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Crónicas

Centinela: Matarlo mil veces y volver a darle un destino en el límite de la hoja

Centinela fue publicado por primera vez en mayo de 2021 por el taller editorial Me Pego Un Tiro, de La Serena. Contaba con 74 páginas, veintisiete escritos entre poemas y crónicas, y estaba dividido en dos partes. En su segunda edición, publicada por Histeria Editorial en el verano de 2024, el objeto libro se reescribió convirtiéndose en un nuevo Centinela, acompañado por ilustraciones de la poeta Natalia Rojas.

Por Juana Bálcazar

No recuerdo cuál fue el primer escrito de Centinela, entonces busco en mis cajones. Ahí, están las libretas. Una libreta se termina y se guarda hasta que algún día, se tenga el valor de revisarla. Es doloroso revisar, a veces una se ríe de su propia patrañería. En las palabras que ocupan una libreta, una puede urdirse ponzoñosa y altiva, o ser tan frágil que al cerrar las hojas se quede solo el silencio.

Una libreta también es un primer acercamiento al cotidiano, y a lo que a veces llega como una patada en el culo que se hinca y no te deja caminar tranquila. Ese pequeño dolor es la idea de un poemario, que no es más que la unión de diferentes poemas que parecen habitar un mismo universo de cosas. Y lo que termina en las manos de alguien en la micro, o arriba de la mesita de noche, o entre medio de los cachureos, es el fantasma de aquella libreta primeriza, o de los papeles roñosos que se ocupan en la labor constante del escribir.  Ese objeto libro no es la culminación, es un ser vivo que respira, y donde la gran aventura de la escritura radica: tomar de las patas a ese ser viviente y borrarlo, pegarlo, reconstruirlo, darle nuevos adjetivos. Matarlo una y mil veces y volver a darle un destino en el límite de la hoja.

Entonces una dota a ese ser de patas chuecas con historias, personajes, llantos y pequeños triunfos en la vida que nos remite siempre a perder, y cuando se pierde algo, se gana un poco para empujar aún más la vida y la muerte, el motor donde todo se une en la poesía. Porque es la muerte la que empujó al primer Centinela, y es la muerte retratada la que se encuentra en esta crónica de su nacimiento.

«Al borde del acantilado/ un suspiro/ levitó su existencia/ en la proyección humana /Tornó rojo el cuarto/ y centenares de recuerdos lucharon entre la bruma/ El velo cegador ardió el castillo/ El Centinela/ a espaldas del calor/ mudó semblanza/ y cayó del cielo/ La esperanza queda aquí/ admirando esta supernova/ que conquistó/ al fin/ un destino».

La manchita en la frente

21 de octubre de 2019

Teresa se para en el comedor de la casa, grita: ¡Mataron al Kevin Gómez! ¿Vieron las noticias?

Un silencio.

Ordeno la ropa. Los calcetines primero, después las poleras, después los pantalones. Miro la ropa, la desordeno nuevamente. Tomo el celular, escribo en el buscador: «Kevin Gómez». Una fotografía, un titular, una bala por la espalda de un milico y cayó en la acera fría de la madrugada del 20 de octubre.

Otro grito. Un llanto grande, el abrazo de una mamá y el retumbar por toda la casa: «Tranquila mi niñita», y apretarse fuerte para atajar la pérdida. Cerré los ojos fuerte y vi sus cejas en la sala del colegio, me acordé cómo me gustaba ese niño, que me protegía de las burlas de mis compañeros por ser mariquita. Su sudor, su voz corrida en las «s», sus labios.

24 de octubre de 2019

Es el funeral. Me encuentro a todos mis ex compañeros de la básica en la iglesia San Pedro de Coquimbo. Esta iglesia de madera vio a todo coquimbano nacer, casarse y morir. Nos sorprendemos por el tiempo y la circunstancia que nos tiene ahí. Sacan el cajón entre gritos, aplausos, y lloro, lloro como un río que llega a la casa en los cerros y abre su libreta. Y escribe como juramento, para no dejar que el tiempo aplaste la memoria, para construir una roca que sobresalga en el mar. De ahí en adelante se unen como puntos, las palabras, los poemas.

«Compañero, los lápices caen/ y una mesa/ la cancha de la población/ Nos mintieron/ toda la vida no alcanzó/ no supimos/ porque éramos pequeños/ lo aprendimos /y la muerte sigilosa/ jugueteó tras tu espalda/ la de todos nosotros»

Firmado en primera instancia bajo el nombre de Juana La Loca. Porque sí, lo contrario de un Don Juan, es una Juana lo bastante loca para establecer en su hoja maricona un pedazo de su existencia. Porque patuda siempre por sobre todas las cosas. Y de ahí nace la autoedición, también por ingenua. Nunca santa. El trabajo de la autoedición a veces es engañoso, es como encerrarse en una pieza, hablar sola y escucharse frente a un espejo. Si lo haces debes ser valiente, yo soy más bien cobarde. Y eso hizo que la primera edición quedara en la virtualidad y en un número reducido de ejemplares. Pero la cobardía no dura siempre, las mismas palabras te exigen lanzarte al abismo, una misma se espanta y corre la cobardía lejos, y vuelve, porfiada. Y un «abúrrete po’ niña» entra por tu oído.

La primera edición contaba con 74 páginas, 27 escritos entre poemas y crónicas, y estaba dividido en dos partes. Dos partes, porque también una es pretenciosa, y en ese primer libro existían dos Centinelas. El primero: el vigilante que se veía así mismo, donde poemas de mis propias inquietudes nacían. El segundo: un Centinela que observaba lo de afuera, donde lo narrativo tomaba más fuerza y era testigo de lo que ocurría en su tiempo. Eran dos «yo», metidos en un pequeño librito blanco.

La artista y poeta Natalia Rojas entrega con sus ilustraciones una nueva textura al libro de nuestra redactora.

31 de octubre de 2022: Reescribir para no morir, o morir, de todas formas

Fernanda Meza y Ara Arias de Histeria Editorial, me dieron la posibilidad de reescribir Centinela. Y qué labor primordial es la reescritura. En ella radica la verdad del propio oficio de escribir, porque al hacerlo, se entiende como un pacto, que las palabras están vivas, y al construirlas cuidadosamente en un libro, le damos forma, vida y muerte.

Un libro también hace un sonido, existe un tono desde donde gritan todos los poemas y un ritmo que los mueve para que suenen al unísono. El primer Centinela era algo así como un montón de voces metidas en una pequeña caja blanca. No nació con la pretensión de ser un poemario, nació desde un golpe, un fuerte cuchillo en el estómago de llorar en la pieza y no entender nada. Nació con rabia, y luego que esa rabia fuera expulsada, la calma vino a tapar cualquier rastro de su existencia. Pero la rabia vuelve siempre, y reescribir también es remirarse en cada palabra.

Ahora quiero citar a mi querida y maravillosa geminiana Rafaella Carrá, que con un vestido apretadísimo y lleno de lentejuelas, dijo alguna vez en su canción llamada «Rumore»: «Ruido. No me siento seguro, seguro nunca. Me gustaría esta noche, regresar con el tiempo. Y volver al tiempo, que estaba allí». Porque no solo se reescribe, se vuelve al tiempo en que fueron hechos cada uno de esos poemas. Y descartar, editar y poner otros nuevos, es modificar ese tiempo también. Es un juego la escritura, es un real desarme de su propia existencia. Fernanda y Ara tomaron los hilos desparramados de este pequeño Centinela que respiraba, y unimos juntas cada punto hasta traer de vuelta al pequeño tubérculo rosa. ¡Puja niña puja!

Es primordial mencionar las ilustraciones que acompañan esta nueva edición. Porque los dibujos de Natalia Rojas son otra reescritura de los propios poemas que componen el libro. Las dos partes que separaban al primer Centinela, fueron reemplazadas por dos lecturas que conviven en un mismo ser vivo, que se leen en dos tonos y ritmos distintos, pero que logran aunarse en el papel.

Me preguntaron en una presentación ¿por qué volver a este poemario después de tanto tiempo? ¿Por qué no algo nuevo? Escribir sobre lo escrito, es lo que se hace con las libretas después que pasan mucho tiempo en el cajón. Sí, es doloroso removerlas, abrirlas y leerlas. Hasta que el juramento que una se hace con la palabra vuelve, y se remueve la historia para que surjan nuevas preguntas, no respuestas. Para no morir, y morir de todas formas.

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