Valparaíso si bien cuenta con la ventaja de colindar con el océano Pacífico, rara vez susurra, rara vez deja pensar. En Quillota las casas llegan al hombro, se distinguen cantos de pájaros. Y sí puede ser un poco desolador: ¿Dónde están las letras, en ese caso? Las encontré en Tito, por fortuna; en versos que surgen a partir de lo personal, y que atraviesan lo territorial.
Pienso que la tenue vibración de un pueblo (usando este término muy ligeramente) en el Aconcagua decanta en una escritura que se distingue de la gran ciudad. Martín trata emociones muy particulares, y describe escenas e imágenes también en menor escala. A veces no queda de otra que mirar hacia adentro, la abstracción llega con facilidad en una ciudad recogida. A veces, no queda de otra que migrar. Quizás esta sensación se condense de mejor manera en los cuatro versos del poema «Quillota (te quiero pero me echas para abajo)»:
Me voy de esta ciudad
Porque los domingos solo abren
Las máquinas tragamonedas
Y los malls chinos
Por otro lado, el autor rescata lo cotidiano y lo fugaz, construyendo bellas imágenes a partir del paisaje y de lo abstracto. «Cordilleras que nacen y se deshacen» al hablar del amor; «entre la tiniebla rojiza del pecho / y la oscuridad azul de mi distancia / a la tuya / está mi anhelo acostado». En momentos como este aparece la poética más refinada, digamos, en el puño de Martín. En «Cuerpo de plasticina», también uno de los puntos más interesantes del poemario, observamos un juego de movimiento, un ímpetu de ser querido a través de una corporalidad que ruega ser intervenida, con un dejo de desesperación que le otorga un semblante filoso a los versos. El poema es resuelto anhelando un reencuentro.
Justo a la mitad del libro, un corchete, que da cuenta de lo artesanal de la edición, interrumpe mi lectura; no perfectamente alineado, amenaza con romper el poema «Vagabundo», mientras que «Pájaros Nocturnos» y «Limequi» aluden a iconografía local. Quillota es de las ciudades cuya fundación es un cementerio indígena, un mito (o una verdad) recurrente a lo largo del país. Ver aquello reflejado en ese poema, cómo afecta personalmente al autor la desaparición de nuestros antepasados, se sitúa como un fragmento melancólicamente conmovedor. Los diaguitas, por cierto, en el caso quillotano.
Es valioso también el rezo a comunas-primas en «Plegaria a otro Litoral», o «La Catedral de Viña del Mar», donde el autor retrata un breve pero detallado momento nocturno. Esto me parece de particular importancia, la inevitable mención a otros lugares escribiendo desde nuestro territorio. Cuando estoy en Viña, solo se habla de Viña y de Valpo. Si estoy en Quillota, la semántica se amplía: también se habla de La Cruz, de Calera, de Limache, de Quilpué, de Viña, de Valpo, hasta de Santiago. Difícilmente podemos existir por nosotros mismos, es lo que quiero decir.
Finalmente, hay que hablar también de lo liviano y del ingenio. El humor que atraviesa el poemario no es menor; hay una destreza en los versos para referirse a lo no-grandioso. Anécdotas escolares, recorridos en micro, encuentros familiares.
Qué experiencia más abyecta
y nos reíamos también
Qué cosas va a entender uno
a esa edad
yo no las entiendo
aún todavía.
Siguiendo esta misma línea, se sitúa «La balada del Loco Alfaro». Mi favorito en la primera leída, y luego en todas las leídas. Para los foráneos, un poco de contexto: el Loco Alfaro (Luis Alfaro Silva, su verdadero nombre, de lo que jamás me habría enterado si no fuese por este escrito) es quizás la leyenda viviente-deambulante más importante de Quillota. Su origen es incierto, especulado; lo que sabemos es que lo que sea que haya tenido en sus manos, fue arrebatado por la drogadicción. Con sus canas y su vasito de plumavit recorre los semáforos de Quillota, balbuceando por limosna. Si egoístamente tuviese que exigirle algo al autor, es que dejase «La balada del Loco Alfaro» para cerrar el libro. La creatividad, el ingenio, y la forma en que se habla del personaje desde un «yo» es algo que rara vez he visto en los homenajes desde la cultura popular (mención honrosa a Loco Alfaro, por Rosa Moribunda). Me emociona pensar en que más con-quillotanos puedan leer este poema. Es una epopeya, me atrevo a decir.
Me emociona, también, que otras personas puedan acercarse a la literatura del interior a través de Tito Martín. Es fácil hallarse desolado en un pueblo que murmura a través de micros que vienen a botar acá para que podamos movernos. Qué alivio es poder encontrarnos.

1 comentario
Ilse Guerra
Julio 17, 2023 at 8:30 pm👏🏽❤️🩹