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Perfiles

Nelson Paredes: Se extraen muelas y diálogos

La última publicación del escritor y cirujano dentista reúne el trabajo de diez años de escritura en En la cuerda floja (Bogavantes), un libro que ha catalogado como «su verdadera carta de presentación en la literatura».

Por Diego Armijo

El hombre es quien deja todo listo en las mesas afuera del salón. Ya ha distribuido los vasos que serán llenados con vino y los platos en los que se colocarán los trozos de focaccia. No deja ni un detalle por arreglar. Cuando la presentación del libro está a punto de iniciar, es él quien ordena las sillas, trae vasos con agua y hasta alisa el mantel. Es Luis Riffo —editor de Bogavantes— quien introduce, mientras el hombre —Nelson Paredes, autor de En la cuerda floja (Bogavantes, 2023)— ordena unos papeles arrugados que ha sacado de su bolso. Si uno vio todo el proceso desde la mesa del coctel hasta la mesa con micrófonos y libros, termina llevándose una muy buena impresión del escritor. Desde ahí nos ponemos a escuchar su conversación.

Habla de sus libros, pero también de los de sus amigos y aquellos que lo formaron. Recuerda veranos con su familia alojados en una pequeña escuela rural en Lo Orozco. Para el niño que era entonces esas semanas pasaban con lentitud. Aprovechando el tiempo y como forma de entretención, llevaba libros de la biblioteca de su padre. Así inició la lectura de varios libros de Julio Verne.

Una antología personal del género es la que presenta Paredes.

De vuelta a su hogar, en Viña del Mar, todo continuó. Hablar de ciudades, cuando nos referimos a Nelson, es hablar de movimiento. Se considera a sí mismo un nómade. Pues, aun siendo de la ciudad costera, se siente más allegado a Valparaíso.

—Me siento más porteño. La educación básica la hice acá, la universitaria la hice acá. Mi vida siempre ha sido en Valparaíso —comenta Nelson.

El único detalle de su carnet porteño, es su pasión futbolística. Aquello delata su origen, pues Nelson es de Everton de Viña del Mar. Fue el primer equipo que vio jugar y sentiría una traición no continuar siendo hincha de los oro y cielo. Como ejemplo de su compromiso relata un recuerdo de los años de dictadura:

—El año 82 caí preso en una de las primeras manifestaciones que hubo aquí en Valparaíso. Estuve cinco días detenido. Nos pasearon, los pacos saltaron encima de nosotros. Uno le dio conmigo, me ponía los bototos en las muñecas. Después nos tocó el interrogatorio. Estábamos en la comisaría sur de Playa Ancha. Me empezaron a preguntar tonteras y traté de ser lo más inteligente posible para responder y jugar un poco. En una me preguntaron «¿qué equipo de fútbol te gusta?». Yo no podía mentir. Dije «soy del Everton». «Cagaste, me dijo, yo soy del Wanderers».

A Nelson le tocó elegir carrera unos años antes de este hecho. Postuló a varias opciones y se quedó con la que lo convertiría en cirujano dentista.

—Es uno de los grandes errores de mi vida estudiar odontología. No entré por vocación, entré derechamente porque iba a ir a unas olimpiadas en Concepción. Iba a jugar a la pelota. Por eso entré.

Este tipo de salidas van tiñendo la biografía de Nelson. Es posible leer en ellas los caminos que lo llevaron en el último tiempo a buscar historias, escuchar conversaciones y luego escribir. Nelson lo define mejor: «soy dentista, esta ha sido mi morada para extraer historias». Son reflexiones como la anterior, pero principalmente los caminos, para este hombre nómade, lo que lo han marcado. Pues, alejándonos de ciudades de costa, aparecen otros lugares. Ellos son San Felipe —en donde trabajó— y Quilpué —aquí vive actualmente—.

Paredes se una a la larga tradición de escritores tardíos.

San Felipe fue en donde tenía su clínica dental. Ese fue el centro en donde pudo «extraer» muchas ideas para sus cuentos. Pero antes de ponerse a escribir sufrió un colapso por el frenesí del progreso de la década de los noventa. Llegó a atender en cinco lugares distintos. El 2001 tuvo un pequeño accidente vascular.

—Quedé tieso, sin voz. Ahí me pegué el alcachofazo —recuerda.

Bajó el ritmo, pero siempre mantuvo su clínica en San Felipe. Pues, tan apegada a su ciclo vital fue esa clínica que, en momentos de crisis como el año 2007, arriba de su oficina tenía una pieza en donde dormía. Se había divorciado hace poco y allí tenía lo mínimo: una cama y un estante con libros. Le daba vergüenza que sus pacientes pudieran enterarse de su situación, así que con gallardía se escabullía muy temprano para hacer el acto de volver a la clínica, como si viniera de otro lado. Pero es en momentos como este en donde aparecen los amigos.

Habían aparecido antes, como pacientes. No todo era revisar bocas anónimas. Nelson fue dentista de Juan Cameron, mirando allí cómo se resolvían sus versos. Pero fue Cristian Cruz, sentado en la silla de dentista y luego compartiendo cervezas en un local, quien lo apoyó en esos momentos bajos y dirigió la atención de Nelson a la escritura. Fue por el dato de Cruz que llegó al taller de María Eugenia Gómez, en Viña del Mar. Ahí empezó a escribir.

Su primer libro sale cuando está a punto de cumplir cincuenta y cinco años, publicado en la editorial de Cruz. Se trataba de El tranquilo existir de las palomas (Casa de barro, 2013), en donde destaca el cuento «La importancia de ser dentista», en el cual seguimos a unos buscadores de caries haciéndolas de detectives. Tanto el proceso de escritura de este libro, como de los que le han continuado, han sido apoyados por becas de escritura del Ministerio de las Culturas. Es posible comprobar cierta eficacia cuando al largo plazo, un hombre que solía ser solo un dentista, logró encontrar un lugar en donde se sentía más cómodo.

En la cuerda floja es su última publicación. Aquí encontramos un montaje de toda la carrera escritural de Nelson. Pues, aunque posee cuentos inéditos, la primera parte del libro es una especie de antología de sus libros anteriores. Por razones como esta es posible entender cuando Nelson define este libro como su «verdadera carta de presentación al mundo de la literatura». Los cuentos antiguos han sido arreglados, vueltos a trabajar, en periodos de entre cinco y siete años. Nelson sabe tallar los errores en los espacios en blanco: un diente, una hoja.

Llama la atención en el conjunto el cuento «Pobres hombres». Aquí su primer párrafo:

«Los vi por primera vez dos años atrás cuando transitaba por la vereda del puente Villanelo. La presencia de esos seres marginales desde un comienzo llamó mi atención. Instalados en un costado del lecho del estero Marga Marga, a unos metros del delgado curso de agua, los observaba semana a semana como un ocasional voyeur».

Desde este punto, el personaje se inmiscuye en ese mundo que lo ha llenado de curiosidad, para, siempre por culpa de la búsqueda del placer, como muchos de los otros personajes de Nelson, se encuentre con un giro de tuerca en el borde del estero Marga Marga.

Siempre en el espacio de las ficciones, aunque apegados a la realidad, Nelson parece inventar un cuento de pandemia. Su tan querida clínica en San Felipe tuvo que cerrar, pues por el periodo de seis meses fue imposible ir a trabajar para allá, aun teniendo el permiso sanitario como personal de salud. Es que en su hogar llegó un nieto nuevo con una infección alimenticia, que no podía enfermar, así que nadie podía tomar riesgos. La solución para no quedarse sin hacer nada fue iniciar un negocio. La pareja de Nelson había vivido unos años en la isla de Juan Fernández, tenía aún contactos allá. Entonces empezaron a encargar pescados y a venderlos en la zona. Nelson fue quien se dedicó a repartirlos. Teniendo su permiso como dentista, vendía pescado.

No todo es chacota en sus historias, también le pasan situaciones emocionales. Cuenta que junto a un amigo visitan la feria de antigüedades de la plaza O´Higgins. Revisando fotografías viejas, le llama la atención una en sepia. En ella se observan los miembros de un equipo de fútbol. Nelson confiesa sentirse mirado por uno de los jugadores. Al revisar el reverso de la foto no encuentra el año, pero sí la alineación. El jugador que lo ha mirado se apellida Herrera. Compra la foto y al mostrársela a su padre, este reconoce al abuelo de Nelson. Antes nunca hablaron de él, por el alcoholismo y la violencia que este ejercía en la familia. Al ver la foto su padre empieza a recordar y le cuenta que el abuelo jugó en Deportes Magallanes.

El encuentro de un archivo deportivo moviliza la escritura actual de Paredes.

—Siento que mi abuelo me buscó. Tengo que escribir de él —suspira Nelson.

Aunque ya ha escrito unos poemas:

«En la vieja fotografía en sepia

el abuelo posa para la posteridad.

Cien años después soy yo la

posteridad que observa la foto».

Lejos del ruido (Casa de barro, 2021)

Pero cuando Nelson dice que se ha creado la necesidad de escribir de su abuelo, va a algo más profundo. Quiere entender sus raíces movedizas, pues lo nómade, al parecer, es enfermedad de familia. Para eso desea irse a vivir un tiempo a Chiloé, de donde era originario su abuelo. Entender y escribir.

Es quizá el paso del tiempo el que ha moldeado en Nelson este espíritu, pues luego de contar sus tragedias, cierra toda mala cara con sonrisa de dentista y estas palabras:

—No tengo casa propia, la perdí. Perdí todo, pero eso me soltó.

(*) Retratos de Kika Francisca González.

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